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Hace años, un íntimo amigo me confesó que había estado sentado en el borde de una cornisa, en un quinto piso, durante un rato, buscando razones que le ayudaran a decidir si saltaba o no. Siempre he tenido la duda de qué fue lo que le impulsó a no hacerlo, y me alegro, ahora es un feliz padre de familia, aunque yo, cuando lo veo – cada vez con menos frecuencia – no puedo evitar dedicar un primer pensamiento hacia aquel momento en el que se sentó sobre la línea invisible que separaba la vida de la muerte. Mi amigo tuvo la valentía de asomarse a su vida y desmenuzarla con visión crítica para decidir si merecía la pena seguir viviendo.

En cualquier caso, creo que siempre merece la pena seguir viviendo, porque el pasado queda como una impronta al rojo vivo en nuestra alma, pero el futuro es siempre posiblemente mejorable y moldeable. Creamos futuro con nuestras decisiones y en el caso del aspirante a suicida, esa decisión feliz, tuvo como consecuencia – como mínimo – la existencia de una nueva persona.

“…se sentó sobre la línea invisible que separaba la vida de la muerte”

He leído un maravilloso artículo de John Carlin en el que cuenta la dramática verdad que se escondía tras el suicidio con 32 años de Robert Enke, ex portero del Barcelona y de la selección alemana. Una personalidad débil, incapaz de soportar las críticas feroces que a veces los aficionados lanzamos alegremente al viento, como si no afectaran a los futbolistas.

Tal y como dice Carlin el ser millonario no te hace inmune al insulto ni a la falta de respeto.

Si les despojamos de la fama, el dinero, la gloria… si escarbamos – en algunos casos como en el de Enke ni siquiera muy profundamente – nos encontramos solamente con una persona.

Una persona que se alegra, se entristece, se enfurece o se envanece, como todos nosotros. Y que busca lo mismo que cualquiera: un poco de felicidad y comprensión, aceptación y alegría.

Nada más.

Nada más y nada menos.

“Si les despojamos de la fama, el dinero, la gloria… nos encontramos solamente con una persona.”

Nadie sabe qué puede empujar a una persona en la flor de la vida al suicidio, aunque tal vez la razón de Enke fue el haber perdido a su hija pequeña por una enfermedad.

No podemos juzgar su decisión, porque sólo podríamos ponernos en su lugar si estuviésemos sentados en la cornisa, mirando hacia abajo, asomándonos al abismo, escrutando, desmenuzando y tratando de remover las cenizas de nuestro corazón quemado por el dolor, para tratar de encontrar algo que nos permita seguir viviendo.

Enke sólo veía cenizas y saltó.

Enlaces:

Artículo de John Carlin en el País

Robert Enke escribió una carta de despedida antes de suicidarse

De todas las cosas que a lo largo del día de ayer escuché o leí sobre Steve Jobs – el fundador e impulsor de Apple, la segunda compañía más importante del mundo, que falleció ayer a los 56 años a causa de un cáncer – la que más me impresionó, con diferencia, fue el saber que “murió en paz, rodeado de sus hijos” según su propia familia.

Si tuviese que elegir sólo una cosa para parecerme a Jobs, elegiría esa en particular. Morir en paz, rodeado por mi familia, teniendo sólo que levantar la vista alrededor para saber que he hecho las cosas bien.

Como él mismo dijo en un discurso memorable, cuyo enlace comparto más abajo, “La muerte es el destino que todos compartimos.”. No hace falta ser uno de los gurús del siglo XX y parte del XXI para saber eso. Desde que el hombre es hombre y empezó a preguntarse porqué sus seres queridos, sus hijos, sus amigos, sus compañeros de cacería, sus parejas… de repente, dejaban de respirar y se convertían en ceniza, esa es la verdad más absoluta que existe: no hay escapatoria a la muerte.

La idea de brevedad y la sensación de que estamos aquí de prestado no es algo que tengamos continuamente en mente – de hecho, la mayoría de las actividades humanas tienen como objetivo olvidar eso precisamente – pero cuando llegamos a ciertas edades o nos suceden ciertas cosas a nosotros o a nuestros conocidos – como morirse, básicamente – está tan presente que condiciona nuestra forma de entenderlo todo, a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.

