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El anciano

Publicado: 15 febrero, 2013 en historias, Personal
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Observo al anciano beber su jarra de cerveza con la mirada acuosa perdida en la bruma del tiempo. En sus ojos cargados  de vivencias veo reflejados los míos. Sus manos arrugadas y retorcidas como sarmientos secos parecen añorar las caricias de su amada y juguetean con la servilleta de papel. Entre trago y trago, que saborea con los ojos cerrados, su actitud es resignada y digna. Viste un traje marrón claro y bajo la americana abierta, asoma un grueso jersey gris con cremallera hasta el cuello. El pelo blanco amarillea y escasea, coronando un rostro enjuto y serio de ojos grises. Ansío conocer su historia

¿Cuál es el nombre de la amada perdida?

¿Rompió tal vez el anciano su vida por amor y arrojó los pedazos al aire para que los barriera el viento?

¿Saltó al vacío sin red confiando en una mirada brillante y apasionada?

Un nudo atenaza mi garganta mientras imagino aterrado que acabaré mis días sentado, solo, en una cervecería  de una ciudad inmensa, añorando los besos que me arropaban en las frías noches de invierno.

Estoy a punto de acercarme al anciano para saciar mi impertinente  curiosidad cuando entra una señora muy mayor, con el pelo níveo recogido en una cola, y se sienta frente a él sonriendo.

Entonces, al observar como se ilumina el rostro del anciano, como si estuviera contemplando a la mismísima diosa Afrodita hecha mujer, siento que un río de lágrimas se me desborda mejillas abajo, incontenibles, purificadoras, salvadoras.

Hoy he aprendido que el Amor perdura para siempre.

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El dolor no entiende de edad, color de piel, raza o religión. El dolor te estruja y te retuerce como si fueras una hoja sacudida por el viento caprichoso, sin pararse a contemplarte. Te llega y te traspasa, helador o abrasador, sin piedad.

Es el más paritario y justo de los sentimientos.

Porque  alcanza por igual a hombres, mujeres y niños.

El más intenso y atroz, parecido a la propia muerte – que al fin y al cabo no es más que enfrentarse a la nada desnuda – dicen que es perder un hijo.

Yo no lo he padecido, pero me he enfrentado a los ojos de una madre devastada por el dolor, a sus ojos vacíos, secos y sin lágrimas, como si hubiera llorado ya todo lo llorable, y gritado todo lo gritable. La madre se aferraba al recuerdo nimio del hijo muerto, al último desayuno preparado, a la última caricia, al último beso… como si fueran rescoldos que soplara con desesperación para mantener viva la exigua llama del recuerdo.

Y sus ojos perdidos y su alma rota, se apoyan con lentitud en el transcurrir de una frase, en la que detalla la vida perdida prematuramente.

El dolor te estruja y te retuerce como si fueras una hoja sacudida por el viento caprichoso, sin pararse a contemplarte

El dolor calca el boceto de las Amarguras que los imagineros tallaron con maestría en la madera, los rostros desencajados de las madres dolientes condensan el sentimiento que les traspasa acerado.

La foto muestra a una madre de otro país consolando a una desconocida, porque el dolor es universal y no necesita fronteras ni trapos de colores para ondear.

El dolor calca el boceto de las Amarguras que los imagineros tallaron con maestría en la madera, los rostros desencajados de las madres dolientes condensan el sentimiento que les traspasa acerado.

La madre consolada es la de uno de los fallecidos en el accidente del avión militar español que se destrozó contra una montaña turca en 2004.

La madre consoladora es una mujer turca, madre sin duda, que hace suyo el dolor de la española, y que acaricia con sus manos agrietadas y curtidas por el trabajo a la doliente.

Ojalá fuésemos capaces de captar la esencia de este gesto, último, esencial, simple y primitivo. Hacer nuestro el dolor del otro, y ser capaces de entender y consolar.

No hay más.

Ni menos.

Sólo dos mujeres enfrentadas al abismo de una pérdida insustituible y mutiladora.

Y, para colmo de males, al dolor se unió la indignación, porque unos impresentables tenían tanta prisa por celebrar un funeral de Estado y enterrar a los soldados, que no les dolieron prendas para intercambiar cadáveres e identidades.

Ahora el gobierno indulta a los culpables.

En realidad esta última indignidad da igual, porque el dolor nunca abandonará a esa mujer que perdió al hijo.

