cruzHace años pasé un verano en Gales y conocí a gente de multitud de países, entre ellos a un joven de Arabia Saudí. Este joven no bebía, no fumaba y aunque salía por la noche con nosotros, observaba con severidad las normas de su religión musulmana. No llegamos a ser amigos, pero mantuvimos una relación cordial de conocidos y charlamos bastante de nuestros respectivos países. Recuerdo que él me contó, entre risas, que su padre le llevó cuando era un crío a presenciar una ejecución pública. Se trataba de un hombre acusado y condenado a muerte por ser homosexual, el método para acabar con su vida era simple y barato: se le arrojaba desde la azotea de un edificio. Yo siempre había pensado que mi conocido Mohamed había exagerado la historia para impresionarme.

Hasta hoy.

Hoy he leído espantado la noticia de que siete jóvenes van a ser ejecutados por haber cometido varios atracos a joyerías cuando eran menores de edad. Todos van a ser decapitados salvo el cabecilla de la banda que va a recibir el
“trato especial” de ser crucificado.

Como leen.

CRUCIFICADO.

Ahora me viene a la memoria la polémica de los viajes del Rey a costa del erario público y la justificación dada por la casa real e incluso el gobierno, “el rey realiza viajes de negocios donde al relacionarse con importantes empresarios internacionales, consigue allanar el terreno para que empresas españolas obtengan importantes contratos, como por ejemplo el metro a la Meca”.

La Meca, la ciudad santa de los musulmanes, situada en Arabia Saudí, ese paraíso de la tolerancia y la democracia.

¿Valen más unos cuantos millones de euros que la honestidad? ¿No sería más lógico que el gobierno de España se preocupara en decir a los cuatro vientos que es aberrante la condena de estos jóvenes, así como el modo de ejecutarla?

Miramos para otro lado y cuando la familia real saudí llega a Marbella, los telediarios sacan en primera plana la imagen de los contentísimos empleados de hostelería que reciben billetes de 500 euros de propina, por lamerles el culo a esos tiranos asesinos.

Seré idiota, raro o gilipollas, no lo sé, pero a mí me parece terrible que nadie proteste oficialmente contra estas prácticas salvajes, tan solo Amnistía Internacional y otras organizaciones similares.

Mientras no reaccionemos ante esto, seguirá siendo normal sentarse con un cubo de palomitas y esperar sonriendo junto a nuestros hijos a que en la televisión se muestren las imágenes del niño crucificado.

Enlace “Activistas piden parar la crucifixión de un joven en Arabia Saudí

El anciano

Publicado: 15 febrero, 2013 en historias, Personal
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Observo al anciano beber su jarra de cerveza con la mirada acuosa perdida en la bruma del tiempo. En sus ojos cargados  de vivencias veo reflejados los míos. Sus manos arrugadas y retorcidas como sarmientos secos parecen añorar las caricias de su amada y juguetean con la servilleta de papel. Entre trago y trago, que saborea con los ojos cerrados, su actitud es resignada y digna. Viste un traje marrón claro y bajo la americana abierta, asoma un grueso jersey gris con cremallera hasta el cuello. El pelo blanco amarillea y escasea, coronando un rostro enjuto y serio de ojos grises. Ansío conocer su historia

¿Cuál es el nombre de la amada perdida?

¿Rompió tal vez el anciano su vida por amor y arrojó los pedazos al aire para que los barriera el viento?

¿Saltó al vacío sin red confiando en una mirada brillante y apasionada?

Un nudo atenaza mi garganta mientras imagino aterrado que acabaré mis días sentado, solo, en una cervecería  de una ciudad inmensa, añorando los besos que me arropaban en las frías noches de invierno.

Estoy a punto de acercarme al anciano para saciar mi impertinente  curiosidad cuando entra una señora muy mayor, con el pelo níveo recogido en una cola, y se sienta frente a él sonriendo.

Entonces, al observar como se ilumina el rostro del anciano, como si estuviera contemplando a la mismísima diosa Afrodita hecha mujer, siento que un río de lágrimas se me desborda mejillas abajo, incontenibles, purificadoras, salvadoras.

Hoy he aprendido que el Amor perdura para siempre.

