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Recuerdo el caso de un famoso bailarín que atropelló mortalmente (vamos, que mató) a un peatón en una avenida de Sevilla, se dio a la fuga y convenció a su hermano – menor de edad – para que dijera que había sido él el conductor asesino – a sabiendas de que su hermano no hubiera pisado jamás la cárcel -, finalmente, la policía lo desenmascaró y le detuvo en su casa. El bailarín pasó algo más de catorce meses en la cárcel, después de que el juez considerara “arrepentimiento espontáneo” la confesión que la policía consiguió tras unas escuchas telefónicas que no fueron consideradas como prueba. Resulta curioso que una persona que lleva a arreglar el BMW que conducía a un taller de Málaga – a 200 Km de Sevilla – , y que implica a su hermano menor, sea considerado “arrepentido” por un juez.

Si a mí se me presenta la policía en casa, me lleva a comisaría, me enseña unas escuchas en las que admito mi delito, yo también me “arrepiento espontáneamente”, ¡No te fastidia!

Frente al caso del bailarín – cuyo éxito mediático creció como la espuma tras su delito – me encuentro con Hokman Joma, un ciudadano Kurdo – los Kurdos son un pueblo que reclama hace años la independencia del Kurdistán, situado a caballo entre las fronteras de Irak, Turquía e Irán – que está a punto de ser indultado. Joma lleva casi tres años en prisión – fue condenado a tres años – y su grave delito fue lanzarle un zapatazo al primer ministro de Turquía. No sé si fue condenado por tener puntería o por no tenerla, pero fue juzgado en el mismo país – España – que el bailarín.

Ahora, después que el peligroso delincuente Hokman Joma pase casi tres años de su vida privado de libertad por lanzarle un zapato a un político, la fiscalía se está planteando concederle el indulto – una limosna – .

De vergüenza.

Dicen que la justicia debe ser ciega para poder ser justa, pero no puedo estar más en desacuerdo, existen los matices, los “peros”, los “quizá”, el abanico de grises no debería estar en manos de un juez que prefiere considerar a un asesino confeso como arrepentido por largar cuando la policía le aprieta las tuercas. El mismo que considera un “atentado contra una alta autoridad” el lanzamiento de un zapato, que más que un atentado es una gilipollez, porque ya puestos y a la vista de la condena, que lo atropelle y se de a la fuga, que le sale más barato.

Se me ocurren muy buenas razones para lanzarles zapatos a la cabeza a nuestros políticos, pero no merecen tres años de mi vida, aunque tal y como está el patio, a lo mejor se está mejor entre rejas que fuera.

La Fiscalía apoya ahora el indulto al kurdo del zapatazo a Erdogan

El dolor no entiende de edad, color de piel, raza o religión. El dolor te estruja y te retuerce como si fueras una hoja sacudida por el viento caprichoso, sin pararse a contemplarte. Te llega y te traspasa, helador o abrasador, sin piedad.

Es el más paritario y justo de los sentimientos.

Porque  alcanza por igual a hombres, mujeres y niños.

El más intenso y atroz, parecido a la propia muerte – que al fin y al cabo no es más que enfrentarse a la nada desnuda – dicen que es perder un hijo.

Yo no lo he padecido, pero me he enfrentado a los ojos de una madre devastada por el dolor, a sus ojos vacíos, secos y sin lágrimas, como si hubiera llorado ya todo lo llorable, y gritado todo lo gritable. La madre se aferraba al recuerdo nimio del hijo muerto, al último desayuno preparado, a la última caricia, al último beso… como si fueran rescoldos que soplara con desesperación para mantener viva la exigua llama del recuerdo.

Y sus ojos perdidos y su alma rota, se apoyan con lentitud en el transcurrir de una frase, en la que detalla la vida perdida prematuramente.

El dolor te estruja y te retuerce como si fueras una hoja sacudida por el viento caprichoso, sin pararse a contemplarte

El dolor calca el boceto de las Amarguras que los imagineros tallaron con maestría en la madera, los rostros desencajados de las madres dolientes condensan el sentimiento que les traspasa acerado.

La foto muestra a una madre de otro país consolando a una desconocida, porque el dolor es universal y no necesita fronteras ni trapos de colores para ondear.

El dolor calca el boceto de las Amarguras que los imagineros tallaron con maestría en la madera, los rostros desencajados de las madres dolientes condensan el sentimiento que les traspasa acerado.

