Conozco varios casos cercanos de personas que han decidido emprender la aventura empresarial para enfrentarse a la crisis, al paro y a la desesperanza. Son personas jóvenes e ilusionadas que acometen proyectos que tienen cierto riesgo, como toda nueva empresa.  Se han presentado ante un banco, o ante un avalista, o ante un socio capitalista, o simplemente han salido a la calle con una idea, las manos enrojecidas de trabajar, y un espíritu más fuerte que un vendaval, a batirse el cobre para ganarse la vida.

Auguro que la solución de futuro de este país no es esperar a que escampe para volver al modelo – demostrado erróneo, injusto y cruel – anterior, que es lo que me parece que están haciendo los politiquillos.

Volviendo a los emprendedores, a los que se juegan el pescuezo para sacar adelante un negocio, imaginemos que – dios no lo quiera – les va mal. A parte de lo doloroso de fracasar, en la mayoría de los casos cerrarían el chiringuito pero además deberían afrontar una deuda, normalmente con un banco.

Hasta aquí todo es claro y meridiano; alguien que emprende una actividad de riesgo, pone en juego dinero, normalmente prestado, y si la cosa va mal, asumen las consecuencias, que en la mayoría de los casos consistiría en devolver hasta el último euro comprometido.

Esto lo entiende hasta un mono.

Sin embargo imaginen el caso absurdo de que alguien – un banco, por ejemplo – decidiera embarcarse en una muy pero que muy dudosa actividad – dudoso en el sentido de arriesgada y de incierto resultado – y cuando las cosas se ponen feas, acude al Gobierno y éste – magnánimo cuando administra dinero que no es suyo – con una diligencia que raya lo sumiso se presta a inyectar grandes – enormes, incalculables – sumas de dinero – del dinero de todos – para que esos señores que se arriesgaron de manera imprudente recuperen su inversión y mantengan a buen recaudo sus sueldos multimillonarios y sus caras más duras que el cemento armado. Para más inri, los bancos se encontraron con un problema que ellos mismos crearon que fue que sobrevaloraron los pisos, de manera que basándose en esa tasación inflada e irreal otorgaron préstamos de dudoso cobro – ¿a quién no le dijeron en aquellos lejanos e irrecuperables tiempos de falsa bonanza lo de “pide un préstamo mayor y te compras un coche y amueblas la casa”?

¿Y qué pasó después? Pues lo ya comentado, que los gobiernos acudieron al rescate de los bancos imprudentes y que a pesar de ello, los bancos continuaron – continúan – con la indecente práctica del desahucio, tan dramáticamente de moda estos días.

Ahora la “clase política” – que es un eufemismo indecente para nombrar a los sinvergüenzas que nos desgobiernan – se apresta a anunciar reformas legales para proteger a las personas con amenaza de desahucio.

Lo que más indigna es que solamente reaccionan porque ha tenido repercusión mediática el tema debido al suicidio de una pobre mujer desesperada.

Esta mujer ya no tiene salvación, y lo más absurdo es que para los bancos siempre la haya.

La pregunta, la que flota en el aire, la que nos hace encogernos de hombros con incertidumbre y pesimismo es ¿Y a nosotros quién nos salva?

Enlace: Una mujer se suicida en Barakaldo cuando iban a proceder al desahucio de su vivienda

Siempre he creído en el amor, y he tenido la inmensa suerte de experimentarlo, de darlo y recibirlo. Nunca he sido un idealista, pero considero que la vida es lo suficientemente complicada y está llena de problemas, como para cometer la estupidez de convertir las relaciones en otro problema más. Amar a alguien incondicionalmente está por encima de distancias, del físico, o de la orientación sexual. Si fuésemos capaces de abstraernos y rebajar al extremo más sencillo el amor, nos encontraríamos simplemente con dos personas que se quieren.

Ni más ni menos.

Luchar contra ello es absurdo.

En determinados países y en determinados contextos sociales y religiosos, ser homosexual es un grave problema tanto para la persona que lo declara como para su familia. En algunos países se castiga incluso con la muerte. Es comprensible que algunos padres se asusten, y quieran proteger a sus hijos. Lo que no soy capaz de entender es que las familias estén más preocupadas por el “qué dirán” que por la felicidad de sus hijos.

la vida es lo suficientemente complicada y está llena de problemas, como para cometer la estupidez de convertir las relaciones en otro problema más

Ya resulta difícil declararse homosexual en un país supuestamente tolerante y moderno como el nuestro, como para que la familia en lugar de un apoyo sea un obstáculo.