El epitafio

Publicado: 31 enero, 2013 en Personal
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SerpienteCuentan las crónicas que en la lápida de Groucho Marx asoma cincelada sobre el mármol frío la frase “Disculpe que no me levante”, de manera que incluso muerto, el genial cómico consigue arrancarnos una sonrisa.

Usualmente, a casi nadie le gusta pensar en su muerte, da la sensación que evitar el tema de la desaparición inevitable nos aleja de ella.

Nada más absurdo y falso.

Para bien o para mal, a todos nos llega la hora.

En la vida hay muchas cosas que podemos moldear a nuestro antojo, otras muchas que no, y dentro de estas últimas la más jodida es el momento y la forma en la que morimos. La Parca nos sorprenderá duchándonos, durmiendo, haciendo el amor, comiendo, leyendo… con veinte, quince, cincuenta u ochenta años. Tal vez por ello algunos fantaseamos con nuestro epitafio, como si fuera una última burla, un derecho al pataleo, ante la inevitabilidad de lo que nos va a llegar.

A mí particularmente me gustaría cincelar a golpe de ingenio una frase similar a la del maestro Marx, un “¿Y tú qué miras?” o un “Joder, que incómodo es esto, ¿me levantas la tapa?”.

Es probable que me limite a diñarla un día sin comentar con nadie qué frase me gustaría que figurara en mi lápida, o incluso que me incineren – que suele ser lo más práctico – y esparzan mis cenizas en el parking que es ahora el viejo edificio en el que pasé mi infancia.

No lo sé.

Estas ideas oscuras, o al menos moderadamente tétricas, se asoman a mi mente en estos días convulsos en los que me estoy descamisando como las serpientes, dejando la piel vieja y raída tirada en un rincón para emerger a un futuro incierto pero esperanzador.

Al final, la mejor frase es sencilla y limpia, como las buenas ideas, desprovista de florituras, de adornos, metáforas, dobles intenciones o versos. Es prosa pura y dura, directa y basta, ten cierta como el frío del mármol donde algún día estará grabada.

Solamente dirá “Aquí yace uno que amó”.

El tsunami

Publicado: 16 enero, 2013 en Personal
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl pescador disfrutaba apaciblemente de la mañana fresca y soleada. El olor a salitre y la espuma vaporizada que le refrescaba el rostro le hacían sentirse pleno y feliz. El sol se deshacía en un puzle plateado en la balsa tranquila que en ese momento era el mar. La brisa apenas mecía el hilo de la caña fija que permanecía anclada a un metro de él, sentado en una silla de metal y tela vieja.

El pescador repasaba su apacible y aburrida vida con una sonrisa amarga y solamente los pequeños sobresaltos que le provocaban falsos tirones de inexistentes peces, le hacían reaccionar.

Tenía mujer, hija y una hipoteca sobre una casa demasiado grande para él, un trabajo aburrido pero no demasiado, un coche corriente, y un seguro de vida.

La primera señal de que algo sucedía, le hizo pestañear, deslumbrado por el sol. Aguzó el oído pero el batir de las olas continuaba con la misma cadencia, sin embargo había algo que no encajaba; salvo el mar, todos los demás sonidos del mundo se habían apagado.

El pescador se levantó inquieto y observó la superficie del mar. Repentinamente el agua se retiró como en una inmensa e instantánea marejada y dejó al descubierto las rocas del fondo, el fondo era visible al menos a un kilómetro de distancia.

El corazón del hombre dio un vuelco y su alma se encogió de miedo cuando observó la ola gigante que avanzaba hacia él silenciosa pero imparable.

Apenas tuvo tiempo de pensar en nada cuando se lo tragó el agua.

Cuando despertó comprendió que todo había cambiado, que toda su vida anterior había sido engullida por la ola gigante y que había desaparecido bajo las aguas.

Los sentimientos que le invadieron eran contradictorios e iban desde la euforia, al miedo y desde el alivio a la pena.

En el fondo de su alma, una luz tenue que acabaría por convertirse en un astro radiante y luminoso le hizo comprender la verdad. Solamente existía una razón para mantenerse erguido, vivo y sonriente mirando al sol que secaba despacio sus ropas empapadas.

