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Acabo de escuchar al abogado de Garzón decir que aún no se ha leído la sentencia en la que su defendido es condenado a once años de inhabilitación porque considera necesario leerla con sosiego y desapasionadamente.

Bonitas  palabras para ser capaz – o querer – utilizarlas.

No es mi caso.

No quiero sosiego ni renunciar a la pasión.

Quiero sentir este revoltijo en las tripas, esta indignación que sube por mi garganta y se extiende por mi sangre, que me la quema, que me pone de tan mala baba que tengo ganas de coger un saco de boxeo y pegarle fuego.

El juez Baltasar Garzón no es santo de mi devoción. Nunca he conseguido entender el  aparente – al menos para mi – y constante interés de este juez por estar en el candelero. Me ha dado la sensación de ser un poco vanidoso, algo estrella y con cierta necesidad de que hablen de él. Pero esto no es óbice para que le considere un juez honrado y valiente. Un juez que se enfrentó a sus excompañeros del PSOE, encarcelando a antiguos ministros socialistas y secretarios de estado por el caso de los GAL. Un juez que fue el único- el único del mundo – capaz de conseguir que Pinochet se acojonara, aunque fuera sólo un poquito, por unos meses, y que tuviera que intervenir la propia Dama de Hierro – Margaret Thatcher – personalmente para conseguir que el Gobierno del Reino Unido le montara deprisa y corriendo en un avión, para que el asesino chileno huyera con alevosía y nocturnidad. El mismo juez que ha condenado a multitud de etarras, narcotraficantes, delincuentes. El que se ha atrevido a no volver la vista, ni a arrugar la nariz, cuando salen a la luz los hedores putrefactos de las fosas comunes excavadas por los franquistas.

La hija de Garzón ha escrito una carta, como solamente una hija puede hacerlo, hablando de su padre, de su honradez, de sus principios, de sus valores, echando en cara a sus detractores y perseguidores su brindis con champán – estos no brindan con cava, que es catalán – . Y la carta es una pieza más del puzle de la indignidad que han conformado estos impresentables.

Pero esto no acaba aquí, ni mucho menos. Aún tenemos que soportar el caso de las fosas comunes del franquismo. Caso en el que el propio juez instructor de la causa asesora a la acusación y le ayuda a elaborar el escrito que presentan… atención, ¡al propio juez!

Es de locos.

Y para colmo, mi desasosiego y mi pasión se alimentan con un tuit, un maldito comentario de ciento cuarenta caracteres, de un sinvergüenza que dice literalmente “Mi enhorabuena a los jueces del caso de Garzón. Han hecho muy bien su trabajo, como siempre”.  El firmante se llama Paco Camps, antiguo presidente de la comunidad autónoma de Valencia, reciente absuelto por el caso Gürtel – que instruyó Garzón en su momento -. El nivel de cinismo de este señor es casi tan inconmensurable como la dureza de su faz. Ahora comprendo por qué tiene una eterna expresión de guasa.

Se está desternillando en nuestras narices.

Porque mientras los jueces que le intenten encausar sean suspendidos seguro que resuena en su mente aquella frase que le lanzó en un mitin en Valencia el actual presidente del gobierno: “!Paco, estamos contigo!”.

Enlaces:

Carta de la hija de Garzón “A los que brindarán hoy con champán”

Garzón dice adiós a la carrera judicial al ser condenado a 11 años de inhabilitación

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Cuando era pequeño – muy pero que muy pequeño – quise que mi Rey Mago favorito – Baltasar – me trajera un piano de juguete y mi padre me subió a la carroza para que se lo pidiera personalmente. Recuerdo aquel gigantón de piel “negra” como el ébano, mirándome sonriente y yo sentado, asustado y acongojado, frente a él.

El piano llegó al día siguiente, llenándome de felicidad – más adelante me enteré de que mi tía Conchy se había recorrido todas las tiendas de Motril buscando el dichoso juguete -.

La Navidad es para mí una época agridulce en la que este tipo de recuerdos bonitos se solapan con sentimientos amargos. De alguna forma siento que la obligatoria alegría que hemos de mostrar de cara a la galería, me chirría un poco. Cuando paseo por las calles iluminadas – en algunas ciudades, por bombillas de bajo consumo, que hay que ahorrar – e inundadas de sonidos, villancicos, papanoeles con barbas postizas mal fijadas, vendedores de castañas, y tiovivos ambulantes, se me encoje un poco el ánimo.

