Posts etiquetados ‘soluciones’

Mientras escribo esto, los datos parecen confirman la aplastante mayoría del PP en las elecciones de esta noche, por lo que Mariano Rajoy es el nuevo presidente electo del gobierno de España. No sé si esto será mejor, peor o no sabe no contesta, sólo sé que necesitamos que alguien tome de una – piiiiiiiiiiii – vez las riendas del carro, el timón del barco, o cualquier otra desafortunada metáfora. Como según lo que se cuenta en los telediarios, vamos cuesta abajo y sin frenos, necesitamos al héroe de sombrero ladeado, chupa de cuero y látigo, que salte de la diligencia desbocada y controle a los caballos para que se detengan con suavidad. No quiero ser agorero, pero el chiringuito se quema y estamos todos dentro, ¿alguien tiene un extintor?

Ahora a los mandos del cacharro – vamos, de España –, que tiene una pinta horrorosa, soltando aceite, haciendo ruido y echando humo negro, negrísimo, por el tubo de escape, se encuentra Mariano, el del puro y la sorna gallega, el de la retranca y las respuestas que sé que está vocalizando – el sonido me llega al cerebro – pero que no significan nada.

“necesitamos al héroe de sombrero ladeado, chupa de cuero y látigo, que salte de la diligencia desbocada y controle a los caballos”

El jueves le preguntaban en una entrevista ¿Va a modificar la ley anti tabaco? Una pregunta que yo considero sencilla, sin matices, de un asunto que no es precisamente el más importante de los que, desde esta mañana, se desayunará durante cuatro años – con suerte para él –. Pues ni esa contestó con un rotundo “sí” o “no”, qué va, abusó del “depende”, el “quizá”, del “no es tan sencillo”, coño, Mariano, es tan fácil como decir lo que vas a hacer, campeón.

No digo que lo vaya a hacer peor que los que han salido – eso, sinceramente, es casi físicamente imposible – pero a mí por lo menos me gustaría saber qué me espera en los próximos meses o años. Igual es que soy un impaciente y sólo tengo que esperar a los decretos que caerán de todas las formas posibles sobre nuestras cabezas y según los gustos – lluvia de mayo, lluvia ácida, tormenta…etc. -.

Sí, es eso.

Mi impaciencia me hace desear que un partido diga claramente lo que va a hacer cuando gobierne, en la campaña electoral, ¡si es que no me entero de cómo funciona esto!

Parece fácil, me cuentan, se trata sólo de dejar que los acontecimientos fluyan – o revienten – y ya veremos cómo capeamos el temporal. Joder, que los planes de contingencia sólo los saben hacer los alemanes – su último plan lo han titulado “Salvemos nuestro pellejo, que bastante tenemos con esto y a Europa que le vayan preparando el responso” – , no podemos pedirle al olmo español peras alemanas.

Aunque tal vez deberíamos pedir al menos un poco de coherencia y sentido común, gabinetes de crisis, que tiren de gurús, que los hay, que se olviden de trabajar para asegurar su asiento y que apliquen las medidas necesarias, sino para superar, por lo menos para contener la sangría.

“tal vez deberíamos pedir al menos un poco de coherencia y sentido común”

Porque yo, que no sé nada de nada, tengo la impresión de que nos estamos desangrando y el líquido rojo y espeso cae por la alcantarilla mientras lo observo con ojos hipnotizados.

Madre mía, que Dios nos coja confesados.

Anuncios

He leído una interesante entrevista al escritor Santiago Posteguillo donde afirma sobre el protagonista de su nueva novela, el emperador Trajano, lo siguiente: “tuvo una gran capacidad de supervivencia en un entorno hostil. Respetaba a los subordinados. Era un gran militar, con agallas. Fue buen gobernante; en una época de gran crisis política, militar y económica supo sacar a Roma de ellas. Hizo política de empleo de manera quizá discutible, enviando a los parados de entonces a las legiones. Hoy habría sabido qué hacer”. En general, salvo lo de mandar a los parados a las legiones – a más de un avispado político ya se le habrá pasado por la cabeza – estoy bastante de acuerdo en que Trajano habría sabido qué hacer en estos tiempos de crisis.

Necesitamos – con urgencia – líderes que se aprieten los machos, cojan el toro por los cuernos y le echen imaginación y narices para sacarnos de esta. Porque, entre otras cosas, ellos nos metieron. Nos metieron cuando hicieron la vista gorda ante el brutal crecimiento de la construcción, sustentado principalmente por la creencia del falso valor de las cosas, llegando incluso a declarar en sus discursos que era bueno para España. Nos metieron cuando permitieron que el Banco de España mirara para otro lado cuando las entidades bancarias compraban hipotecas basura estadounidenses al mismo tiempo que incitaban a las familias a endeudarse sin pudor.

Ahora toca apechugar.

Han creado una Unión Europea que a todas luces es cualquier cosa menos una unión real. Distintas políticas económicas, distintas normas o distintas reglas de juego no pueden cohesionar un grupo de países que lo único que comparten es la moneda y el miedo a que tengamos que pagar entre todos el error de unos pocos.