La madre consolada es la de uno de los fallecidos en el accidente del avión militar español que se destrozó contra una montaña turca en 2004.

La madre consoladora es una mujer turca, madre sin duda, que hace suyo el dolor de la española, y que acaricia con sus manos agrietadas y curtidas por el trabajo a la doliente.

Ojalá fuésemos capaces de captar la esencia de este gesto, último, esencial, simple y primitivo. Hacer nuestro el dolor del otro, y ser capaces de entender y consolar.

No hay más.

Ni menos.

Sólo dos mujeres enfrentadas al abismo de una pérdida insustituible y mutiladora.

Y, para colmo de males, al dolor se unió la indignación, porque unos impresentables tenían tanta prisa por celebrar un funeral de Estado y enterrar a los soldados, que no les dolieron prendas para intercambiar cadáveres e identidades.

Ahora el gobierno indulta a los culpables.

En realidad esta última indignidad da igual, porque el dolor nunca abandonará a esa mujer que perdió al hijo.

Enlace: 9 años de rabia e indignación

Miguel Montes Neiro tiene 60 años de los que lleva 36 (¡treinta y seis!) en prisión, la mayoría de ellos en prisión preventiva. Algunos de los delitos por los que ha sido condenado conllevaban una pena de cárcel menor que la acumulada en este encierro preventivo. El objeto de la prisión preventiva es evitar que un posible culpable deambule libremente por las calles, donde podría cometer algún delito más, por ser un peligro para la sociedad.

Miguel jamás ha cometido un delito de sangre, su primer ingreso en prisión fue por negarse a realizar el servicio militar en 1966, ha cumplido cárcel por delitos como deserción militar, contra la salud pública, robo, quebrantamiento de condena, contra la seguridad del tráfico y falsificación de documento público, entre otros. Miguel es una persona – o lo fue, porque ahora sufre una grave enfermedad – inquieta, rebelde, que no se somete a la autoridad, impulsivo y lo más grave: no fue capaz de medir el daño que sobre sí mismo tuvieron sus actos.

Todos estos calificativos – absolutamente subjetivos por mi parte – no son suficientes para que un ser humano merezca estar entre rejas durante treinta y seis largos años. A cualquiera le vienen a la mente delincuentes que jamás han pisado una cárcel o que lo han hecho casi anecdóticamente a pesar de haber asesinado o robado inmensas cantidades de dinero.

Este caso es escandaloso e hiriente y remueve las entrañas de cualquiera. No es tolerable que el mismo sistema judicial que permite que asesinos condenados pasen unos cuantos meses en una casa juvenil o que otorga potestad a un juez para cambiar a su antojo – para que el nene pudiera salir en un procesión de Semana Santa – el régimen de visitas de un padre divorciado, sea extremadamente duro e inflexible con el caso de este pobre hombre.

El remate que ya es el colmo de la desvergüenza ha sido la reciente negación de la salida de prisión de Miguel por parte de la Audiencia de Granada – a pesar de que el último Consejo de Ministros del Gobierno saliente le indultó el pasado 16 de diciembre – por un defecto de forma.

La consecuencia de este absurdo empeño por cogérsela con papel de fumar ha sido que Miguel no ha podido pasar las Navidades con su familia, sigue en la cárcel de Albolote (Granada) esperando que a alguien le dé por aplicar de una buena vez el sentido común a este caso delirante de injusticia.

Luego escucho los ecos del juicio de los trajes, de los sastres y de los ladrones con corbata de seda – que por supuesto no han pagado ellos sino todos nosotros – y me hierve la sangre y me dan ganas de acercarme al juzgado y preguntarle al juez, que estos días de fiesta estará calentito en su casa, con su familia, comiendo turrón y pavo, que en qué demonios está pensando, que si es que el cava le ha matado todas la neuronas y es incapaz de entender que este hombre se muere y que al menos le permita hacerlo rodeado por los suyos, arropado por su familia y no por las frías rejas, un jergón de mala muerte y una pared gris llena de pintadas obscenas y marcas – que ya no caben – que miden el paso del tiempo infinito.

Un tiempo que ya le están robando a Miguel hace demasiado.

Esperemos no tener que lamentarlo cuando ya sea demasiado tarde.

Enlaces:

46 años en prisión provisional

El preso más antiguo sigue en la cárcel pese al indulto