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Anteayer, pocas horas antes de la Semifinal de la Eurocopa jugada por España, recibí un email con este sugerente título. En el correo lanzaban, a modo de frases impactantes, una serie de consignas con el fin – infiero – de despertar conciencias adormecidas. El autor trazaba un paralelismo entre la importancia que se le da a los triunfos de la Selección en la Eurocopa y la que le damos a los problemas reales del país (paro, hundimiento bancario, rescate, etc).

A pesar de mi casi total adhesión a muchas de las opiniones vertidas en el correo, creo que ante una posterior revisión crítica, se comprueba que su redactor, había caído en algo en lo que usualmente todos caemos: mezclar churras con merinas.

No creo que alegrarse de que once tipos en pantalón corto ganen un torneo deportivo representando a España tenga mucho que ver con la prima de riesgo, las políticas suicidas y austeras, o el propio paro.

Si bien es cierto que desde que el hombre es hombre los poderosos han tratado de desviar la atención de lo realmente importante con fuegos de artificio (el Circo Romano por ejemplo) para que el pueblo no se quejara mucho, no lo es menos que en esta sociedad actual la información nos llega – incluso aunque nos neguemos  a ello –  a través de decenas de medios que nos informan puntual e insistentemente de la cruda realidad.

Incluso hay aplicaciones móviles que actualizan la prima de riesgo al minuto.

A mí, y no me avergüenzo de ello, me encanta el fútbol. Disfruto con las victorias de la selección, animo, me enfado, sufro y grito los goles. Ello no me invalida – opino – para tener criterio, para saber que esos jóvenes millonarios no van a pagar la hipoteca por mí, que el Gobierno no va a dejar de subir el IVA porque gane la Roja, ni que es necesaria una movilización – algo, lo que sea – para que de una puñetera vez los de arriba reaccionen.

Correos como el que he recibido ahondan en lo que siempre he detestado: la demagogia. Y no olvidemos que la demagogia es el arma de los imbéciles, de los que carecen de argumentos para convencernos. La serena reflexión, o incluso la agitada reflexión, requiere de perspectiva, de templanza a la hora de emitir opiniones, de intentar convencer, porque atacar algo, lo que sea, para defender otra cosa, no me parece de recibo.

Y un sentimiento, aunque sea inmaduro, efímero y fútil, no puede ridiculizarse o despreciarse, y mucho menos a las personas – millones – que lo comparten.

El mundo es lo suficientemente heterogéneo como para que se cumpla la frase del torero “hay gente pa to”, o incluso para que los mismos que saltamos enfundados en la camiseta con la estrella dorada, salgamos a la calle a reclamar nuestros derechos.

Al fin y al cabo lo único que se necesita para cantar un gol de Iniesta es lo mismo que se necesita para corear una consigna contra los abusos de los políticos: pasión, y de eso en este país, tenemos para dar y regalar.

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Pan y circo

Publicado: 27 abril, 2012 en actualidad, opinión
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Tal vez lo haya comentado por aquí, pero no me importa repetirme: la manifestación más multitudinaria – excluyendo la de protesta por el secuestro y posterior asesinato de Miguel Angel Blanco – celebrada en Sevilla, se produjo en el Verano de 1995, cuando el Sevilla fue descendido a Segunda División B por no cumplir con ciertos trámites administrativos.

Confieso que soy futbolero, que animo a mi equipo y que veo en la tele con pasión los partidos de la selección. No obstante, creo que cada vez más, el sistema “pan y circo” se impone.

Si hoy entramos en la Web de cualquier periódico, leeremos en gigantescos caracteres que el paro sube desorbitadamente y que la calificación de la deuda española está sólo dos escalones por encima del bono basura.

Veo la gráfica que muestra la evolución del paro y sólo puedo pensar que parece el perfil de una etapa de montaña de la Vuelta a España.

Busco la noticia más leída de las Webs de información general y en el número uno está la noticia que de verdad, pero de verdad de la buena, interesa: Guardiola deja el Barcelona el año que viene.

Los millones de aficionados culés tienen el corazón encogido, no por la prima de riesgo, ni por el paro, ni por el futuro, ni por la revolución política que tendremos que organizar para que la suicida Merkel no nos lance a la trituradora y nuestro paso por Europa sólo sean fragmentos chamuscados de Historia olvidada.

No. Nada de eso importa.

Solo importa el Circo, el espectáculo, el único, el inconfundible, el de los goles, el de los domingos por las tardes – últimamente el de todos los días a todas las horas -.

Importa el semblante cabizbajo de un hombre de 41 años que ha llevado a su equipo – el Barcelona – hacia cotas impensables cuando se sentó en el banquillo – 13 títulos en 4 temporadas, que se dice pronto -.

Y yo, como soy bastante proclive a dejarme arrastrar por las tendencias, me dejo llevar por este espíritu circense y me voy a la Feria de Sevilla a beber rebujito – ese invento del maligno que quita el calor y produce dolor de cabeza al día siguiente – olvidándome de todo.

Por cierto ¿Dónde está el pan? Yo aquí sólo veo circo.

Enlace: Guardiola deja el barsa

A diario asistimos al bochornoso espectáculo de personas que muestran sus miserias en programas que fomentan el destape crudo de almas sin pudor. Amantes despechados repiten sin cesar el nombre de sus exparejas, fantoches de tres al cuarto alardean zafiamente de sus conquistas de alcoba… La cuestión es salir en televisión, que tu imagen aparezca aunque sea un minuto y capte la atención de millones de espectadores para promocionar dudosas carreras artísticas o con cualquier otra intención publicitaria.

Sin embargo a veces, de manera casual, se cuelan entre los pliegues de la suciedad que reparten a diestro y siniestro las cadenas de televisión, personas anónimas, de las que nos cruzamos en el descansillo de la escalera y nos saludan con una tímida sonrisa. Y son estos rostros cotidianos y cercanos los que, por un corto intervalo de tiempo, interrumpen la sucesión de basura para oxigenar algo nuestras neuronas saturadas de porquería.

Es el caso del señor del bigote.

El señor de bigote tiene un trabajo normal – lleva desempeñando de manera discreta y anónima su labor desde hace treinta años – encargándose del túnel del vestuario de un estadio de fútbol – y debe asistir con gesto serio, profesional, a lo que sucede frente a sus narices – nunca mejor dicho – .

Hace unos días, a un metro de él, un entrenador reputado y de contrato multimillonario metió el dedo en el ojo a un técnico del equipo rival. Pero el señor del bigote no se alteró, no pestañeó, observó hierático – con solemnidad extrema – como se desarrollaba la bochornosa escaramuza. Era como si la pelea no fuera con él, como si nada alterara su pose digna y seria con la que seguía desempeñando su cometido.

Le imagino por la mañana, al día siguiente, desayunando una tostada en la cocina de su casa, recién duchado, preparado para volver a su trabajo discreto, viendo su foto en la portada de los periódicos, detrás de la bronca.

Su mujer le pregunta qué tal le fue la noche anterior y él se permite el lujo de regalarle una sonrisa tierna y le contesta: “- Nada especial, lo de siempre”.

Le imagino hablando como si no hubiera paralizado la espiral de ponzoña que destilan nuestras pantallas, como si no hubiera conseguido elevar a la categoría de lo sublime un gesto serio en el desempeño de un trabajo anónimo. Necesito creer que el señor del bigote acompaña su gesto con una actitud humilde que lo hace aun más mágico.

Y a veces, la magia de lo cotidiano es lo único que nos queda.