Leo una noticia curiosa y terrible a la vez; un millonario de Hong Kong ofrece 50 millones de euros al hombre que consiga conquistar y casarse con su hija lesbiana.

Siento pena por ambos, por él, por ser incapaz de aceptar la realidad y luche contra ella a costa de reducir a lo insignificante el deseo de ser feliz de su propia hija, y por ella, por tener que sufrir a un padre que no trata de entenderla.

En determinados países y en determinados contextos sociales y religiosos, ser homosexual es un grave problema tanto para la persona que lo declara como para su familia

Cuando una persona muy cercana a mí, a la que quiero muchísimo, me dijo que tenía una relación con alguien de su mismo sexo, lo que experimenté fue una honda preocupación por su felicidad, por si sería capaz de aguantar el peso de las miradas ignorantes y crueles ancladas en el siglo pasado que todavía se pasean – cada vez menos afortunadamente – por las plazas de España. Sin embargo, inmediatamente comprendí que la única mirada válida es la del verdadero amor, y que enfrentados a ella, todas las demás sobran.

El magnate asiático debería revisar sus prioridades y anteponer la felicidad de su hija a cualquier otra, especialmente a la suya propia.

No se puede poner precio al amor.

Enlace: Un magnate de Hong Kong ofrece 50 millones al hombre que se case con su hija lesbiana

Recuerdo el caso de un famoso bailarín que atropelló mortalmente (vamos, que mató) a un peatón en una avenida de Sevilla, se dio a la fuga y convenció a su hermano – menor de edad – para que dijera que había sido él el conductor asesino – a sabiendas de que su hermano no hubiera pisado jamás la cárcel -, finalmente, la policía lo desenmascaró y le detuvo en su casa. El bailarín pasó algo más de catorce meses en la cárcel, después de que el juez considerara “arrepentimiento espontáneo” la confesión que la policía consiguió tras unas escuchas telefónicas que no fueron consideradas como prueba. Resulta curioso que una persona que lleva a arreglar el BMW que conducía a un taller de Málaga – a 200 Km de Sevilla – , y que implica a su hermano menor, sea considerado “arrepentido” por un juez.

Si a mí se me presenta la policía en casa, me lleva a comisaría, me enseña unas escuchas en las que admito mi delito, yo también me “arrepiento espontáneamente”, ¡No te fastidia!

Frente al caso del bailarín – cuyo éxito mediático creció como la espuma tras su delito – me encuentro con Hokman Joma, un ciudadano Kurdo – los Kurdos son un pueblo que reclama hace años la independencia del Kurdistán, situado a caballo entre las fronteras de Irak, Turquía e Irán – que está a punto de ser indultado. Joma lleva casi tres años en prisión – fue condenado a tres años – y su grave delito fue lanzarle un zapatazo al primer ministro de Turquía. No sé si fue condenado por tener puntería o por no tenerla, pero fue juzgado en el mismo país – España – que el bailarín.

Ahora, después que el peligroso delincuente Hokman Joma pase casi tres años de su vida privado de libertad por lanzarle un zapato a un político, la fiscalía se está planteando concederle el indulto – una limosna – .

De vergüenza.

Dicen que la justicia debe ser ciega para poder ser justa, pero no puedo estar más en desacuerdo, existen los matices, los “peros”, los “quizá”, el abanico de grises no debería estar en manos de un juez que prefiere considerar a un asesino confeso como arrepentido por largar cuando la policía le aprieta las tuercas. El mismo que considera un “atentado contra una alta autoridad” el lanzamiento de un zapato, que más que un atentado es una gilipollez, porque ya puestos y a la vista de la condena, que lo atropelle y se de a la fuga, que le sale más barato.

Se me ocurren muy buenas razones para lanzarles zapatos a la cabeza a nuestros políticos, pero no merecen tres años de mi vida, aunque tal y como está el patio, a lo mejor se está mejor entre rejas que fuera.

La Fiscalía apoya ahora el indulto al kurdo del zapatazo a Erdogan

Nunca me he considerado ejemplo de nada, soy un tipo normal, con un trabajo normal, una familia normal, que en sus ratos libres escribe para expresarse y desfogarse un poco. En mi trato con las personas, procuro ser respetuoso con todos, independientemente de su condición social, raza o sexo. Mi actitud en casa es la que siempre he entendido como normal; participo en las tareas domésticas, con un reparto más o menos equitativo.

No he comprendido nunca el machismo, no concibo la discriminación aunque haya diferencias,  – porque diferencias las hay, para empezar tengo la teoría de que las mujeres en general son mucho más listas que los hombres – porque todos somos diferentes y únicos.

