Archivos para agosto, 2012

Desde muy pequeño he tenido conciencia de que era un privilegiado, un hijo del primer mundo civilizado, nacido en una familia que llegaba desahogada a final de mes, sin ostentación, pero sin estrecheces. Mi padre, maestro, no estaba sujeto a los vaivenes de los mercados ni a las crisis – en esta de hoy día, ni los funcionarios se salvan – y su sueldo, tronara o escampara, llegaba siempre a primero de mes a mi casa. Los tres hermanos tuvimos la posibilidad de estudiar en la Universidad, fuera de casa, y de enfocar nuestra vida como consideramos oportuno.

También, desde pequeño, he sido conocedor de que hay personas que no tienen mi suerte, que el azar las hizo nacer en una aldea de Etiopía en lugar de en un pueblo próspero a orillas del Mediterráneo español. Que tenían que desplazarse varios kilómetros a pie – con suerte – para poder asistir al colegio y recibir la educación que les haría concebir una de las pocas esperanzas que les quedaría para huir de la miseria.

Yo iba al Colegio sentado en el asiento de atrás del coche de mi padre.

Si voy al baño, acciono un grifo y sale agua potable y saludable. No necesito caminar hasta un pozo mugriento para acarrear agua, muchas veces insalubre.

La relativización de la situación personal de cada cual, dependerá del cristal con el que miremos a nuestro alrededor

Si tengo hambre, como. Si tengo sed, bebo.

Madrugo para ir al trabajo a diario y cada mes me pagan por ello.

Si tengo frío, me abrigo, y si llueve, cojo un paraguas. Y si llueve mucho, unas obras de ingeniería – que pagamos con una colecta que hacemos entre todos que se llaman impuestos –  se encargan de desaguar, y evitar que se inunde la ciudad donde vivo.

Si me pongo enfermo, me dirijo a un hospital – no soy inmigrante ilegal – y con una tarjeta de plástico, me identifican, me atienden, me dan medicinas de las que he de pagar una parte – lo que veo razonable, dada mi renta – , y que unos señores con bata blanca, guardan en almacenes para que no caduquen. Y si caducan, las tiran – en lugar de enviarlas a sitios donde se necesitan – y fabrican otras.

Así podría seguir durante horas.

La relativización de la situación personal de cada cual, dependerá del cristal con el que miremos a nuestro alrededor – la clase media se compara con la clase alta, la baja con la media y así sucesivamente -, no obstante, hay comparaciones que no resisten ni la primera mirada.

Que un diputado que cobra más de 5.000 € mensuales diga que “las pasa canutas para llegar a fin de mes” no es de recibo.

Porque las buenas gentes – las que religiosamente pagamos a Hacienda, las que tratamos de aparcar dejando sitio para otro coche, las que damos los buenos días a los desconocidos, las que pedimos perdón si tropezamos con alguien – también tenemos nuestro límite.

Y si siguen tensando la cuerda con – perdona mamá – gilipolleces como esa, pues a lo mejor nos hartamos y rompemos la baraja, y a lo mejor hacemos como la buena gente de París, que un día de Julio de hace doscientos años dijeron “hasta aquí” y montaron una Revolución que dio paso a la Historia moderna.

Así que, si quieren saber lo que es pasarlas canutas, que sigan hablando, que sigan…

Enlace: “Un diputado del PP asegura “pasarlas canutas” con 5.100 euros al mes”

Ayer, una mujer colombiana me relató la historia de su hijo. Nació con 24 semanas de gestación, un tamaño menor que el de un gatito, con la piel tan fina que se le podían ver los órganos y los huesecitos. “Mi hijo era transparente”, me cuenta el padre.

La madre relata orgullosa como solicitó a los médicos que – tras quince días de incubadora – se lo entregaran, “para criarlo yo”, ante la oposición de los médicos.

Construí una incubadora artificial, y mi hijo creció apoyado en mi pecho, cubierto de algodones, a base de leche y agua de espinacas”.

Un mes después, la madre se lo llevó al médico que no daba crédito ante el magnífico aspecto del bebé.