El rescate a los bancos se justifica diciendo que sería peor que cayeran porque los usuarios se verían perjudicados. ¿Esto es realmente así? ¿No será peor mantener las carísimas estructuras de entidades que no son capaces de gestionar eficazmente nuestros ahorros? ¿No es un poco tener la cara más dura que el cemento armado acudir a las ayudas públicas cuando se hunden y no acordarse de nadie cuando ganaban millones de euros en operaciones arriesgadas a cuyas consecuencias se enfrentan ahora?

 No soy economista y realmente no entiendo casi nada de lo que pasa, sólo escucho a los expertos que hablan de recortes, de sacrificio, de aguantar el tirón con sueldos ridículos – que por cierto ya llevábamos aguantando en época de bonanza – y empleo precario y lo que me dan ganas es de salir a la calle y gritar que lo aguante su puta madre – perdón – .

No sé cuál es la solución, ni cuál es la mejor medida para combatir la crisis que el miedo a la propia crisis acentúa. Lo único que sé es que necesitamos que algún político se plante, deje de decir lo que quieren oír sus votantes para mantener el culo en el asiento y sea honesto, sincero, valiente y sobre todo imaginativo, para conseguir que salgamos de esta con vida.

No me hagan tener que gritar ¡Que vuelva Trajano!

Enlaces:

Trajano sabría cómo solucionar la crisis actual

El debate – que no el amor – está en el aire, ¿Hay que suprimir las diputaciones?

Algunos argumentos a favor:

1. Ahorro de mil millones de euros anuales.

2. Eliminar organismos con duplicidad de funciones.

3. Abolir un sistema de gestión ineficiente de recursos.

Algunos argumentos en contra:

1. Realiza funciones que ayuntamientos pequeños no pueden asumir.

2. Supondría despedir a decenas de miles de trabajadores.

Tengo un par de anécdotas relacionadas con las diputaciones y la eficacia y diligencia con la que ALGUNOS de sus trabajadores desempeñan su función.

Anécdota 1: Paseando por un pueblo de una provincia andaluza con un amigo, éste me señaló a un señor vestido con pantalón corto de deporte, que acarreaba bolsas de la compra y me dijo: “Mira, ese es el vigilante de la Diputación”. “¿Hoy no trabaja?” le pregunté. Mi amigo se volvió hacia mí, me sonrió paternalmente como si mi pregunta hubiera sido formulada por un idiota – me sentí idiota, desde luego – y me contestó “Sí, fíjate que lleva el walkie-talkie en el bolsillo. Si le llaman, va a su casa, se viste, coge el coche y se acerca al trabajo”.

Anécdota 2: Trabajaba yo en una oficina situada en un vivero de empresas localizado en un complejo de la Diputación de otra provincia española y cierto día se estropeó el aire acondicionado – 40 y pico grados a la sombra en Agosto – y acudimos a un trabajador de mantenimiento de la Diputación. El buen señor, llegó, colocó una escalera y armado con un destornillador abrió la carcasa de la máquina, miró en el interior, puso cara de circunstancias, suspiró, dijo “ahora vengo” y se fue. Una semana después – una semana a cuarenta y pico grados a la sombra – volvió, cogió la escalera, el destornillador, dejó la tapadera colgando y se marchó diciendo “tiene que arreglarlo el servicio técnico”.

¿Podemos colegir a partir de mi experiencia que todos los trabajadores de las diputaciones actúan así? Desde luego que no, sin embargo me pregunto ¿No es posible crear mecanismos de control que eviten estos abusos? ¿Es asumible una masa de trabajadores no productivos que nos cuestan dinero a todos?

Un compañero mío me comentó que en cierto hospital público decidieron implantar un sistema de retribución variable en función de la productividad y que debido a lo polémico que resultaba la determinación de la misma, se contrató a un gestor oriundo de otra comunidad autónoma para que fuera imparcial y no se dejara influir por las presiones. ¿Esto es normal? ¿Debemos renunciar a sorprendernos ante estas tropelías?

Lo más triste es que el comentario generalizado es “ojalá me sacara unas oposiciones para vivir del cuento”. Como diría el gran Miguel Ángel Aguilar “¿Pero qué broma es esta?”.

Estamos extendiendo la falsa idea de que lo público significa gasto sin control, abusos laborales, bajas médicas sin justificar, nula productividad…

La función pública requiere de funcionarios, es decir, trabajadores que acceden a sus plazas por oposición, que es un sistema – en teoría – aséptico y apolítico que garantiza que estos puestos son cubiertos por personas que desempeñan sus trabajos de manera independiente. Esa es la teoría. Pero cuando la idea de independencia se confunde con hacer lo que se quiera – o no hacer – sin consecuencia alguna, el invento se desmadra.

En el equilibrio esta la virtud ¿Qué tal si planteamos una reforma en profundidad? Funcionarios que puedan ser despedidos o premiados en función de su rendimiento y mecanismos objetivos de medida de esa productividad. La fórmula “café para todos” a la hora de repartir los pluses por productividad no funciona, solo sirve para desmotivar al trabajador eficiente y responsable que cobra lo mismo que el vago y, para colmo, se mete en más líos.

Es imprescindible un sistema público que garantice los servicios esenciales, pero lo que está claro es que ha de ser eficiente y bien gestionado y, si para ello, hemos de pagar más impuestos, yo, por mi parte, me declaro dispuesto a hacerlo.

No rompamos la hucha, por favor.