Archivos para octubre, 2012

Nunca me he considerado ejemplo de nada, soy un tipo normal, con un trabajo normal, una familia normal, que en sus ratos libres escribe para expresarse y desfogarse un poco. En mi trato con las personas, procuro ser respetuoso con todos, independientemente de su condición social, raza o sexo. Mi actitud en casa es la que siempre he entendido como normal; participo en las tareas domésticas, con un reparto más o menos equitativo.

No he comprendido nunca el machismo, no concibo la discriminación aunque haya diferencias,  – porque diferencias las hay, para empezar tengo la teoría de que las mujeres en general son mucho más listas que los hombres – porque todos somos diferentes y únicos.

Las actitudes discriminatorias en general y machistas en particular, obedecen a una reacción agresiva ante el miedo al diferente, e históricamente, los hombres – como género, no como generalidad – , cargados de fuerza física sometieron a las mujeres precisamente haciendo uso de ella. La mayoría de las sociedades eran estructuras patriarcales donde anidaba el desprecio a la mujer, que se concebían simplemente como recipientes de horneado de nuevos bebés. A lo largo de los siglos, las religiones mayoritarias, mejor dicho, sus dirigentes, ahondaron en la diferencia entre hombres y mujeres de una manera vil y canalla, y la gente se dejó convencer, incluidas las mujeres, de que los hombres eran superiores.

En la sociedad occidental del siglo XXI sobre el papel no existe esa diferencia – lo que por supuesto en ocasiones es pura pose de falso progresismo – pero a diario compruebo que como si fuera algo atávico, algunos machos – en el sentido de macho de la especie humana – recuperan el machismo histórico y lo vomitan como una mala resaca. El caso más reciente de vómito son  las declaraciones del Expresidente de los españoles en el exterior José Manuel Castelao, cuando dijo “en un contexto personal” que “las leyes están para violarlas como a las mujeres”.

Y el hombre se quedó tan pancho.

No sé si el individuo en cuestión ha sentido en sus carnes una penetración no deseada – a lo mejor sí, y le va la marcha, es posible – pero estoy convencido de que ser forzado a tener sexo debe de ser una de las experiencias más duras y traumáticas, y ni siquiera bromeando tomando unas cañas con los amigotes deberían decirse esas cosas. Menos aun ostentando un cargo público de responsabilidad.

Al margen de ser una metedura de pata descomunal, el que a un hombre se le pase por la cabeza semejante animalada deja bien a las claras su categoría personal. No es concebible, ni en broma, ni en contextos personales, ni en ningún otro.

Mi indignación se mezcla con mi estupor al leer la noticia del intento de asesinato con un tiro en la cabeza de una niña pakistaní de catorce años por defender la educación de las mujeres en su país. Malala Yusufzai se ha convertido en una joven defensora de los derechos de las niñas de su país, porque ha sido educada en el seno de una familia culta – sus padres son maestros – y no entiende porqué hay quien se empeña en que los niños puedan ir a la escuela y las niñas no.

La educación es una herramienta para salir de la miseria, para abrir los ojos a la vida, para entender que no es normal que te maltraten, que te humillen, que te utilicen, que te violen…

Hay millones de niñas como Malala en todo el mundo, y la única posibilidad de que salgan de sus infiernos es concienciar a las sociedades, empezar desde muy temprano a equiparar la educación de niños y niñas, para que se conviertan en adultos razonables, pensantes y coherentes, que luchen contra esas injusticias.

Para que desprecien frases como las de José Manuel Castelao y nos las dejen pasar con una sonrisa de complicidad.

Ya no.

“Las leyes son como las mujeres, están para violarlas”

Una niña que promueve la educación en Pakistán, acallada a tiros por los talibanes

Normalmente cuando escribo un artículo procuro no usar demasiados tacos – mi madre está al acecho para darme una colleja – y trato de usar sinónimos igualmente descriptivos pero no tan ofensivos. Así, el gilipollas se convierte en el obtuso, el cabrón en el desalmado, y el hijo de puta en el criminal. Sé que es lícito el uso de estas palabras desde el momento en el que la Real Academia de la Lengua las incluye en su diccionario, aunque esto es como todo, no son ni buenas ni malas, depende del uso que se les de.

Arturo Pérez Reverte (APR para abreviar) fue un reportero de guerra – siempre ha utilizado muy convenientemente esta pose del aventurero que ha visto morir a compañeros y ha asistido al horror de la guerra – , luego un presentador de un programa de casquería y morbo en televisión – nunca dejó de decir que no era de su gusto –, más tarde escritor de gran éxito – tengo varios de sus libros – y a día de hoy, Académico de la Lengua y columnista en el semanal del periódico ABC. Probablemente olvido decenas de méritos de su currículum, pero para hacerse una idea de los indiscutibles logros profesionales de APR es más que suficiente.

APR califica a la lectora y al que decidió publicar su carta como “tontos del culo”, “cantamañanas a los que se les hace el ojete agua de regaliz” o “gilipollas”.

Su visión crítica de la realidad coincide bastante con la mía, aunque discrepo bastante en el uso ofensivo y radical – en mi opinión – que habitualmente hace del lenguaje. APR no pone paños calientes a la hora de calificar a quien se le pase por la imaginación – políticos, escritores, periodistas, gente de la farándula, y ahora su última víctima, una persona anónima que ha publicado una carta quejándose del uso que se hace de la palabra “cáncer” – y dispara con munición gruesa.

