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Tenía varios temas en la recámara para empezar hoy calentito, disparando a diestro y siniestro. Uno de ellos versaba sobre un político nacionalista con apellido de eslogan de pilas de conejito que no tiene mejores cosas que hacer que decir sandeces sobre subsidiados alcohólicos de cierta región – no quiero dar pistas – en la que casualmente nací. Ayer publiqué un comentario a la entrada de otro blog (El Mariscal Bocanegra) que abordaba este asunto y argumenté que es mejor no hablar del tema para no darles bombo y acertadamente me rebatieron diciendo que “de alguna forma u otra habrá que dejarles claro que tampoco vamos a estar callados”. En cualquier caso, ya se ha hablado demasiado de este discurso que apesta a topicazo y demagogia derechona.

Otro asunto que también me ha tentado ha sido el de la exconsejera de la CAM (Caja de Ahorros del Mediterráneo), despedida por incompetente – iba a añadir “ladrona” pero el tema está bajo investigación – que blindó su contrato de manera que se aseguró una pensión vitalicia – es decir para toda la vida como los sueldos Nescafé – de 30.000 euros al mes – yo, confieso, hay días que no los gano  – . También descarté hablar de esto por motivos de salud, la bilis que iba a destilar la entrada podía provocarme una úlcera.

Al final he preferido hablar del científico judío Shechtman, flamante ganador del premio Nobel de Química por su descubrimiento – hace treinta años – de los cuasicristales. Durante buena parte de este tiempo Shechtman sufrió las mofas y los desprecios de algunos colegas que le tacharon de “cuasi científico” e idiota. ¿Y todo por qué? Porque su descubrimiento, que establece la existencia en los cristales, de estructuras – diferentes entre sí y he ahí el matiz revolucionario – que los conformarían. Es decir, la teoría significaría la existencia de configuraciones estructurales formadas por “ladrillos” todos diferentes entre sí, lo cual es una amenaza ya que “el descubrimiento de estas formas aperiódicas en la naturaleza ha producido un cambio de paradigma en los campos de la cristalografía”. En definitiva, supone resquebrajar los plácidos conceptos de la simetría en la naturaleza y por ende en los cerebros cuadriculados de determinados científicos.

Los cuasicristales son sólo un ejemplo de que la naturaleza – en el más amplio sentido de la palabra – es caos ordenado, es cambio, es repetición sin patrón, es azar…

Y esto quizá entronque con la existencia de conceptos no lógicos como el alma, el amor, etc. En mi opinión, lo que realmente nos está diciendo el descubrimiento de Shechtman es que el mundo, en el fondo, es tan imprevisible que está lleno de posibilidades infinitas, que cada uno de los momentos que vivimos son irrepetibles, únicos, y como tales deberíamos otorgarles la condición de sublimes y disfrutarlos como si fueran el último. Porque, de hecho lo son, puesto que jamás se repetirán.

El conjunto de nuestras vivencias son cuasicristales que conforman el cristal total al que llamamos vida y tal vez no deberíamos afanarnos en conseguir que encajaran como piezas perfectas de un puzle sino conformarnos – que no es poco – con pulirlas de manera que observadas con la perspectiva del tiempo podamos decir que las vivimos de la mejor manera posible.

Enlaces:

De las burlas al premio Nobel

Shechtman gana el Nobel 

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El Domingo 2 de Octubre asistí, dentro del VI Encuentro de Literatura Fantástica de Dos Hermanas, a una interesante mesa redonda en la que dos escritoras – Montse de Paz y Virginia Pérez de la Puente – de Fantasía Épica exponían diversas ideas y opiniones acerca del papel de la mujer en la literatura.

Escuchándolas, traté de hacer retrospectiva conmigo mismo y preguntarme si alguna vez había clasificado yo a los escritores que leía, por su sexo. He de confesar que no. Nunca me he planteado si aquello que he leído era o no diferente en función de si había sido creado por una mujer o por un hombre. Mi bagaje literario es mucho menos extenso de lo que hubiera deseado, pero he tratado de leer casi cualquier cosa que cayera en mis manos y la única clasificación que he realizado mentalmente ha consistido en decidir si me gustaba o no.