Las actitudes discriminatorias en general y machistas en particular, obedecen a una reacción agresiva ante el miedo al diferente, e históricamente, los hombres – como género, no como generalidad – , cargados de fuerza física sometieron a las mujeres precisamente haciendo uso de ella. La mayoría de las sociedades eran estructuras patriarcales donde anidaba el desprecio a la mujer, que se concebían simplemente como recipientes de horneado de nuevos bebés. A lo largo de los siglos, las religiones mayoritarias, mejor dicho, sus dirigentes, ahondaron en la diferencia entre hombres y mujeres de una manera vil y canalla, y la gente se dejó convencer, incluidas las mujeres, de que los hombres eran superiores.

En la sociedad occidental del siglo XXI sobre el papel no existe esa diferencia – lo que por supuesto en ocasiones es pura pose de falso progresismo – pero a diario compruebo que como si fuera algo atávico, algunos machos – en el sentido de macho de la especie humana – recuperan el machismo histórico y lo vomitan como una mala resaca. El caso más reciente de vómito son  las declaraciones del Expresidente de los españoles en el exterior José Manuel Castelao, cuando dijo “en un contexto personal” que “las leyes están para violarlas como a las mujeres”.

Y el hombre se quedó tan pancho.

No sé si el individuo en cuestión ha sentido en sus carnes una penetración no deseada – a lo mejor sí, y le va la marcha, es posible – pero estoy convencido de que ser forzado a tener sexo debe de ser una de las experiencias más duras y traumáticas, y ni siquiera bromeando tomando unas cañas con los amigotes deberían decirse esas cosas. Menos aun ostentando un cargo público de responsabilidad.

Al margen de ser una metedura de pata descomunal, el que a un hombre se le pase por la cabeza semejante animalada deja bien a las claras su categoría personal. No es concebible, ni en broma, ni en contextos personales, ni en ningún otro.

Mi indignación se mezcla con mi estupor al leer la noticia del intento de asesinato con un tiro en la cabeza de una niña pakistaní de catorce años por defender la educación de las mujeres en su país. Malala Yusufzai se ha convertido en una joven defensora de los derechos de las niñas de su país, porque ha sido educada en el seno de una familia culta – sus padres son maestros – y no entiende porqué hay quien se empeña en que los niños puedan ir a la escuela y las niñas no.

La educación es una herramienta para salir de la miseria, para abrir los ojos a la vida, para entender que no es normal que te maltraten, que te humillen, que te utilicen, que te violen…

Hay millones de niñas como Malala en todo el mundo, y la única posibilidad de que salgan de sus infiernos es concienciar a las sociedades, empezar desde muy temprano a equiparar la educación de niños y niñas, para que se conviertan en adultos razonables, pensantes y coherentes, que luchen contra esas injusticias.

Para que desprecien frases como las de José Manuel Castelao y nos las dejen pasar con una sonrisa de complicidad.

Ya no.

“Las leyes son como las mujeres, están para violarlas”

Una niña que promueve la educación en Pakistán, acallada a tiros por los talibanes

Normalmente cuando escribo un artículo procuro no usar demasiados tacos – mi madre está al acecho para darme una colleja – y trato de usar sinónimos igualmente descriptivos pero no tan ofensivos. Así, el gilipollas se convierte en el obtuso, el cabrón en el desalmado, y el hijo de puta en el criminal. Sé que es lícito el uso de estas palabras desde el momento en el que la Real Academia de la Lengua las incluye en su diccionario, aunque esto es como todo, no son ni buenas ni malas, depende del uso que se les de.

Arturo Pérez Reverte (APR para abreviar) fue un reportero de guerra – siempre ha utilizado muy convenientemente esta pose del aventurero que ha visto morir a compañeros y ha asistido al horror de la guerra – , luego un presentador de un programa de casquería y morbo en televisión – nunca dejó de decir que no era de su gusto –, más tarde escritor de gran éxito – tengo varios de sus libros – y a día de hoy, Académico de la Lengua y columnista en el semanal del periódico ABC. Probablemente olvido decenas de méritos de su currículum, pero para hacerse una idea de los indiscutibles logros profesionales de APR es más que suficiente.

APR califica a la lectora y al que decidió publicar su carta como “tontos del culo”, “cantamañanas a los que se les hace el ojete agua de regaliz” o “gilipollas”.

Su visión crítica de la realidad coincide bastante con la mía, aunque discrepo bastante en el uso ofensivo y radical – en mi opinión – que habitualmente hace del lenguaje. APR no pone paños calientes a la hora de calificar a quien se le pase por la imaginación – políticos, escritores, periodistas, gente de la farándula, y ahora su última víctima, una persona anónima que ha publicado una carta quejándose del uso que se hace de la palabra “cáncer” – y dispara con munición gruesa.

