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El dolor no entiende de edad, color de piel, raza o religión. El dolor te estruja y te retuerce como si fueras una hoja sacudida por el viento caprichoso, sin pararse a contemplarte. Te llega y te traspasa, helador o abrasador, sin piedad.

Es el más paritario y justo de los sentimientos.

Porque  alcanza por igual a hombres, mujeres y niños.

El más intenso y atroz, parecido a la propia muerte – que al fin y al cabo no es más que enfrentarse a la nada desnuda – dicen que es perder un hijo.

Yo no lo he padecido, pero me he enfrentado a los ojos de una madre devastada por el dolor, a sus ojos vacíos, secos y sin lágrimas, como si hubiera llorado ya todo lo llorable, y gritado todo lo gritable. La madre se aferraba al recuerdo nimio del hijo muerto, al último desayuno preparado, a la última caricia, al último beso… como si fueran rescoldos que soplara con desesperación para mantener viva la exigua llama del recuerdo.

Y sus ojos perdidos y su alma rota, se apoyan con lentitud en el transcurrir de una frase, en la que detalla la vida perdida prematuramente.

El dolor te estruja y te retuerce como si fueras una hoja sacudida por el viento caprichoso, sin pararse a contemplarte

El dolor calca el boceto de las Amarguras que los imagineros tallaron con maestría en la madera, los rostros desencajados de las madres dolientes condensan el sentimiento que les traspasa acerado.

La foto muestra a una madre de otro país consolando a una desconocida, porque el dolor es universal y no necesita fronteras ni trapos de colores para ondear.

El dolor calca el boceto de las Amarguras que los imagineros tallaron con maestría en la madera, los rostros desencajados de las madres dolientes condensan el sentimiento que les traspasa acerado.

La madre consolada es la de uno de los fallecidos en el accidente del avión militar español que se destrozó contra una montaña turca en 2004.

La madre consoladora es una mujer turca, madre sin duda, que hace suyo el dolor de la española, y que acaricia con sus manos agrietadas y curtidas por el trabajo a la doliente.

Ojalá fuésemos capaces de captar la esencia de este gesto, último, esencial, simple y primitivo. Hacer nuestro el dolor del otro, y ser capaces de entender y consolar.

No hay más.

Ni menos.

Sólo dos mujeres enfrentadas al abismo de una pérdida insustituible y mutiladora.

Y, para colmo de males, al dolor se unió la indignación, porque unos impresentables tenían tanta prisa por celebrar un funeral de Estado y enterrar a los soldados, que no les dolieron prendas para intercambiar cadáveres e identidades.

Ahora el gobierno indulta a los culpables.

En realidad esta última indignidad da igual, porque el dolor nunca abandonará a esa mujer que perdió al hijo.

Enlace: 9 años de rabia e indignación

Releyendo algunas de mis entradas compruebo que el tema de la muerte es recurrente, como si en la mitad de mi vida me atrajera al igual que la luz a las polillas. Lo triste y verdad es que aunque quiera alejarme del foco que me chamuscará, los acontecimientos se empeñan en empujarme hacia él.

Ayer viví un suceso espantoso, de esos que uno quiere olvidar cuanto antes sin ni siquiera comentarlo con los demás para así darle más visos de irrealidad. Sin embargo, la vida está llena de claroscuros por mucho que nos empeñemos en iluminar las partes umbrías con potentes lámparas. Si lo hacemos sólo conseguiremos deslumbrarnos, aturdirnos y percibir una realidad falsa y distorsionada.

La vida es dura, una maldita cabrona en ocasiones, que nos machaca hasta límites tan insospechados que no dejo de sorprenderme ante el aguante que tiene el ser humano.

Siempre he defendido el encarar las adversidades de frente para que nos sirvan como experiencias aleccionadoras.

Hay excepciones.

La muerte de una chica joven, embarazada, de un aneurisma, no tiene nada de aleccionador.

Las palabras con voz rota de su madre preguntándose por qué una y otra vez no enseñan nada, salvo que el dolor es tan intenso que anonada.

Había decidido no escribir sobre esto, contar un par de anécdotas curiosas de mi largo fin de semana, hasta graciosas, pero la mirada enturbiada por los tranquilizantes de una madre destrozada acude a mi mente una y otra vez.