Escuchando las intervenciones de los asistentes y las participantes, realicé el ejercicio de encontrar, a posteriori, elementos diferenciadores según el sexo, de los libros que he leído. Pero no fui capaz. En mi lista de escritoras las hay más sensibles, descarnadamente realistas, crueles, irónicas, sangrientas, suaves, áridas, amenas, aburridas y un largo etcétera de adjetivos que lo único que hacen es describir a un creador, no a un sexo. A raíz de este ejercicio, traté también de hacer un listado de mis libros favoritos y comprobar cuántos de ellos habían sido escritos por mujeres y, la verdad, hay unos cuantos.

Por citar algunas de las escritoras con cuyos libros he disfrutado enormemente: Almudena Grandes, Ana María Matute, Matilde Asensi, Anne Rice, J.K. Rowling, Katherine Neville…

A lo mejor carezco de la sensibilidad o la capacidad de percepción necesaria para encontrar ese matiz femenino diferenciador, pero la verdad, pienso que no existe. Un narrador de historias es alguien que se calza la piel de personajes, ya sean, ancianos, niños, mujeres, hombres, ricos o pobres, tratando de imaginar y recrear sus sentimientos, ideas, pensamientos o miedos. Es lo fascinante de esta pasión por escribir, nos permite sentir y asomarnos al mundo a través de los ojos de personajes tan diferentes a nosotros – de otro sexo incluido – que – al menos en mi caso – nos enriquece el alma y nos ayuda a entender, o como mínimo interpretar, esta vida tan extraña.

Al final, lo que importa no es si los libros que cargamos en la mochila del recuerdo los han escrito hombres o mujeres, sino lo que nos han hecho sentir o pensar, ya que, en definitiva, son los mimbres que han trenzado nuestra personalidad y nuestra forma de entender el mundo.

Referencias:

VI Encuentro de Literatura Fantástica de Dos Hermanas

Web de Virginia Pérez de la Puente

Montse de Paz

De todas las cosas que a lo largo del día de ayer escuché o leí sobre Steve Jobs – el fundador e impulsor de Apple, la segunda compañía más importante del mundo, que falleció ayer a los 56 años a causa de un cáncer – la que más me impresionó, con diferencia, fue el saber que “murió en paz, rodeado de sus hijos” según su propia familia.

Si tuviese que elegir sólo una cosa para parecerme a Jobs, elegiría esa en particular. Morir en paz, rodeado por mi familia, teniendo sólo que levantar la vista alrededor para saber que he hecho las cosas bien.

Como él mismo dijo en un discurso memorable, cuyo enlace comparto más abajo, “La muerte es el destino que todos compartimos.”. No hace falta ser uno de los gurús del siglo XX y parte del XXI para saber eso. Desde que el hombre es hombre y empezó a preguntarse porqué sus seres queridos, sus hijos, sus amigos, sus compañeros de cacería, sus parejas… de repente, dejaban de respirar y se convertían en ceniza, esa es la verdad más absoluta que existe: no hay escapatoria a la muerte.

La idea de brevedad y la sensación de que estamos aquí de prestado no es algo que tengamos continuamente en mente – de hecho, la mayoría de las actividades humanas tienen como objetivo olvidar eso precisamente – pero cuando llegamos a ciertas edades o nos suceden ciertas cosas a nosotros o a nuestros conocidos – como morirse, básicamente – está tan presente que condiciona nuestra forma de entenderlo todo, a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.

La muerte es una putada de las gordas pero no podemos dramatizar porque su inevitabilidad, o en términos más prosaicos su 100% de probabilidad de que nos suceda – salvo que nos arrebate un carro conducidos por Angeles como al profeta Elías -, hace absurdo el lamento.

Hay muchas formas de afrontar este hecho inevitable y algunos corren desbocados hacia él cada día, practicando deportes de riesgo por ejemplo – lo que, curiosamente, a pesar de acercarles a la muerte, les hace sentir “más vivos que nunca” – otros lo ignoran y navegan de canal en canal en la televisión evitando las noticias trágicas, otros simplemente se encogen de hombros y siguen viviendo de acuerdo a sus códigos éticos.