Esa razón era el amor.

Al fin lo había encontrado.

Los Campeones

Publicado: 27 noviembre, 2012 en Personal
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Algunos lectores ya sabrán que el 31 de Agosto, el día de la Luna Azul, nació mi hija Susana.

Susana se adelantó y vino al mundo con siete meses y poco más de un kilo de peso. Durante cuarenta y nueve días estuvo en una incubadora, luchando como una jabata, alimentándose y creciendo. Cada día era “un día más” y un gran paso hacia una vida normal, como la que, afortunadamente, tiene ahora Susana en casa.

Las unidades de la UCI y Cuidados Intermedios donde las primeras semanas estuvo ingresada mi hija tienen un cartel en la puerta poco alentador, reza “Unidad de Críticos”, y a uno se le encoje el alma cuando pasa por debajo del  letrero, camina por el pasillo y se va acercando hacia un sonido que le acompañará durante todo el tiempo que permanezca allí, el sonido de los monitores que pitan, se encienden y suenan ante cualquier eventualidad – constante – que le suceda a algún prematuro.

Las enfermeras y las auxiliares van vestidas con pijamas verdes, blancos o con dibujos infantiles, la mayoría siempre sonríen, son dulces y amables, y tratan tanto a los padres como a sus hijos con exquisita profesionalidad. Debe ser complicado trabajar bajo la mirada angustiada y atenta de unos padres junto a la incubadora, que solamente ven a una desconocida enguantada que manipula cables y provoca dolor a su hijo, que apenas mide dos cuartas. Los médicos, al menos con los que yo he tratado, hablan con calma, con paciencia, responden a las preguntas, explican con claridad y habitualmente son amables. Difícil imaginar la presión que soportan sabiendo que todo lo que digan se grabará a fuego en la memoria de unos padres que se aferran a esas palabras como a un clavo ardiendo. Porque esas palabras que dicen “evoluciona bien” “va cogiendo peso” “de maravilla” son las que cada día le mantienen a uno esperanzado y le hacen soportar el purgatorio, porque aquello no es el infierno sino algo mucho peor, es una eterna suspensión de la vida, de todo, se paraliza tu existencia y solo vives para enclaustrarte entre aquellas paredes de cristal, tubos y plástico, para observar como tu hija se despereza, como llora, como el alimento circula por un tubito que sale de una máquina y le entra por la boquita, o como la cogen las enfermeras como si fuera un pequeño juguete, con una destreza admirable.

Luego están los monitores, unas pantallas llenas de gráficos, de números, con los que aprendes a convivir, y a los que con el tiempo aprendes a ignorar, porque aunque la primera vez que pitan y se enciende la luz roja sientes que vas a morir de un infarto, acabas dándote cuenta de que lo primero es observar a la niña, y ver que está perfecta, que lo que sucede es que algún sensor se ha desconectado.

Allí lo más importante no son las máquinas, sino las personas, y he conocido a muchas y muy buenas. He conocido a padres que llevaban con estoicismo, con una normalidad rayando lo fascinante el hecho de que sus hijos sean sometidos a operaciones de cirugía constantes. Padres que han permanecido con su hijo en brazos durante horas y horas, algunos solamente para ver como la vida de sus hijos se apagaba poco a poco como una vela. He mirado a los ojos a una madre que acababa de perder a su hija y he balbuceado palabras torpes de ánimo, y he visto la determinación de seguir luchando por la hija superviviente, porque la lucha no acaba con la muerte de una, sino que sigue con la esperanza de vida de la otra.

Esta pasada madrugada, esa segunda hija ha fallecido.

Y uno no deja de preguntarse porqué esa madre y ese padre volverán a casa con las manos vacías, tras varios meses de un suplicio bestial, y yo tengo a mi hija en casa, sonriente, feliz, comiendo y durmiendo, como un milagro que cada día me recuerda que soy tan afortunado que cualquier intento de queja es banal, estúpido y absurdo.

Y me vienen a la memoria los nombres de tantos niños y niñas que han sobrevivido y de otros que fallecieron, y como decía una madre alegre, joven, jovial y valiente, “Todos ellos son unos campeones”.