La carta en cuestión ruega, con bastante educación, algo con lo que no estoy de acuerdo, que es que se deje de usar la palabra “cáncer” para describir situaciones negativas. La lectora que la envía comenta que perdió a su hermano hace años por culpa de la enfermedad.

APR, al igual que yo, no está de acuerdo con esta opinión, pero en lugar de exponerlo de una manera respetuosa desde la discrepancia, califica a la lectora y al que decidió publicar su carta como “tontos del culo”, “cantamañanas a los que se les hace el ojete agua de regaliz” o “gilipollas”.

No acabo de entender por qué ese afán de ofender, de hacer daño, de calificar de forma tan despreciativa a personas que podrán o no equivocarse, pero al fin y al cabo se merecen el mismo respeto que un académico de la lengua, afamado escritor y reportero.

No acabo de entender por qué ese afán de ofender, de hacer daño, de calificar de forma tan despreciativa a personas que podrán o no equivocarse, pero al fin y al cabo se merecen el mismo respeto que un académico de la lengua, afamado escritor y reportero.

Es probable que APR considere que llenar de mierda – mierda literaria – las páginas de su columna aumentan el número de lectores, ávidos tal vez de la sangre de una nueva víctima de la pluma afilada y viscosa del académico – .

A mi no me vale como excusa que te otorgue permisividad que hayas visto como le revientan el cráneo de un disparo a un niño en Sarajevo – lo siento por ti, amigo, haberte hecho contable – , o que estés de vuelta de todo – tropezarme con personas así me produce una honda tristeza – , porque como tú muchas veces escribes, te jodes, aprietas los dientes, te amarras los machos, y dejas al personal tranquilo con sus problemas, con sus opiniones, que bastante tienen con lo suyo como para aguantarte.

Y a estas alturas no sé si eres un cabrón o un gilipollas.

Enlaces:

El cáncer de la gilipollez (artículo de Arturo Pérez Reverte)

El cáncer de la gilipollez…y el gatillo fácil de Pérez-Reverte

La democracia fue inventada en Atenas hace miles de años –  la de la Grecia de hoy día no resistiría ni una prueba del algodón mínima –y su raíz etimológica viene a significar el gobierno del pueblo. Los ciudadanos se reunían en plazas públicas donde se realizaban asambleas decisorias y se debatían propuestas de gobierno. Imagino que en los tiempos de Pericles los debates serían intensos, pero me resulta difícil creer que se pudiera dar la situación en la que algún proponente derrotado en una votación argumentara que la mayoría de ciudadanos que no hubieran asistido a la asamblea – hipotéticamente – le diesen la razón. Es decir, si una mayoría hace dejadez de su derecho a voto, sería estúpido utilizarla como contra-argumento de la decisión adoptada por los que sí han votado.

Hace unos días hemos escuchado al presidente del gobierno – por supuesto en declaraciones a unos cuantos miles de kilómetros de Madrid, parece que se le atraganta hablar en España – decir que la mayoría de ciudadanos que no asistieron a la manifestación de Madrid le legitiman y no están en contra de sus políticas. Esto sería lo mismo que si Rubalcaba dijese que la mayoría de no votantes del PP – incluyendo a los no votantes de ningún partido – apoyan al PSOE.

Es indigno de un representante público la utilización torticera de lo acaecido, a su antojo. Que miles de personas – otra cosa para escribir durante horas es el tratamiento informativo de la noticia y el baile de cifras en las televisiones controladas por la derecha recalcitrante – se manifiesten frente al Congreso de los Diputados y expresen su oposición a las medidas del gobierno es totalmente lícito, no supone agresión alguna contra el estado de derecho, sino que refuerza su madurez. No se trata de un ataque contra España sino precisamente de lo contrario; un toque de atención a los que la dirigen para que abran los ojos, para que dejen de mirar a otro lado y para que empiecen a contar con la gente para tomar sus decisiones.

De acuerdo con que la única herramienta – tal vez no la mejor – que tenemos son las elecciones generales, cada cuatro años, e ir a votar, pero para eso están las sesiones de control al gobierno, para que la oposición – respaldada por otro puñado de millones de votos – haga un uso digno de la confianza que le han otorgado.

Conozco algunos conflictos laborales en los que los representantes de los trabajadores, además de tirarse los trastos a la cabeza unos a otros y alimentar el ventilador de mierda – perdón mamá – continuamente, hacen un uso repugnante de las mayorías silenciosas. Debe ser una consigna entre los que ostentan algún tipo de responsabilidad: la manipulación a su antojo de las circunstancias.

El silencio puede significar muchas cosas: que van desde el acuerdo tácito hasta la oposición desmotivada. Que Rajoy sea amante de los silencios y los silentes – cada vez más se parece a un Don Tancredo inmóvil a ver si se pasa la crisis sola mientras él no mueve un dedo – no significa que los silentes le amemos a él.

Yo no fui a la manifestación de Madrid por múltiples razones, y ninguna de ellas era el aplauso al Gobierno y a su funesta gestión.

Estas actitudes que van desde la mentira más cínica hasta la condecoración al responsable de los perros de presa, disfrazados de agentes del orden público, que atacaron a los ciudadanos en Atocha, me aterran. Porque ese es el principio para justificar cualquier cosa, cualquier abuso, cualquier desprecio a los ciudadanos que, por si se olvidan, somos los que les hemos puesto allí.

Y si alguien quiere saber que significó mi silencio, que tenga la molestia de sentarse frente a mí y preguntarme, por favor, que no me interpreten.

Enlaces:

“Nos metieron piedras en la mochila”   

Mayoría silenciosa