Enlace: 9 años de rabia e indignación

La cara de Superman, para todos los que peinamos canas e incluso para algunos más jóvenes, es y será para siempre el del malogrado actor Christopher Reeve.

Hace unos años, Reeve sufrió un accidente montando a caballo y quedó paralizado de cuello para abajo. Sacando fuerza y entereza, se sobrepuso a la tragedia y Superman se convirtió entonces en el paradigma de la superación. Creó una fundación junto a su inseparable esposa y subvencionó la investigación de los accidentes medulares, incluso rodó un par de películas más y dirigió alguna otra. Reeve dedicó su vida a la consecución de un sueño: la cura de las lesiones de médula ósea.

Superar, sobre todo a nivel psicológico, un cambio tan brutal y trágico en la vida no es posible sin apoyo. Superman tuvo a su lado a su particular Lois Lane, su mujer, que en cierta ocasión, ante la insinuación del actor acerca del suicidio le dijo “yo te amo a ti, y seguiré haciéndolo siempre, y estaré a tu lado pase lo que pase”.

Jamás volvió a mencionarle el tema.

Aunque Superman no consiguió ver su sueño cumplido – murió en 2004 como consecuencia de una complicación médica – la fundación creada consiguió reparar en ratones lesiones medulares.

Ahora, leo la noticia de que unos científicos han desarrollado un brazo mecánico que los tetrapléjicos pueden mover con el pensamiento. Una mujer ha conseguido por primera vez en su vida beber un vaso de agua sin ayuda.

La ciencia deja de ser ciencia para convertirse en ciencia ficción.

Y mientras en nuestras retinas, el hombre de la capa roja y la S en el pecho remonta el vuelo, asistimos a lo que quizá sea el principio del sueño.

Del sueño de Superman.

Enlaces:

Christopher Reeve en wikipedia

Utiliza su mente para mover un brazo artificial

Hace un par de días escuché una noticia que alimentó mi malestar, mi hartazgo y que apunté en la lista de “comentables” en alguna de mis entradas. Es la típica noticia de hipocresía y desvergüenza, protagonizada por una persona que supuestamente se dedica a predicar el bien – con la palabra y con el ejemplo – .

Hablo del obispo de Alcalá, cuyo discurso homófobo retransmitido a millones de personas por la cadena pública de televisión – la que subvencionamos con nuestros impuestos – dejó perplejos a propios y extraños. A raíz de este discurso – en el que el obispo comparaba a los gais con enfermos y otras estupideces que prefiero obviar – el sacerdote fue inmediatamente elevado al foco mediático. Así, nos hemos enterado de que hace años celebró una misa presidida por la bandera preconstitucional – la que sirvió como símbolo y escudo al genocida enterrado en el Valle de los Caídos en Su Bando – para conmemorar la muerte del dictador fascista que durante cuarenta años provocó la involución política, social y económica de España, a parte de decenas de miles de muertos. También se ha sabido que el Obispo perdió cinco millones de Euros especulando en la Bolsa con el dinero de su diócesis – comprando acciones de una empresa de Viagra, imagino que creía, el experto e inmaculado inversor,  que un producto que mantiene erecta el “arma del pecado” era un buen negocio -, y que para paliar el agujero que provocó con ello, bajó a la mitad los sueldos de los curas – esto es real -.

Mi idea inicial ante toda esta información era lanzarme de cabeza a despotricar de este fulano, hipócrita, cara dura y fascista, pero he decidido no hacerlo. No merece la pena.

Y entonces es cuando he visto el video del australiano de origen iraquí Emmanuel Kelly y me he reconciliado con las buenas historias.

Emmanuel tiene – eso cree – diecisiete años y fue abandonado en Irak junto a su hermano. Ambos tienen problemas físicos y fueron adoptados por una mujer australiana que les ha dado amor, una familia y sobre todo, esperanza.

Emmanuel se presentó al casting de un programa de talentos de la televisión y su actuación es hermosa, emocionante y toca la fibra sensible. Porque emociona comprobar que algunos seres humanos sí que merecen ser llamados hombres santos y no necesitan calzarse una mitra para ello. Porque lo que dignifica a las personas no es un puesto artificial creado para someter a otros con historias de vieja, sino el coraje, la valentía, la mirada limpia y la sonrisa del que ha superado una historia terrible y se enfrenta a la vida con normalidad.