Ahora es un tiarrón de quince años, que come por siete y juega al fútbol.

Es esperanzador y motivador escuchar historias de este calibre, que le reconcilian a uno con la vida, con las ganas de luchar, con la fuerza de unos padres, y con la ilusión.

Seguramente la madre de Milton Hall también luchó por sacar adelante a su hijo, con peor suerte que mi conocida colombiana, pues acabó siendo un sin techo, enfermo mental, que vivía de la caridad de los vecinos de Michigan.

El uno de julio seis policías de esta ciudad – ante el peligro para sus vidas que supuso la actitud de Milton, borracho como una cuba, que les amenazó con un cuchillo – le descerrajaron cuarenta y seis disparos en cinco segundos.

Milton era un ser transparente para la policía.

Su existencia transcurría invisible ante la mirada de la gente, el típico sin techo maloliente, sucio y vociferante. Ante cuya visión desviamos la vista, arrugamos la nariz, y seguimos charlando por nuestros flamantes smartphones de cuatrocientos euros.

A lo peor ni siquiera podemos evitar creernos mejor que Milton, pensamos que algo habrá hecho mal para verse en esa situación: drogas, malas influencias, un padre maltratador, y un joven descarriado…

Nadie tiene derecho a juzgar a otro ser humano.

Tal vez Milton empezó a hacerse transparente en el colegio, tal vez su enfermedad mental le aisló de unos compañeros crueles, en una sociedad extremadamente competitiva – la primera vez que escuché la palabra “perdedor” como insulto fue en una película estadounidense -.

Los perdedores se van encerrando en sí mismos hasta ser completamente transparentes, y a lo peor no tienen la suerte de contar con una madre coraje, luchadora, una madre que les arrope entre algodones en su pecho, para que puedan sobrevivir.

Yo en breve tendré la oportunidad de arropar así a una personita, y evitaré que se convierta en transparente, estará feliz y llena de color, y el mundo será un lugar mejor porque estará ella.

Enlace: La policía de Michigan mata de 46 disparos a un ‘sin techo’ enfermo mental  

Estimado lector, me temo – en realidad debes ser tú quién lo tema – que en esta entrada voy a torturarte un poco, porque voy a hablar principalmente de mí.

A veces me pregunto si esta pasión mía por la escritura no tendrá un componente egocéntrico y simplemente sea una excusa para desnudar mis miedos, mis paranoias, mis anhelos, revistiendo el indecoroso hecho, de tintes intelectualoides más o menos cultos.

Da igual.

La cuestión es que llevo un año acudiendo de manera totalmente desordenada e impuntual ante la pantalla en blanco y me siento un rato, me rasco un poco en la sesera y engarzo palabras que con mayor o menor fortuna construyen frases con las que pretendo entretener, fundamentalmente a mi mismo.

La idea del blog siempre estuvo asociada a la de mi primera novela – que no es Crónicas de Alburia, una selección de siete relatos cortos, publicada en Literanda -, como una forma de darme a conocer, de establecer una primera toma de contacto con futuros posibles lectores. Teniendo en cuenta que la novela es de ciencia ficción, lo lógico habría sido abordar el blog desde esa perspectiva. Pero al final, tal vez empujado por mis recién cumplidos cuarenta, o por una suerte de incontinencia vital, el blog consistió en pinceladas sobre la actualidad, mis estados de ánimo, mis relatos o cualquier cosa que se me pasara por la cabeza.

Este rincón cobró vida propia y se convirtió en un compromiso casi diario al principio, y ahora escasamente semanal – soy de los que piensan que si se habla o se escribe demasiado se corre el riesgo de decir idioteces, en mi caso además, ese riesgo es inherente a mi forma de ser, con lo cual, trato de minimizarlo –, totalmente independiente de mi novela – la cual sigue paseando por las editoriales sin mejor suerte -.

Ahora, un año después, reflexiono no ya en lo que ha significado este rincón egocéntrico en mi vida, sino en lo que ha sucedido en estos trescientos sesenta y tantos días. Parece que haya pasado un siglo.