Esta madre está ahora en Madrid con su hija, esperando un trasplante.

Este artículo es un ínfimo homenaje a esos Campeones que lucharon, y siguen haciéndolo a diario, para vivir.

Dedicado a Candela, Sindia, Abraham, India, Paloma, Victoria, Fátima, Susana, Corazón de Jesús, Sergio, Angel, Alvaro, Alejandro, David, Maya, Celia, y tantos otros que me dejo en el tintero.

A raíz de haberse puesto al  día con algunas de las entradas de mi blog, un lector – y a pesar de ello amigo – me comentó desde el cariño que estaba iñakigabilondizándome.

Lo primero que cabe preguntarse es en qué consiste iñakigabilondizarse. Yo supuse, creo que acertadamente, que estaba relacionado con el conocido periodista Iñaki Gagilondo, ex locutor de la cadena Ser, ex presentador de CNN+ y una ristra de ex que no cabría en diez artículos como este. Hace años pasé muchos trayectos de casa al trabajo escuchando la voz profunda de Iñaki, y he de reconocer que en sus últimos tiempos al frente del programa de las mañanas de la Ser, me chirriaba un poco su desaforada e incondicional defensa de todo lo que tuviera las siglas PSOE por delante. Entiendo, por tanto, que iñakigabilondizarme consistiría en convertirme en alguien que desaforada e incondicionalmente defiende algo y busca desesperadamente argumentos para ello.

La primera frase que espeté – siempre desde el cariño, insisto – a mi lector, fue que este blog no se llama “LaOpiniónObjetiva.com” sino que incluye iniciales, nombre y apellidos del autor – ese soy yo – que viene un poco a dejar claro que todo lo que escribo y vierto, con mejor o peor tino, no es más que mi subjetiva visión del mundo. No pretendo evangelizar, ni me creo en posesión de la verdad, solamente trato de desahogarme y contar un poco cosas que me interesan, que me indignan, que me emocionan, que me entristecen, que me alegran… Contar cosas que me gustaría leer en otros blogs, y de paso, hinchar un poco mi ego creyéndome un componedor de ideas escritas aceptable.

Al margen de todo eso, creo que en estos días, en estos tiempos convulsos, conviene iñakigabilondizarse, es decir, defender con vehemencia lo que se cree cierto, en uno u otro extremo de la paleta de colores, para que nos escuchen. Quiero aclarar que vehemencia no significa falta de respeto, ni mucho menos. Aunque no todos entiendan esto del respeto y la tolerancia y hagan incluso chiste del insulto. El último de estos graciosillos, ha sido un anciano de 83 años, actor para más señas, con decenas de películas y obras de teatro a sus espaldas, y unas ideas que dichas en palabros rayan lo patético. Me refiero a Arturo Fernández que en el programa “El gato al agua” de la cadena de televisiónintereconomía no tuvo mejor ocurrencia que decir – y cito – “Nunca había visto gente más fea que el otro día en la manifestación. Que se queden en su casa, o que salga la manada. Que los encierren en un campo de concentración”, todo ello aderezado con las repugnantes y babosas risas de los contertulios y participantes en el programa. Aunque estas frases se responden por sí mismas, no puedo dejar de decir que son aborrecibles, que mencionar los campos de concentración – aquellos lugares donde los nazis aniquilaron a más de cinco millones de personas – para hacer chanza de ciudadanos ejerciendo su libre derecho a manifestarse, me parece repulsivo. Tal vez don Arturo esté ya en la fase senil de su vida, o simplemente se vio animado por sus compañeros de chiste, no lo se, pero teniendo en cuenta que se trata de una persona más o menos conocida, creo que debería cuidar su lenguaje – al margen de que puede ser todo lo fascista que quiera en su casa, con su batín, sus pantuflas y sus Ferrero Roché -. Dios me libre de criticar la libertad de ideología o de orientación sexual de cada cual –  se puede perfectamente dirigir un periódico de tirada nacional y ser un amante de los látigos, los peluches y los ligueros, este es un país libre -. Lo que no puedo dejar pasar sin comentar es la falta de tacto, de prudencia y de delicadeza, de algunas personas que se colocan delante de una cámara y comienzan a vomitar barbaridades.