La carta en cuestión ruega, con bastante educación, algo con lo que no estoy de acuerdo, que es que se deje de usar la palabra “cáncer” para describir situaciones negativas. La lectora que la envía comenta que perdió a su hermano hace años por culpa de la enfermedad.

APR, al igual que yo, no está de acuerdo con esta opinión, pero en lugar de exponerlo de una manera respetuosa desde la discrepancia, califica a la lectora y al que decidió publicar su carta como “tontos del culo”, “cantamañanas a los que se les hace el ojete agua de regaliz” o “gilipollas”.

No acabo de entender por qué ese afán de ofender, de hacer daño, de calificar de forma tan despreciativa a personas que podrán o no equivocarse, pero al fin y al cabo se merecen el mismo respeto que un académico de la lengua, afamado escritor y reportero.

No acabo de entender por qué ese afán de ofender, de hacer daño, de calificar de forma tan despreciativa a personas que podrán o no equivocarse, pero al fin y al cabo se merecen el mismo respeto que un académico de la lengua, afamado escritor y reportero.

Es probable que APR considere que llenar de mierda – mierda literaria – las páginas de su columna aumentan el número de lectores, ávidos tal vez de la sangre de una nueva víctima de la pluma afilada y viscosa del académico – .

A mi no me vale como excusa que te otorgue permisividad que hayas visto como le revientan el cráneo de un disparo a un niño en Sarajevo – lo siento por ti, amigo, haberte hecho contable – , o que estés de vuelta de todo – tropezarme con personas así me produce una honda tristeza – , porque como tú muchas veces escribes, te jodes, aprietas los dientes, te amarras los machos, y dejas al personal tranquilo con sus problemas, con sus opiniones, que bastante tienen con lo suyo como para aguantarte.

Y a estas alturas no sé si eres un cabrón o un gilipollas.

Enlaces:

El cáncer de la gilipollez (artículo de Arturo Pérez Reverte)

El cáncer de la gilipollez…y el gatillo fácil de Pérez-Reverte

La democracia fue inventada en Atenas hace miles de años –  la de la Grecia de hoy día no resistiría ni una prueba del algodón mínima –y su raíz etimológica viene a significar el gobierno del pueblo. Los ciudadanos se reunían en plazas públicas donde se realizaban asambleas decisorias y se debatían propuestas de gobierno. Imagino que en los tiempos de Pericles los debates serían intensos, pero me resulta difícil creer que se pudiera dar la situación en la que algún proponente derrotado en una votación argumentara que la mayoría de ciudadanos que no hubieran asistido a la asamblea – hipotéticamente – le diesen la razón. Es decir, si una mayoría hace dejadez de su derecho a voto, sería estúpido utilizarla como contra-argumento de la decisión adoptada por los que sí han votado.

Hace unos días hemos escuchado al presidente del gobierno – por supuesto en declaraciones a unos cuantos miles de kilómetros de Madrid, parece que se le atraganta hablar en España – decir que la mayoría de ciudadanos que no asistieron a la manifestación de Madrid le legitiman y no están en contra de sus políticas. Esto sería lo mismo que si Rubalcaba dijese que la mayoría de no votantes del PP – incluyendo a los no votantes de ningún partido – apoyan al PSOE.

Es indigno de un representante público la utilización torticera de lo acaecido, a su antojo. Que miles de personas – otra cosa para escribir durante horas es el tratamiento informativo de la noticia y el baile de cifras en las televisiones controladas por la derecha recalcitrante – se manifiesten frente al Congreso de los Diputados y expresen su oposición a las medidas del gobierno es totalmente lícito, no supone agresión alguna contra el estado de derecho, sino que refuerza su madurez. No se trata de un ataque contra España sino precisamente de lo contrario; un toque de atención a los que la dirigen para que abran los ojos, para que dejen de mirar a otro lado y para que empiecen a contar con la gente para tomar sus decisiones.

De acuerdo con que la única herramienta – tal vez no la mejor – que tenemos son las elecciones generales, cada cuatro años, e ir a votar, pero para eso están las sesiones de control al gobierno, para que la oposición – respaldada por otro puñado de millones de votos – haga un uso digno de la confianza que le han otorgado.

Conozco algunos conflictos laborales en los que los representantes de los trabajadores, además de tirarse los trastos a la cabeza unos a otros y alimentar el ventilador de mierda – perdón mamá – continuamente, hacen un uso repugnante de las mayorías silenciosas. Debe ser una consigna entre los que ostentan algún tipo de responsabilidad: la manipulación a su antojo de las circunstancias.

