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Mi madre es monárquica hasta la médula. Tanto, que hubo una época en la que el 5 de enero día del cumpleaños del Rey Juan Carlos, le enviaba un telegrama felicitándole. Cada nochebuena en mi casa se ve y se escucha el discurso del monarca, sí o sí. Este fervor materno, ha condicionado, creo, mi juicio de tal manera, que Juan Carlos de Borbón y Borbón – tataranieto de la hija de un rey absolutista y despótico, apodado “el deseado”, que abolió la constitución más avanzada de su época – me cae fenomenal.

Pero para pensar con claridad hay que dejar a un lado los sentimientos y valorar los hechos objetivos.

Los hechos son que España está en un momento económico, y por tanto histórico, crítico, al borde de la bancarrota, que el Gobierno está aplicando la política de recorte brutal – a mi juicio equivocada – que le impone Alemania, recortando servicios, restringiendo derechos y limitando acceso a prestaciones hasta ahora incuestionables – medicinas, sanidad, educación -. Y en este contexto de hechos preocupantes, en el que los privilegiados somos los que tenemos que levantarnos a las 7:00 para ir a trabajar, el Rey se accidenta en una cacería de elefantes.

Pues qué quieren que les diga, a mí me suena a tomadura de pelo que el jefe del Estado – la persona que me representa, la cara visible del país que pasa por esos momentos tan duros – aparezca retratado sonriente junto a un elefante muerto. Objetivamente, si yo fuera ciudadano de un país extranjero, digamos, Dinamarca, por ejemplo, pensaría, “Hay que ver, qué bien se lo pasa el rey de este país tercermundista mientras su gente no tiene ni para comprar medicinas”.

Y eso no me gusta.

Por otro lado, está la lógica del siglo XXI. Es absolutamente ilógico que una persona, llámese Felipe o Froilán, por el hecho de ser el hijo de alguien tenga derecho a ser el jefe del Estado.

Absurdo.

Algunos argumentarán que es más barato mantener una monarquía que una república. Al margen de que lo dudo, me es indiferente. No hablamos de coste, sino de sentido común. El sentido común me dice que tengo que tener derecho a elegir al jefe del Estado, que no se me puede imponer. Al margen de actitudes históricas democráticas realizadas por Juan Carlos.

Luego está el corazón, claro, ese que me dice que en 36 años de reinado, es la primera vez que este hombre se acerca a una cámara y con gesto avergonzado pide perdón. A ti, a mí, a todos, “Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir”, y que quieren que les diga, yo quiero mucho a mi madre, y será su gen monárquico, pero el hombre, con 74 años, y esa cara de pena, me ha llegado al alma.

La coherencia y la incoherencia forman parte de la vida, reconozco que en este asunto peco de ambas, pero ni quiero ni puedo remediarlo.

Por eso, cual barón Ashler,  si me giro a la izquierda grito“¡Viva la república!” y si me vuelvo hacia la derecha lanzo un “¡Viva el Rey!”

El Rey: “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir”

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Familias ejemplares

Publicado: 29 diciembre, 2011 en actualidad, opinión
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No, no voy a hablar del duque y su regio suegro – para eso ya están los periódicos – sino de otros asuntos familiares que aunque no son Reales si muy pero que muy reales. Me refiero a dos en concreto, por un lado la familia formada por Carlos Fabra y su mujer. El expresidente de la diputación de Castellón llamado también “el hombre más afortunado de España” – ha ganado la lotería numerosas veces como si de un tramposo personaje de Regreso al Futuro se tratara – extiende su buena suerte a su cónyuge. Su mujer ha sido nombrada vicepresidenta de la referida Diputación – da la sensación de que allí los cargos se heredan – y cobrará 4.200 € mensuales.

Es curioso como los miembros del mismo partido que se ha negado a suprimir las diputaciones – el PP por si andan despistados – , a diferencia de su contrincante, sean los que recogen los ingentes frutos que les van regalando estas instituciones. Las diputaciones suponen gastos enormes que no repercuten en la misma medida en la que los consumen, aportando riqueza a la provincia. Se supone que son los “ayuntamientos de los ayuntamientos”, que aglutina en un órgano único y centralizado a las pequeñas poblaciones que no disponen de corporación propia – no me malinterpreten, la idea de partida es buena -, no obstante, tengo la certeza de que no sirven para nada. Al final – y lo cuento con conocimiento de causa – suponen un sobrecoste innecesario que – repito – no revierte en beneficio de nadie, salvo en los propios funcionarios, empleados y diputados. Durante varios años – creo que esto ya lo he contado anteriormente – he asistido con pavor a la indecencia de algunos trabajadores pertenecientes a la Diputación de Sevilla: no sólo no daban ni golpe, sino que además se pavoneaban de ello.

Estas sí que son las “reformas” – al nuevo ministro de Hacienda, Montoro, no le gusta la palabra “recorte” – necesarias para ajustar el gasto: evitar el dispendio desmedido y absurdo de instituciones obsoletas.