No sé, tal vez me estoy iñakigabolindizando, pero si esto consiste en alejarme de esas actitudes retrógradas, bien venido sea.

Así que, por favor, que no me manden aún al buen desiñakigabilondizador.

Enlaces

Arturo Fernández enciende la Red con sus comentarios sobre la “gente fea” de las manifestaciones

Anteayer participé en un interesante debate, en un foro familiar, sobre la huelga y la situación actual del país. Algunos defendían la inutilidad de la protesta, argumentando que lo que les interesa a los políticos es que pataleemos, para que creamos que hacemos algo para cambiar las cosas, tranquilizando a nuestras conciencias, pero dejando intacto el estatus quo. Otros indicaban que protestar es el camino, porque llamar la atención haciendo ruido hace que los gobernantes vuelvan la mirada hacia el conflicto y se den por enterados. Los defensores de la inutilidad de la protesta, proponían un cambio de modelo desde la base, desde la educación a los hijos que traerá el cambio tras varias generaciones.

Yo opino que protestar sí sirve – lo cual no quita que simultáneamente nos afanemos en educar a nuestros hijos en la creencia de que otro modelo de sociedad más justo y humano es posible – y hay varios ejemplos que lo demuestran.

Uno de ellos es el de la plataforma Stop Desahucios, que ha puesto el foco en este drama del impago hipotecario, y ha conseguido que los medios de comunicación presten atención, y por tanto los políticos, – al fin y al cabo lo que les preocupa es que la mierda les salpique y la mancha sea visible a través de la televisión – , también es cierto que los suicidios de dos desahuciados ha multiplicado el efecto cual caja de resonancia.

Otro es el del Hospital madrileño de la Princesa, avocado a su privatización total por parte de la Comunidad de Madrid, cuyos trabajadores han organizado ruidosas peticiones de firmas – incluso la alcaldesa de Madrid la ha firmado – y protestas. Las últimas noticias parecen confirmar que la Comunidad va a dar marcha atrás, al menos en algunos aspectos de la privatización del hospital.

No sé si la huelga de ayer fue un éxito o un fracaso, porque si leo la prensa tradicionalmente de derechas aparentemente fue un fracaso y bastante violenta, y si leo las páginas de los periódicos supuestamente de izquierdas, ha sido un éxito sin paliativos. Lo que es evidente – solamente hay que ver las imágenes de Madrid – es que la gente apoyó la manifestación masivamente, me da igual que se digan cifras irrisorias, a simple vista se comprueba que hay varios cientos de miles de ciudadanos, simplemente comparando con cifras e imágenes de otras ocasiones.

¿Esto que quiere decir? ¿Que la gente no hizo huelga y fue a la manifestación después del trabajo? ¿Que la gente sí hizo huelga y se sumó a la marcha? No lo sé. Sólo puedo hablar desde mi micro mundo, desde el debate entre primos en el que algunos no hacían huelga por miedo, otros la hacían, otros iban a la manifestación y todos estábamos indignados con la situación actual y de acuerdo con que hay que cambiarla.

Leo la noticia de que en Atocha se repartieron folletos que incluían un lazo naranja. El lazo naranja para que se lo prendieran los que no hicieron huelga porque no pudieron, no les dejaron, o no se atrevieron, y sin embargo apoyaron la protesta sin ambages.

Es triste que tenga que existir un lazo naranja porque no se pueda ejercer libremente el derecho a hacer huelga. Al final voy a tener que dar la razón a un amigo que me dice que estamos en una dictadura encubierta, el mismo que asistió con ojos llenos de pánico a una escena en la que los supuestos defensores de la ley y el ciudadano, se ponen de parte de los dictadores y lanzan pelotas de goma contra transeúntes que solamente pretenden volver caminando a casa, después de expresar pacíficamente con libertad su disconformidad con las políticas del gobierno del PP.

Lo peor es que a lo mejor ni siquiera soy capaz de colocarme en la solapa el lazo naranja.

No conviene señalarse.

Enlaces:

 El Gobierno regional recula en su plan para el hospital de La Princesa

 “Si no puedes hacer huelga… ponte el lazo naranja”