Esos, y no otros, son los verdaderos héroes.

Enlace: Vídeo de la audición de Emmanuel Kelly

Primera parte de la historia: Año 2004, Tindyebwa un chaval Ruandés de 16 años, exniño soldado, padre fallecido de sida, madre y hermana desaparecidas, huye de la guerra gracias a una organización humanitaria y acaba durmiendo debajo de un puente en Londres.

Segunda parte de la historia: Año 2012, Tindyebwa es licenciado en Ciencias Políticas, tiene un postgrado en Derechos Humanos y recorre el mundo dando conferencias, denunciando los abusos – que son muchos – y defendiendo causas humanitarias.

¿Qué ha pasado en estos ocho años para que haya acontecido este milagro imposible?

Pues algo tan fortuito como maravilloso; en la vida de Tindyebwa se cruzó la generosidad de una familia británica que además de un gran corazón contaba con posibilidades económicas. Conmovidos por la historia del chaval, decidieron que pasara con ellos y su hija de 12 años la Navidad. El resto de la historia es tan simple como que aquel gesto de amor se convirtió en un compromiso de vida. Tindyebwa fue adoptado por el matrimonio y su destino cambió.

La madre – la de ahora, la otra, probablemente yace en cualquier fosa común del genocidio ruandés junto a su hija – es una conocida figura pública, absolutamente comprometida con la lucha por los derechos humanos y junto a su hijo viaja como embajadora de Ayuda en Acción. Eso ha hecho que Tindyebwa siguiera su ejemplo y ahora dedique su vida a lo mejor que sabe hacer; contar su historia y mirar a los que están en la situación en la que él estuvo con los ojos cargados de imágenes atroces de sangre y fuego, para decirles que aún hay esperanza. Que la salida no está en drogarse, coger un Kalashnikov y forrar de plomo a familias enteras. Que no tienen porqué someterse a los dictados del señor de la guerra de turno, normalmente educado en las mismas universidades europeas que Tindyebwa, para que sean marionetas ejecutoras que salvaguarden el expolio o la explotación de los países más devastados del planeta.

El compromiso de Tindyebwa se ha visto motivado y reforzado por el ejemplo de su madre y debería servirnos para comprender que las cosas no hay que aceptarlas como vienen, que siempre se puede luchar, con mejor o peor suerte, pero que a la postre lo único que importa es que actuemos sin rendirnos, con dignidad y coherencia.

Es lo único que importa.

Por cierto, la madre adoptiva del chaval se llama Emma Thompson y es una conocida actriz ganadora de dos Oscar, dos Globos de Oro y dos premios Bafta.

Enlace: “El reverso humanitario”

El valor en determinadas profesiones, se presupone.

En el ejército los mandos asumen que sus soldados correrán bayoneta en mano hacia el enemigo que aguarda impertérrito y firme – con el mismo valor que les suponen sus mandos contrarios –la llegada de la embestida probablemente mortal. Su deber de valientes es llevar los cuchillos apretados con los dientes y embestir con alfanjes en ambas manos riéndose de las balas que silban sobre sus cabezas.

En el cuerpo de bomberos hay que ser capaz de embutirse en un traje que pesa un quintal, con bombonas de oxígeno, hachas, mangueras y casco, y subir sin descansar siete plantas, abriendo puertas y ventanas – lo he visto en directo y es impresionante – .

Este tipo de valor es el profesional, el que se curte a base de embestidas enemigas e incendios, el que se paga a fin de mes, el que viene encadenado a la vocación de servicio o ética personal de cada individuo.

Pero existe otro, un valor anónimo, tan desconocido que incluso la propia persona que lo desarrolla lo recibe con sorpresa. Es un valor que nace de lo más hondo de las tripas, de los rincones más recónditos del alma, usualmente ligado al amor. Es el valor que hace que una madre se infiltre en las redes de la prostitución – haciéndose pasar por prostituta durante años – y en los más sórdidos locales donde se comercia con carne de jovencita.

“Existe un valor anónimo, tan desconocido que incluso la propia persona que lo desarrolla lo recibe con sorpresa”

Ése es el caso de la argentina Susana Trimarco, cuya hija desapreció en 2002, víctima del proxenetismo y la trata de blancas. Por el camino de su infructuosa búsqueda, Susana ha dejado un marido muerto, víctima de la depresión, ha rescatado de las garras de los animales a 129 mujeres que eran obligadas a prostituirse y ha sentado en el banquillo a 12 delicuentes, entre los que se encuentran los responsables de la desaparición y – presumible – muerte de su hija Marita.