La muerte es una putada de las gordas pero no podemos dramatizar porque su inevitabilidad, o en términos más prosaicos su 100% de probabilidad de que nos suceda – salvo que nos arrebate un carro conducidos por Angeles como al profeta Elías -, hace absurdo el lamento.

Hay muchas formas de afrontar este hecho inevitable y algunos corren desbocados hacia él cada día, practicando deportes de riesgo por ejemplo – lo que, curiosamente, a pesar de acercarles a la muerte, les hace sentir “más vivos que nunca” – otros lo ignoran y navegan de canal en canal en la televisión evitando las noticias trágicas, otros simplemente se encogen de hombros y siguen viviendo de acuerdo a sus códigos éticos.

Toda persona tiene algún día que mirarse al espejo y afrontar la dura realidad: no somos eternos. Lo cual no debe ser motivo de tristeza si no de reafirmación de nuestra humanidad, porque nuestra esencia mortal nos concede ni más ni menos que oportunidades únicas e irrepetibles de recorrer este camino llamado vida con inteligencia o, al menos, con coherencia e integridad.

Aunque después de todo, al final, el único anhelo es morir en paz rodeado de los que nos han querido.

Para terminar, me atrevo a citar a Borges:

y uno aprende a construir

todos sus caminos en el hoy,

porque el terreno de mañana

es demasiado inseguro para planes…

Extracto discurso: “Encontrad lo que amáis

Video discurso S.J. en Stanford

Reinventarse

Publicado: 23 agosto, 2011 en Blog, Personal
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Ya he comentado en alguna ocasión lo efímera que es la mente humana, lo fácil que se disipan los recuerdos entre las brumas del tiempo y lo tercos que somos a la hora de reutilizar esa sabiduría en nuestra futura manera de actuar.

Las excepciones son las experiencias vitales límite: sobrevivir a un accidente casi mortal o superar una dura enfermedad que nos mantuvo a las puertas de la muerte. Cuando nos suceden estas experiencias y vivimos para contarlo, nuestra memoria las graba a fuego en nuestra alma que queda marcada por la difícil prueba. En el tiempo cercano a ellas somos capaces de dar a cada cosa su valor, somos jueces justos de la realidad y calibramos de manera precisa el sinsentido de la banalidad. Valoramos los momentos importantes, miramos a nuestros seres queridos dichosos de poder abrazarlos de nuevo, porque tuvimos momentos en los que no los creímos posible.

En el tiempo que dura esa lucidez llega el momento de reinventarse, de analizar con ojo crítico nuestra vida anterior – que ya no cuenta para nada – y lijar las imperfecciones para encarar al futuro con una sonrisa nueva en el rostro.

A pesar de todo, nunca es fácil de conseguir, en una vida dirigida hacia un propósito – en su mayor parte desconocido – el golpe de timón suele ser extraordinariamente difícil y requiere de una fuerza titánica para ser ejecutado.

Obviamente no todas las vidas son iguales, ni todas las experiencias conducen a la reinvención, ni todos los pasados necesitan un viraje. Sólo pretendo poner de manifiesto que, incluso en los casos en los que nosotros mismos hace mucho tiempo que somos conscientes de que caemos abocados para estamparnos contra un destino que no deseamos, el cambio, la reinvención, es extremadamente difícil de conseguir.

A veces, sólo a veces, enfrentarse a la mirada vacía de la Muerte y seguir viviendo, es suficiente para que nos aferremos con firmeza al dichoso timón y tratemos de redirigirlo.

Los afortunados que lo consigan serán entonces los dueños de su propia vida.

Caída de bolsas, calificación a la baja de la deuda de USA por parte de S&P, el BCE obligado a comprar deuda española e italiana…

El sonido del cortacesped ocupa todo mi mundo, trazo, con mayor o menor fortuna, líneas rectas que rodean los árboles y sortean las vallas. Esa perfección ficticia de mi micromundo me tranquiliza y me da seguridad mientras, fuera del cobijo de mi casa, la feroz realidad pega dentelladas a diestro y siniestro, devorando la cordura de algunas almas prisioneras del NIKKEI o del DOW JONES.

¿Mi actitud obedece a ingenuidad? ¿hastío?

No sabría decirlo con certeza, pero ¿Cabe otra posición? ¿He de caer en la más honda de las desesperaciones? ¿Debo tomar las plazas y gritar mi frustración?

Mientras estas dudas me asaltan y perturban, trato de mitigarlas con una cerveza fría observando crecer la hierba.