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Tal y como ya he contado alguna vez, los días inmediatamente anteriores y posteriores a mi llegada a la cuarentena – CUARENTA años con todas las letras – fueron mentalmente intensos. Pensé mucho, recordé muchos momentos de mi vida, traté de ordenar los acontecimientos que habían desembocado en aquel instante – a las tres de la mañana – en el que no podía pegar ojo y los tenía abiertos como platos, fijos en el techo del dormitorio.

En aquel batiburrillo mental, hubo varias ideas obsesivas que rondaban mi pensamiento.

La más recurrente, la de la muerte.

La muerte es algo con lo que convivimos todos los días, pero es como el mal olor: tratamos de mirar a otro lado y fingir que no existe, arrugando la nariz para proseguir como si nada nos importunara… es desasosegante admitir que no entendemos ni el por qué, ni el cuándo, ni el cómo, ni el quién… no hay verdad más cierta que lo único que se necesita para morirse es estar vivo.

Y, claro, la idea de la vulnerabilidad brutal del ser humano ante la muerte me llevó a otra paranoia existencial: la idea de la pervivencia del recuerdo, la huella definitiva. Es decir, ¿quedará algo de mí cuando me muera?

Inmodesta e inmediatamente uno tiende a compararse con los grandes hombres y mujeres de la historia – lo cual es absurdo de partida – y como uno sale tan escaldado de la prueba, se baja un peldaño y se compara con los artistas de hoy día, con los deportistas… Algunos de ellos dejarán el recuerdo de un gol que arrancó el grito unánime y desató la efímera euforia de un país futbolero, otros que murieron jóvenes y dejaron un bonito cadáver, como Amy Winehouse, legaron su espléndida música y su voz eterna.

Tampoco ahí salgo ganando.

Entonces la conclusión podría considerarse deprimente: no dejaré huella.

Esa frase llevada al extremo no es cierta en absoluto y un buen ejemplo sería la película de Frank Capra “¡Qué bello es vivir!” donde un James Stewart algo empalagoso tiene el privilegio de constatar que el mundo sería un sitio mucho peor si él no hubiera nacido.

De manera que, para colmo, mi obsesión ni siquiera es original, así que supongo que viene ligada a la edad, a la frontera entre la juventud recién abandonada – como quien dice por ponerse optimista – y la madurez recién estrenada – o la cuesta abajo en el argot más pesimista -.

No puedo hablar de una crisis existencial pero sí de una reflexión más seria que la media de las que me planteo cada día…

Para no decepcionarme lo mejor sería no ser demasiado ambicioso, darme por satisfecho con influir en mi micro mundo, en los que me rodean, aunque sea de manera superficial, generando un pensamiento o provocando un recuerdo – uno bueno a ser posible – .

Me conformaría con conseguir que un sobrino mío sintiera lo que yo sentí hace no mucho – una muerte siempre sucede hace no mucho – en el funeral de un tío mío… le recordé con alegría, le vi ayudándome en momentos malos, enseñándome a ser mejor persona… en definitiva, dejó en mi corazón una huella que ni el tiempo ni la propia muerte borrará jamás.

Referencias:

Balance

… y un día

Publicado: 9 agosto, 2011 en Blog, Personal
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Cuarenta años … y un día.

El Taj Mahal se construyó en veintitrés años, Notre-Dame en 182 años… es decir, el intervalo de mi existencia se mece entre estas dos obras inmortales.

“El alumno pregunto – Maestro, ¿Y la inmortalidad? ¿Cuándo llega?

El viejo maestro, sonriendo con tristeza, respondío – La inmortalidad, amigo mío, llega cuando cincelen nuestros nombres en una lápida de mármol frío”.

Dicen que en el término medio está la virtud, pues ni unas pobres lineas labradas con el cincel, ni una obra colosal que asombre a las generaciones venideras… Yo me conformo con dejar cierto poso de vivencia, con haber sido capaz de regalar algo de felicidad (qué tesoro!) a algunos, con haber enseñado algo interesante a algún oyente intrigado…

Tengo la esperanza de que el reloj incansable que marca el avance de mis días me conceda otros cuarenta años para intentar completar mi ciclo vital con dignidad, coherencia y alegría.


Balance

Publicado: 9 agosto, 2011 en Blog, Personal
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Sentarse, mirar atrás y hacer balance.

Puedo imaginar la escena de manera idílica: en una roca, frente a montañas eternas, teñidas de verde y azul, acariciado por la brisa o de manera más cotidiana: frente a un café humeante y efímero… El desenlace es el mismo, una reflexión acerca de la sucesión de instantes que han conformado lo vivido.

¿Ha merecido la pena? ¿Ha sido una existencia valiosa?

A veces sí, a veces no.

El inevitable devenir, que hará que el tiempo y el olvido borren mi presencia como huellas en la arena de la orilla, me obsesiona últimamente cuando me asomo al resto de mi vida. Madurez, vejez, muerte. ¿Sólo eso? ¿Te parece poco? Estas tres verdades, sólidas como una losa gigantesca que cayera como un aldabonazo colosal, podrían estar sazonadas de intensos y buenos momentos por saborear. Me esforzaré para que así sea…

¿El balance hasta ahora?

Gracias a los dioses, como diría el anciano Caleb, rotundamente positivo.