En este siglo he visto muchas cosas.

He mirado a los ojos a monos locos con pistolas que dirigían países y a los que seguíamos para lanzarnos por el abismo.

He asistido a revoluciones fallidas que iban a cambiar el mundo – y el mundo sigue intacto, oscuro, feo y lleno de sinvergüenzas – .

He visto – sin pestañear – como acribillaban a Gadaffi – el de la foto con Obama – o como inhabilitaban a Garzón – el que trató de juzgar al de la foto con el papa.

He gritado los goles de un nuevo triunfo en la Eurocopa y he asistido mudo de admiración al gesto de un dios negro que pulverizaba los registros de velocidad de los simples humanos.

Este año también me ha traído la mirada maravillosa de mi futura hija, desvelada en una ecografía, y la sacudida vital es tan grande que aturde, y se entienden muchas cosas al sentir las lágrimas saladas de la felicidad, escapando furtivas rostro abajo. Entiendes que lo más grande de la vida aún está por llegar, que el abrazo más cálido que has de recibir y la sonrisa más hermosa, aquella por la que darás tu propia vida, aún está por nacer. Y te abandonas, y comprendes que tu vida es lo de menos, y que el único afán es hacer feliz a la nueva personita que ya es el centro de tu Universo.

Y esa comprensión, esa visión en perspectiva del futuro, te enseña a relativizar de una forma tan intensa y tan preclara que todo lo demás da igual.

También he comprendido, y eso no lo he leído en prensa ni lo he visto en televisión, que al final, cuando me siente en mi montículo construido con las arenas del tiempo, mis ojos velados por la añoranza se vuelvan hacia el pasado, y mis canas caigan sobre mi piel arrugada, incapaz de conformar una sonrisa desdentada, solamente me haré una pregunta.

La pregunta vital y única.

La que encierra el secreto de la felicidad existencial.

“¿He sido capaz de AMAR?”

Y afortunadamente, lograré sonreír, pensaré en Ella, en la dueña de mi alma, y asentiré susurrando un “” rotundo y perfecto.

Gracias por leerme.

Dura menos de un segundo pero resume años de esfuerzo y decenas de miles de horas de duro entretenimiento. El deportista se permite frenarse unas décimas de segundo, girar la cabeza, comprobar que su contrincante está batido, que la gloria es de nuevo suya y se lleva el dedo índice a los labios.
El gesto pidiendo silencio es innecesario porque el espectáculo es tan impresionante, que es imposible hablar cuando se observa a este superhombre en acción. Los ojos de millones de personas, amantes o no del deporte, están fijos en la pantalla, en la mancha amarilla de piel negra que vuela sobre la pista del estadio.
A su izquierda el perdedor le mira resignado con rostro de circunstancias. Es otro maravilloso deportista, pero casi nadie recuerda su nombre, será recordado como el compañero del campeón, el que observó el gesto con resignación.
La carrera de los 200 metros lisos fue espectacular, el, a la postre, ganador se colocó rápidamente en cabeza y parecía que podría sacar una botella de champán sobre la marcha y brindar los últimos 50 metros. Pero apareció su compatriota, Yohan Blake, y le adelantó. Entonces la bestia se percató, se olvidó de las celebraciones – sólo hasta la última centésima de segundo – y metió el turbo. Corrió como nunca hasta que se giró, vio la derrota pintada en la cara de su contrincante, se paró, se llevó la mano a los labios, y venció.
Si Usain Bolt no hubiera detenido su progresión habría batido el record olímpico.
Pero para él unas décimas son menos importantes que la foto, la imagen que ha dado la vuelta al mundo.
El gesto.
El gesto de un dios de la velocidad pidiendo silencio. Acallando a los críticos. ¿A quién? Lo ignoro.
¿Quién osa recriminar al Sol cuando ilumina?
Nos limitamos a enfundarnos las gafas protectoras para mirar su brillo sin cegarnos.
Vi la carrera con mis sobrinos de tres y seis años, y después estuvimos jugando a las carreras, el mayor quería ser Usaín y la pequeña – que corre como un rayo – también.
Todos queremos ser Usain, todos queremos tener la gloria y la opción de llevarnos los dedos a los labios para mandar callar al mundo, a la crisis, a los problemas, a los agobios.
Soy imbatible, te lo demuestro y te lo indico con un gesto.
Sin embargo, para superar las crisis no hace falta ser superhombres, solo esforzarse, apretarse los machos, y aunque no ganemos de manera avasalladora la carrera de velocidad, acabaremos victoriosos en la carrera de fondo.
Al final, la vida es tan simple como eso, una carrera de fondo en la que la meta es la supervivencia.
Usain, ese es de otra galaxia y puede permitirse el gesto.
Los dioses tienen ese privilegio.