La mirada de Susana es seria, casi muestra enfado, y parece querer decir “sigo buscando a mi hija y seguiré luchando para encerrar a los bestias que se dedican a esta indignidad”, es una mirada cargada de valor, de fuerza y de coraje.

Lo decepcionante y triste de estos casos, al margen de la desgarradora historia personal que se esconde tras los hechos, es que si Susana no hubiera encontrado el valor que la llevó a su guerra personal, 129 mujeres seguirían siendo esclavas sexuales y 12 maleantes seguirían impunes. ¿Dónde estaban los jueces, los fiscales o la policía?

Imagino que miraron hacia otro lado, porque ellos no tuvieron los arrestos de Susana para encontrar el valor que – erróneamente – se les presupone.

Enlace: “Así como yo no tengo paz, tampoco ellos la van a tener”

En anteriores entradas he reflexionado acerca de nuestro papel en el mundo, de la herencia que dejaremos en él cuando ya no estemos, del valor de nuestras acciones, de la deuda contraída con los que antes que nosotros hollaron el mismo suelo que pisamos, de hacernos dignos de esa herencia preciada que es precisamente la vida…

El valor que nosotros mismo otorgamos a nuestra existencia es fácilmente ponderable por los actos que realizamos, y tenemos multitud de ejemplos de visiones absolutamente opuestas de lo que comento.

Hay personas que viven de una manera que ellos consideran estupenda y genial pero que objetivamente no es más que una fachada falsa que sostiene un vacío existencial brutal, si rascamos un poco la superficie deslumbrante, plagada de falsas sonrisas, trajes gratuitos, cocaína, dinero y favores ilegales, encontraremos un alma pobre, sucia y – en el fondo – solitaria.

Por el contrario hay seres humanos que cuando se levantan, se anudan la corbata, se calzan las botas, el uniforme, se ajustan la pistolera y se miran en el espejo, sólo encuentran sinceridad.

Sinceridad, compromiso, lealtad y honradez.

“El valor que nosotros mismo otorgamos a nuestra existencia es fácilmente ponderable por los actos que realizamos”

Y esos valores están tan incrustados en su alma, en su esencia vital, que no dudan en jugarse la propia vida para salvar a otro, sea quien sea.

Un guardia civil participa en el rescate de una patera. Están cerca de la costa, pero las aguas aún tienen al menos diez metros de profundidad. Es de noche, la oscuridad es casi total, el mar está en calma,  a pesar de ello, la frágil embarcación, atestada de inmigrantes asustados y ateridos de frío, se mece peligrosamente cuando van subiendo, uno a uno, por la escala de cuerda que los agentes de salvamento marítimo han colocado. Hay sobre todo mujeres, algunas de ellas embarazadas, y niños. Entonces, una ola breve, pero lo suficientemente fuerte, golpea el casco de la patera, que se separa un par de metros de la embarcación de la guardia civil. Una de las embarazadas pierde pie y cae, arrastrando a su hijo pequeño, al que tenía agarrado de la mano. Ninguno de los dos sabe nadar y se hunden como bloques de piedra en las negras aguas. El cabo Ferrón no se lo piensa y se lanza a rescatarlos. Bucea en la negrura de la mar, y guiado por las burbujas consigue agarrar a la mujer. Mientras sube con ella, se encuentra con el niño y logra salvarles a ambos.

Ahora, Lydie, de 28 años ha dado a luz a una niña que se llamará Pilar como homenaje a la patrona de su héroe.

Este es el ejemplo que nos demuestra que el valor de la vida del cabo Ferrón es mucho mayor que el del funcionario corrupto o la banquera desalmada que reclama compensación multimillonaria por haber sido despedida por ladrona.

Y al igual que él, que por 1.600 euros al mes se juega  la vida en una acción humanitaria, nosotros deberíamos valorar la nuestra. Y no hace falta lanzarse al mar para rescatar a alguien, basta con ser coherentes y humanos, sobre todo humanos.

Solo con humanidad conseguiremos que esta locura en la que se ha convertido el mundo se aplaque un poco.

Enlaces:

Una inmigrante embarazada llama a su hija Pilar en agradecimiento a sus rescatadores