Cuando vuelvo a casa de mis padres y me reúno con mis hermanos, básicamente estoy triste, sufro de una suerte de depresión navideña que me esfuerzo en disimular – imagino que si están leyendo estas líneas, este año resultará más difícil fingir – contando chistes o maltratando alguna canción. No quiero decir que no me guste la Navidad, al contrario, me parece una época curiosa en la que fundamentalmente tratamos de engañarnos con buenos propósitos, lo suficientemente ambiciosos y llenos de generosidad como para que nos convalide el resto del año, en el que nos importan un pimiento los demás. Sin embargo, algo en el fondo de mi corazón rechaza de alguna forma toda esta parafernalia colorista, esta espiral consumista en la que nos dejamos enredar con facilidad – a pesar de todo, siempre acabo viendo la enésima reposición de “¡Qué bello es vivir!” sin poder reprimir una lagrimita-.

Esta mañana, en mitad de esta especie de tortura en la que imagino a un duendecillo con cascabeles, vestido de verde, haciéndome cosquillas con una pluma para que sonría sin parar, independientemente de que me apetezca o no, ha aparecido una noticia que sí que me ha hecho sonreír con sinceridad. Ha sucedido en Huelva: un juez ha desestimado la denuncia por lesiones – vamos, un caramelazo – de una señora contra el Rey Baltasar – el que me regaló el piano – argumentando razones como “imposibilidad de determinar su nacionalidad” o “ser un fiel seguidor suyo desde pequeño”.

Gracias, señor juez, porque en parte ha conseguido usted con su singular sentencia, que vuelva a creer en la magia de la Navidad.

Enlace: ¿Se puede juzgar al rey Baltasar por lesiones?

Mi mujer tiene la maravillosa teoría de que todo en el Universo tiende a equilibrarse, de manera que si se produce una acción negativa, el Universo-Naturaleza-Llámale X busca su contrario positivo para compensar. Ese fue el argumento insistente que usó a lo largo de toda la final del mundial para tranquilizarme diciendo que España no podía perder. Era imposible. Era un hecho incuestionable de justicia poética universal. En este caso el tiempo – a partir del minuto 116 de partido – le dio la razón.

Sin embargo a veces las cosas que acontencen son tan … no sé ni como calificarlas … tan jodidamente perversas, que me resulta tremendamene difícil creer que la justicia poética universal exista.

En concreto la última perversidad humana que me tiene absolutamente anonadado es el juicio del caso de la pobre Marta del Castillo.

“A veces las cosas son tan jodidamente perversas que me resulta difícil creer que la justicia poética universal exista”

Cuando veo caminar tranquilamente, con porte chulesco, pelo engominado y gafas de sol, a Samuel Benítez algo se revuelve en mi interior. Cuando le oigo defenderse con soltura, con una frialdad que dejaría perplejo a Ted Bundy (el mayor psicokiller de Estados Unidos), me entran ganas de vomitar. O peor aún, de acercarme a los juzgados y partirle la cara. Seguramente este acto me reportaría muchas más complicaciones legales de las que estos “chicos” tendrán a lo largo del resto de sus vidas.

Ya he comentado en una entrada anterior mi absoluta oposición a la pena de muerte y mis razones, pero a veces dan ganas de saltarse a la torera esos principios y plantarse. Y al menos gritarle a la cara a esos desalmados lo que pienso de ellos, el dolor que me produce ver los rostros deshechos de los padres de Marta, que no es que tengan que revivir estos días lo que sucedió, es que hasta que no encuentren el cadáver de su hija y la entierren, y la lloren, y se despidan de su ataud, jamás van a poder seguir con sus vidas con normalidad. A lo mejor es esa justicia poética universal que tiende a equilibrarlo todo y en la que me resisto a creer, la que me empuja a escribir esto, a pensar en esto. Porque si cierro los ojos se me aparece el rostro sonriente de este chulo desafiante, con sus gafas de sol y su actitud arrogante, como si fuera a una tasca a tomarse un vino con los colegas y no a un juicio a explicar qué demonios hizo con Marta.

“¿No sucede que a resultas de este morbo mal dimensionado engordamos el ego de personas que no lo merecen?”

Creo en la presunción de inocencia.

Creo que el estado de derecho tiene que defender a capa y espada a los presuntos culpables para evitar la posible injusticia de acusar a inocentes pero… ¿es necesario todo este circo alrededor de estos – de momento – no culpables? ¿No estamos alimentando con avidez el deseo morboso de ver sus rostros en la pantalla, sus reacciones, sus palabras? ¿No sucede que a resultas de este morbo mal dimensionado engordamos el ego de personas que no lo merecen?

No me gusta esta entrada, me siento mal, triste y decepcionado conmigo mismo por no ser capaz de arrancarme algunos sentimientos positivos, aunque sea a pellizcos.

Trataré de aferrarme a la idea de mi mujer, porque tal vez sea necesario creer en la justicia poética universal para sobrevivir.

Enlaces:

Tres acusados curtidos en interrogatorios

La historia de Ted Bundy