El silencio puede significar muchas cosas: que van desde el acuerdo tácito hasta la oposición desmotivada. Que Rajoy sea amante de los silencios y los silentes – cada vez más se parece a un Don Tancredo inmóvil a ver si se pasa la crisis sola mientras él no mueve un dedo – no significa que los silentes le amemos a él.

Yo no fui a la manifestación de Madrid por múltiples razones, y ninguna de ellas era el aplauso al Gobierno y a su funesta gestión.

Estas actitudes que van desde la mentira más cínica hasta la condecoración al responsable de los perros de presa, disfrazados de agentes del orden público, que atacaron a los ciudadanos en Atocha, me aterran. Porque ese es el principio para justificar cualquier cosa, cualquier abuso, cualquier desprecio a los ciudadanos que, por si se olvidan, somos los que les hemos puesto allí.

Y si alguien quiere saber que significó mi silencio, que tenga la molestia de sentarse frente a mí y preguntarme, por favor, que no me interpreten.

Enlaces:

“Nos metieron piedras en la mochila”   

Mayoría silenciosa

Siempre he pensado que el fin no justifica los medios, es algo que trato de llevar impreso en mi forma de actuar. El problema de no respetar esa norma es que se puede ir de las manos, porque ¿dónde está el límite del medio para llegar al fin? Para algunos, la forma de conseguir las cosas a costa de todo tendrá un listón muy bajo, de manera que será fácil transgredirlo, y para otros estará más alto. La subjetividad del “medio” es lo que apoya, por eso, la máxima “el fin no justifica los medios”.

Cuando despidieron a la seleccionadora de natación sincronizada, me sorprendió, porque llevaba quince años al frente del equipo, habiendo conseguido las máximas cotas del deporte español, a saber, cuatro medallas olímpicas, veintiséis mundiales y veinticinco europeas.

Siempre he pensado que el fin no justifica los medios, es algo que trato de llevar impreso en mi forma de actuar.

Ahora, catorce nadadoras ya retiradas han firmado un manifiesto en la que dan su versión del motivo oculto de este despido. Según ellas Anna Tarrés – la seleccionadora sorpresivamente despedida- era una dictadora, una tirana, que se rodeaba de perfiles grises para que no destacasen más que ella, que fulminaba a quien pudiera hacerle sombra y practicaba abusos físicos y psicológicos – entiéndase abusos deportivos – contra las niñas – no son más que niñas – de la sincronizada. Si la carta es cierta, esta señora tachaba de gordas, zorras y todo lo que se le pasase por la cabeza a voz en grito a sus pupilas. Las machacaba incansablemente sin piedad y sus métodos de motivación dejaban mucho que desear.

Un buen líder es aquel que mediante el respeto hacia sus subordinados, se gana el suyo propio, el que motiva sin descalificar, el que no necesita gritar para hacerse entender.

Ana Tarrés sabría mucho de sincronizada pero nada de psicología. El pánico y el terror que debían sentir estas chicas era de tal calibre que solamente cuando la han destituido, algunas, y además, las que no están ya en activo, se han atrevido a denunciar en un manifiesto lo que venía sucediendo hacía años.

La inconmensurable Genma Mengual ha salido a la defensa de Anna, y ahora, esto puede derivar en una guerra de declaraciones donde solamente se tienen como pruebas las palabras de unas contra las de otras.

He conocido ha algunos mediocres que utilizaban esa táctica de rodearse de personas más mediocres aún que ellos para destacar, para conservar su parcelilla de poder intacta, su reino a salvo de extraños.

Pero el peor enemigo de los mediocres es su propia mediocridad, porque les estallará en las manos en algún momento, y no se puede mantener el bluff mucho tiempo.

Un buen líder es aquel que mediante el respeto hacia sus subordinados, se gana el suyo propio, el que motiva sin descalificar, el que no necesita gritar para hacerse entender.

Los extraordinarios resultados de la sincronizada española avalan a la exseleccionadora, no obstante, intuyo que en el fondo no es más que una mediocre que ha tenido la suerte de topar con un grupo de chicas extraordinario, que han sabido adaptarse al látigo y sacar lo mejor de sí mismas a pesar de los cuestionables métodos.

Sigo pensando que el fin no justifica los medios y creo que un Oro ganado a costa de la felicidad de las deportistas pierde todo su sentido, que es premiar los valores y el espíritu deportivo, no es más que un trozo de oro sucio.

Enlaces:

 ¡Fuera del agua gorda!

Carta de denuncia pública de algunas exnadadoras