En fin.

La otra familia a la que quería nombrar hoy, el día después del de los inocentes, estuvo liderada por un caudillo sanguinario, fascista, con aires de semidios y encumbrado por el Nacional Catolicismo de mediados del siglo pasado: Francisco Franco Bahamonde.

¿Una historia olvidada? ¡Qué más quisiera yo! Hoy mismo me he enterado de que Franco sigue siendo presidente de honor de la diputación de Lugo, ya que anteayer fue rechazada – merced a la abstención del PP – una moción para revocar el nombramiento. Sería grotesco sino hubiera detrás una historia de fosas comunes, asesinatos en masa, campos de concentración y exilio.

La alargada sombra de la Dictadura sigue oscureciendo la democracia con estupideces como esta.

Espero al menos no tener que soportar ver más veces a la nieta del asesino bailando – y cobrando – en la televisión pública, sí, esa que pagamos todos.

Eso sí que sería para sublevarse.

Enlaces:

Memoria

La abstención del PP impide que se retiren las distinciones a Franco en Lugo

Recién iniciada la segunda década del siglo veintiuno carece de lógica que una persona, simplemente por el hecho de haber nacido en determinada familia, tenga derecho a ser el jefe de Estado de un país democrático. Términos como “corona”, “rey”, “príncipe” o “casa real” suenan a brumoso cuento arcaico. Independientemente de lo que dice la razón – que no es otra cosa que para gobernar un país u ostentar la jefatura del estado es necesario ser elegido por los ciudadanos – es cierto que la particular historia de España en el último cuarto del siglo pasado, concede cierta legitimidad a Juan Carlos de Borbón. El comportamiento del rey en momentos críticos de nuestra jovencísima democracia permitió en su momento que en este momento tengamos un régimen democrático de monarquía parlamentaria. El rey estuvo a la altura de las circunstancias y jugó las cartas – que le habían dado marcadas – a nuestro favor.

Reconozco que no soy objetivo cuando hablo del rey; es una persona por la que siento simpatía desde siempre, a pesar de que creo profundamente en la república.

Independientemente de que tuviésemos suerte con Juan Carlos y se decantara por la democracia – tal y como le dijo a Willy Brand, el canciller alemán en los setenta, “querría ser el rey de la república de España”  -, la lógica dice que nadie debería heredar un cargo de semejante responsabilidad.

“carece de lógica que una persona, simplemente por el hecho de haber nacido en determinada familia, tenga derecho a ser el jefe de Estado de un país democrático”

La corona española es de las más discretas de Europa y su presupuesto – 8 millones de euros anuales – es modesto en comparación con otras casas reales. No obstante, sus miembros disfrutan de ciertos privilegios que deberían acabarse.

Muchas veces me he preguntado a qué se dedican los maridos de las infantas y al parecer forman parte de numerosos consejos de administración, puesto por el que cobran – por cada uno de ellos – suculentas cantidades. No es menos cierto que una empresa privada puede considerar interesante que un Duque figure entre su lista de consejeros – podría decirse que le da caché – y pagarle lo que le venga en gana por ello, sin que nadie se escandalice. Así que – independientemente de que suene un poco “raro” – Telefónica, empresa privada, tiene la libertad de decidir mantener a Urdangarín en su consejo de administración y pagarle un millón de Euros anuales. Esto es absolutamente legal.

¿Es ético?

Yo creo sinceramente que no, porque no me parece bien aprovecharse de la marca “familia real” para conseguir enormes beneficios.

Y ahora, para colmo, se destapa un escándalo en el que el yerno del Rey, Don Iñaqui, el Duque de Palma, el exjugador de balonmano, el consejero que cobra un millón de euros de Telefónica, está metido hasta las cejas.

Involucrado – presuntamente – en una trama de evasión fiscal a través de una especie de ONG llamada Instituto Noos.

Manda huevos, como decía aquel.

“Y ahora, para colmo, se destapa un escándalo en el que el yerno del Rey, Don Iñaqui, el Duque de Palma, el exjugador de balonmano, el consejero que cobra un millón de euros de Telefónica, está metido hasta las cejas.”

¿No tiene suficiente con el milloncejo de euros? ¿No le basta con todos los demás cargos, vinculados al deporte, que ostenta? ¿No le vale con saber que sus hijos no necesitarán jamás dar un palo al agua para ganarse la vida? –  eso si no llega antes la República, que a este paso se lo están ganando a pulso -.

En fin, espero que se aclare pronto este tema, porque si mientras hacemos cola en el paro o tragamos marrones apretando el culo para que no nos despidan aparece en pantalla otra vez el rostro lozano y sonriente de este menda, juro que me cargo la tele al grito de “!Guillotina o banquillo!”

Enlace: El juez atribuye a Urdangarin las decisiones del área financiera del Instituto Nóos