Toda persona tiene algún día que mirarse al espejo y afrontar la dura realidad: no somos eternos. Lo cual no debe ser motivo de tristeza si no de reafirmación de nuestra humanidad, porque nuestra esencia mortal nos concede ni más ni menos que oportunidades únicas e irrepetibles de recorrer este camino llamado vida con inteligencia o, al menos, con coherencia e integridad.

Aunque después de todo, al final, el único anhelo es morir en paz rodeado de los que nos han querido.

Para terminar, me atrevo a citar a Borges:

y uno aprende a construir

todos sus caminos en el hoy,

porque el terreno de mañana

es demasiado inseguro para planes…

Extracto discurso: “Encontrad lo que amáis

Video discurso S.J. en Stanford

László Polgár es un pedagogo y psicólogo húngaro que se empeñó en demostrar al mundo que un genio no nace, sino que se hace. László es un experto ajedrecista y aseguraba que sería capaz de formar a un genio en esta disciplina, siguiendo las pautas adecuadas. Puso un anuncio en la prensa buscando esposa para tal fin – pues su idea consistía en aplicarlo en su propia progenie – y de esta forma conoció a su esposa.

Dos de sus hijas son Judit y Zsuzsa, Grandes Maestras Internacionales del Ajedrez.

Esta historia es de las que da que pensar y la primera pregunta que se me viene a la cabeza es ¿Qué tiene más fuerza para determinar en lo que una persona se convierte? ¿Los genes o el entorno? Probablemente una mezcla de ambos, dato que Polgár conocía, dado que probablemente el fin de su anuncio buscando esposa, no fuese otro que encontrar a una mujer que se ajustara a ciertos niveles de inteligencia que él considerara adecuados como herencia de sus futuros vástagos. El amor por el ajedrez tal vez sea un signo de cierto patrón cerebral hereditario y esta sea otra de las razones por las que las hijas de este hombre han nacido con estas espectaculares habilidades.

Aunque también existe otra posibilidad.

Que Polgár tenga razón.

Es decir, que lo más importante para “fabricar” un genio o cualquier otro prototipo de ser humano sean el entorno, los estímulos y la educación.

Esta idea de transformar el entorno vital para convertir a un niño en un genio, de ser cierta, inicialmente puede antojarse desazonadora, sin embargo creo que precisamente es justo lo contrario: abre una puerta a la esperanza y otorga al ser humano mayor grado de libertad, porque le permitiría enfrentarse – e incluso cambiar –  al “destino” impuesto por los genes heredados.

Relacionado con esto les contaré una escena de una de mis películas favoritas “Gattaca”. En ella, dos hermanos – uno concebido de manera azarosa sin los dictados de la ingeniería genética y otro “encargado a la carta”, sin taras genéticas – compiten para ver quién nada más lejos, mar adentro. Extrañamente, siempre vencía el supuestamente más débil, el que genéticamente tenía más posibilidades de enfermar, con menor cociente intelectual e inferiores capacidades. Su hermano – un ser humano casi perfecto – le preguntó “¿Cómo es posible que me ganes siempre? Soy más fuerte que tú, tengo más resistencia, nado mejor.” Y el otro le contestaba esbozando una sonrisa “Tú medías tus fuerzas calculando las que necesitabas para volver y cuando llegabas a ese punto, te volvías. Yo, nadaba y nadaba hasta que tú te dabas la vuelta, sin preocuparme de si podría regresar. Pero siempre podía”.

Esta película pone de manifiesto que el tesón, la pasión y el deseo de conseguir algo son –  la mayoría de las veces – más fuertes que las probabilidades que nos otorgan nuestros genes de tender hacia algo, ya sea un comportamiento, una habilidad o incluso una enfermedad.

El ejemplo de las Polgár nos demuestra que el ser humano siempre puede aspirar a lo máximo o al menos, luchar para conseguirlo.