Si quiero ser honesto con este rincón en el que vierto mis inquietudes, mis alegrías y mis reflexiones, debo contar esto. Aunque no aporte nada y sólo sea el lamento de un cuarentón absolutamente aturdido por las cosas que pasan a su alrededor.

Tengo que pedir disculpas por no ser capaz de engarzar de manera coherente las palabras y dar forma a todo lo que se agolpa en el nudo de mi garganta, pero básicamente se trata de sentimientos y las palabras más que ayudar, entorpecen.

Cuando hay que sostener con entereza una mirada febril y dolorida y apoyar la mano en el hombro para hacer saber que acompañamos, aunque no sirvamos de consuelo, las palabras sobran. Sólo vale mirar, apretar los labios, besar, abrazar y fundirse en el dolor para tratar de absorberlo un poco y mitigarlo, aunque sea durante un instante.

No quiero hacerlo, pero no dejo de imaginar al marido, un chico joven, abandonando el tanatorio sin mirar atrás, regresando a su casa vacía, a la vida, que transcurre a su alrededor como si nada hubiera sucedido. Y él desearía detener el mundo para desgañitarse gritando que nada sigue igual, que todo ha cambiado, que nada tiene ya sentido.

Sin embargo, en el pozo de la desesperación, tiembla una llamita de esperanza.

Se llama Carlota, es el bebé, una niña que los médicos consiguieron salvar a pesar de lo que le sucedió a su madre.

Carlota es la esperanza a la que tendrá que aferrarse su padre con toda la fuerza de la que sea capaz, porque es el único hilo, casi deshilachado, de felicidad al que trataremos de agarrarnos todos con desesperación.

El otro día recibí dos noticias, de carácter totalmente opuesto, casi al mismo tiempo.

Noticia 1: Una pareja de amigos con problemas para tener hijos, por fin, de manera sorprendente y sin que medie ningún tratamiento o causa probable, lo han conseguido. Ella está en su séptimo mes de embarazo y todo va de maravilla.

Noticia 2: Un conocido de la infancia de mi mujer, con treinta y ocho años, no se ha despertado. Sin más, de repente, ha aparecido muerto en la cama.

Estas dos noticias tienen como elemento común la sorpresa, lo extraño, lo inesperado, aunque, por razones obvias, el impacto que causan es totalmente distinto.

Creo que nos afanamos continuamente en construir ordenadamente una historia vital, en tejer una red de normalidad, de rutina, que dote de aparente sentido a la sucesión de días que en definitiva es nuestra vida. Tratamos de que cada nuevo día nos pille preparados para lo que tenga que suceder, planeamos eventos, reuniones, acciones… y en la medida de lo posible, las llevamos a cabo con algún fin, usualmente para que nuestro día a día sea llevadero de manera rutinaria o simplemente para seguir adelante sin sobresaltos.

No sirve de nada.

No hay nada que evite que los caprichos del Destino nos sacudan con sus guantes de boxeo forrados de piedra, ni siquiera el estar preparados. El otro día pedí al genio de la lámpara que me concediera ser capaz de transmitir a mis futuros hijos entereza y capacidad para recibir golpes, pero a veces… a veces miras a los ojos a la viuda, con tres hijos, de una persona joven, que no tenía por qué estar muerta y … ¿qué demonios le dices? ¿Que tratarás de conseguir que tus hijos encajen esos golpes brutales? ¿Qué tenga entereza?

Probablemente estoy tremendamente equivocado y, al final, lo único que importe no sea cómo seamos capaces de encarar el dolor – algo íntimo y personal – si no cómo seamos capaces de amar a las personas que pasan con nosotros su vida, o que comparten simplemente un trocito de su tiempo, en el trabajo, en la cola del paro, en el ascensor, en la sombrilla de al lado de la playa…

Todo es tan absurdo, tan azaroso, tan sinsentido, que no valen teorías ordenadas, planificadas o estudiadas y lo único que nos salvará, lo que nos hará de verdad humanos ante el dolor repentino, será el recuerdo de esas sonrisas regaladas a desconocidos o a nuestros seres queridos, de esos besos, de esos abrazos…

No merece la pena dejar de decir un “te quiero” porque, joder, ¿quién nos garantiza que no será el último?