Enlace: Usain Bolt gana la medalla de oro en los 200 metros

Creo haber hablado alguna vez de mi profesor de Física en segundo de carrera, un tipo duro, serio, educado y rígido. Vicente Martín del Río, alias Manglano (no me pregunten por qué),  fue uno de mis mejores profesores en la carrera. Manglano llegaba el primer día de clase serio como un ajo, callado, con la mirada dura, los labios apretados. Su presencia imponía silencio y respeto, sin que le fuera necesario alzar la voz. Nos soltaba un discurso que casi era una bronca, en el que desgranaba sus normas, su estilo, en el que nos advertía de que él no toleraba la falta de educación ni de respeto, nos decía que era un profesor exigente, y que al primero que exigía era a sí mismo, y que siempre cumpliría las reglas del juego.

Algunos compañeros le insultaban y despotricaban de él a sus espaldas, y yo nunca pude entenderlo, porque Vicente era de los pocos que veías venir, de los que no te doraban la píldora, de los que te hablaban con claridad meridiana, rayando la crudeza. Nunca te sorprendía, sin dobleces, sin las falsas promesas de los falsos profesores “colegas”.

Dios nos guarde de los falsos, porque de los honestos, aunque sean duros, ya me guardo yo.

Los políticos demagogos son como los profesores colegas, te dicen siempre lo que quieres oír, te alaban, te comprenden, se ponen en tu lugar, te apoyan, sienten tus fracasos… y luego, cuando más confiado estás, cuando de verdad has creído sus palabras, has creído que trabajan para ti, que piensan en tu bienestar, ¡ZAS! Sueltan el estacazo, en todos los morros, rompiendo tus labios abiertos en una sonrisa.

Y de esas traiciones es difícil recuperarse.

La demagogia se alimenta de ignorancia y penurias, y de eso, en Bolivia hay toneladas. Evo Morales, el controvertido presidente del país, se empeña en anunciar medidas de dudoso calado económico, o mejor dicho, de dudoso beneficio a medio y largo plazo, para su país, pero que resuenan como el gong estridente de un agorero. Ataviado con sus jerséis de vivos colores y su sonrisa, el presidente ensalza las ventajas de las nacionalizaciones. Pero nacionalizar empresas tiene acerados matices, ¿quién se atreverá a apostar por invertir en Bolivia temiendo una futura expropiación? Está claro que las empresas no son almas caritativas, pero el tejido económico de un país que históricamente ha dependido del cultivo de la coca, para su posterior exportación, o de las inversiones extranjeras, no va a mejorar si no permite la generación de confianza, sobre todo de los posibles inversores.

Compartir beneficios que redunden en Bolivia no implica cerrar radicalmente la puerta a que las empresas sean privadas, en el término medio está la virtud.

Pero los demagogos, sobre todo los que se autoproclaman como enviado por los pobres, no entienden de términos medios, sólo viven su propia megalomanía ilusoria, su propia historia inventada por ellos mismos, con un final feliz imposible.

Ahora, el buen Evo, anuncia que el fin del mundo de los Mayas, el 21 de diciembre de 2012, no va a significar otra cosa que la prohibición de consumir Coca-Cola en su país.

A lo mejor los Mayas lo sabían hace milenios o quizás simplemente, ellos prefirieran la Pepsi.

Enlace: Bolivia anuncia una nueva era sin capitalismo ni Coca-Cola