Enlaces :

László Polgár 

Judit Polgár 

Gattaca

Podría contar la historia del arquitecto de treinta y pocos, que habla cuatro idiomas y lleva dos años en paro, picando acá y allá en trabajos mal pagados y peor considerados. O la del ingeniero industrial, tres idiomas, un máster, que no tiene más salida que crear una empresa, avalando con el patrimonio familiar (la casa de sus padres) y perdiendo el sueño – y el pelo – para que él y su socio y sus pocos – entre uno y dos – empleados cobren a fin de mes.

Pero no.

Esas historias son las de siempre, las conocemos bien, sabemos que esas personas se levantan cuando los gallos aún no cantan, comen de pie en las barras de los bares y llegan a casa tan cansados que a veces se duermen antes de tocar el sofá. En el caso del arquitecto en paro, se levantan cuando los gallos aún no cantan, se leen de pe a pa las ofertas de trabajo, acuden a entrevistas, envían su Curriculum, cientos de emails…

La historia de la que quiero hablar hoy es la de José Luis, Gregorio y Javier, tres amigos a los que han despedido de su trabajo. Todos tienen una edad difícil, esa en la que no están tan cerca de jubilarse como para que les compense prejubilarse y en la que ya no son jóvenes. Su perfil alto y gran conocimiento es de difícil encaje y más en los tiempos que corren.

Sin embargo, estos tres amiguetes han aplicado el ingenio y han conseguido jugar sus cartas con una habilidad digna de Juan Tamariz. De manera que, como tahúres de bar de mala muerte, han sacado los ases de sus mangas impecables y evitando que se les enganchasen en los gemelos de oro, han ganado la partida. Su patrón ha accedido y les ha compensado a los tres con una buena indemnización, una nadería: casi veinticuatro (24) millones de euros (a repartir).

Los tres amigos son los antiguos gestores de Novacaixagalicia, una caja intervenida y que ha necesitado una inyección de dinero público – es decir, de todos nosotros – que asciende a 2.465 millones de euros del Estado.

Alguno de ellos podría pensar que, total, mejor que me lo quede yo, y no Novacaixagalicia si al final se lo van a gastar los ayuntamientos en construir y reconstruir el mismo badén durante tres semanas – el caso del badén infinito merecería otro artículo a parte – .

Ante estas cifras, estos hechos y estos sinvergüenzas ¿qué pueden hacer el arquitecto en paro o el ingeniero emprendedor? ¿Plantarse en la Gran Vía y romper escaparates? (Ganas no faltan) ¿Quemar la sede de Novacaixagalicia, con los amiguetes indemnizados dentro a ser posible?

Si supiera la solución, la diría, pero la desconozco.

Los ciudadanos de a pie seguimos estando en manos de las conciencias de personas que gestionan nuestros ahorros y nuestros impuestos y mientras no existan mecanismos objetivos de control, lo seguiremos estando.

Los políticos, que al fin y al cabo son personas que elegimos para que nos representen, – no es operativo que nos juntemos 45 millones de españoles en una explanada a decidir a mano alzada cómo hacer las cosas – deberían dejar en un rincón la escopeta de disparar mierda, – perdón por lo gráfico de la metáfora –  calzarse el mono y la pala y ponerse a currar, a pensar, a proponer, a ilusionar y a convencernos de que son dignos merecedores del poder que les otorgamos – que no lo olvidemos emana del pueblo, que no es un ente sin cara, somos todos y cada uno de nosotros -.

Que utilicen ese poder, por favor, pero para arreglar este desaguisado

Por último, sabiéndome harto repetitivo y cansino, voy a permitirme sugerirles que empiecen por deshacerse -a ser posible gratis- de estos golfos que nos cuestan decenas de millones de euros.

Para quien ponga en duda la existencia del  infierno, le sugeriría que se diera un paseo por la población de Centralia (Pensilvania, Estados Unidos).

Hace 50 años se originó un incendio que sigue activo – con combustible para los próximos 250 años al menos – a 1600 m de la superficie. Centralia cuenta con yacimientos de carbón que el fuego está consumiendo y emite continuamente, a través de unas chimeneas, gas venenoso en forma de dióxido de carbono que obligó a evacuar el pueblo en los ochenta – ¡veinte años después de iniciado el fuego! – .

El incendio de Centralia me recuerda algo que los seres humanos deberíamos tener más presente: las numerosas, indomables e incontrolables fuerzas que existen en el mundo y que – tal vez empujados por nuestra estúpida soberbia – nos empeñamos en dominar.

Tal y como puso de manifiesto el terremoto de Japón cuyos efectos casi convierten en una ciudad fantasma a Tokio, una de las ciudades más pobladas del planeta, no podemos estar seguros de que alguna vez seamos capaces de  controlar los medianos – ni tan siquiera los pequeños – cataclismos.

En relación a esta inoperancia natural que tiene nuestra especie para luchar contra lo inevitable, comentar que algunos historiadores, más o menos controvertidos, aseguran que esta no es la primera humanidad sino que anteriormente, hace miles de años, o tal vez cientos de miles, el hombre llegó a niveles de civilización similares a la actual y que un cataclismo acabó con todo.

Independientemente de que esto sucediera así, lo cierto y verdad es que un gran meteorito creó el cráter de Chicxulub (de 180 Km de diámetro) en la península del Yucatán, Méjico, y se teoriza acerca de que fuese el causante de la extinción de los dinosaurios ¿y si hubiera existido una civilización, similar a la actual, que hubiera perecido junto a los grandes saurios? Desde luego, no hay pruebas que lo afirmen ni pruebas que lo desmientan.

Lo que es innegable es que si existió una humanidad anterior y se parecía a la actual – incapaz tan siquiera de apagar un incendio en Centralia, Pensilvania – no tengo ninguna duda de que si no hubiera desaparecido a causa de un meteorito, lo habría hecho por su propia negligencia y estupidez.

Recomiendo:

Entrada “Héroes”

La historia de Centralia

El Cráter de Chicxulub 

La realidad es tan cruel a veces, que asusta e impacta por igual y hay determinados sucesos que parecen extraídos de la mente perversa y sádica de un escritor oscuro.

Hace unos días leí una noticia dura y desgarradora: la decapitación y desmembramiento de una periodista mejicana, cuyo único delito fue denunciar a los criminales narcotraficantes a través de las redes sociales. Su cadáver ha aparecido semidesnudo junto a un monumento, donde colocaron un teclado y su cabeza… imagen tan brutal que se me hace difícil escribirla.

A lo largo del par de meses que llevo escribiendo en el blog jamás me he preocupado de que mis textos –  que en algunos casos han podido ser críticos con algunas personas – pudieran representar un peligro para mi integridad física.

No me parece algo concebible.

En Méjico, sin embargo, sí lo es.

Y lo sorprendente, lo que de verdad me encoje el corazón, es imaginar que sigue habiendo personas que, a pesar del terror que sienten, cada noche se sientan delante de una pantalla y empiezan a teclear pensando que tal vez estén escribiendo su sentencia de muerte.

Pero no se detienen, siguen escribiendo, grabando vídeos, denunciado, acusando, señalando y, en definitiva, luchando para conseguir que el mundo en el que viven sea mejor.

María Elizabeth Macías Castro fue asesinada en Nuevo Laredo, Méjico.

Y probablemente su muerte no haya ayudado a que su ciudad sea mejor, al contrario, el estupor, el espanto y el miedo habrán engordado el grosor del muro de silencio y las miradas serán más huidizas y las cabezas estarán más bajas.

Pero lo ejemplarizante no es cómo ha muerto, ni en qué circunstancias, sino el por qué.

María Elizabeth ha muerto porque no quería ser amordazaba y amaba la verdad por encima de su propia vida.

Y lo único que espero es que sus conciudadanos, familiares y amigos sepan que no están solos, que en el mundo quedan miles de María Elizabeth que saben que el poder de la palabra es enorme, porque las palabras quedan y la gente pasa.

Y a pesar de todo, a pesar de la crueldad, del dolor y del miedo, quiero imaginar que incluso en la última mirada aterrada de María Elizabeth brilló la creencia de que aún había esperanza.

Descanse en paz.

Recomendación: Artículo de El País