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El epitafio

Publicado: 31 enero, 2013 en Personal
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SerpienteCuentan las crónicas que en la lápida de Groucho Marx asoma cincelada sobre el mármol frío la frase “Disculpe que no me levante”, de manera que incluso muerto, el genial cómico consigue arrancarnos una sonrisa.

Usualmente, a casi nadie le gusta pensar en su muerte, da la sensación que evitar el tema de la desaparición inevitable nos aleja de ella.

Nada más absurdo y falso.

Para bien o para mal, a todos nos llega la hora.

En la vida hay muchas cosas que podemos moldear a nuestro antojo, otras muchas que no, y dentro de estas últimas la más jodida es el momento y la forma en la que morimos. La Parca nos sorprenderá duchándonos, durmiendo, haciendo el amor, comiendo, leyendo… con veinte, quince, cincuenta u ochenta años. Tal vez por ello algunos fantaseamos con nuestro epitafio, como si fuera una última burla, un derecho al pataleo, ante la inevitabilidad de lo que nos va a llegar.

A mí particularmente me gustaría cincelar a golpe de ingenio una frase similar a la del maestro Marx, un “¿Y tú qué miras?” o un “Joder, que incómodo es esto, ¿me levantas la tapa?”.

Es probable que me limite a diñarla un día sin comentar con nadie qué frase me gustaría que figurara en mi lápida, o incluso que me incineren – que suele ser lo más práctico – y esparzan mis cenizas en el parking que es ahora el viejo edificio en el que pasé mi infancia.

No lo sé.

Estas ideas oscuras, o al menos moderadamente tétricas, se asoman a mi mente en estos días convulsos en los que me estoy descamisando como las serpientes, dejando la piel vieja y raída tirada en un rincón para emerger a un futuro incierto pero esperanzador.

Al final, la mejor frase es sencilla y limpia, como las buenas ideas, desprovista de florituras, de adornos, metáforas, dobles intenciones o versos. Es prosa pura y dura, directa y basta, ten cierta como el frío del mármol donde algún día estará grabada.

Solamente dirá “Aquí yace uno que amó”.

El tsunami

Publicado: 16 enero, 2013 en Personal
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl pescador disfrutaba apaciblemente de la mañana fresca y soleada. El olor a salitre y la espuma vaporizada que le refrescaba el rostro le hacían sentirse pleno y feliz. El sol se deshacía en un puzle plateado en la balsa tranquila que en ese momento era el mar. La brisa apenas mecía el hilo de la caña fija que permanecía anclada a un metro de él, sentado en una silla de metal y tela vieja.

El pescador repasaba su apacible y aburrida vida con una sonrisa amarga y solamente los pequeños sobresaltos que le provocaban falsos tirones de inexistentes peces, le hacían reaccionar.

Tenía mujer, hija y una hipoteca sobre una casa demasiado grande para él, un trabajo aburrido pero no demasiado, un coche corriente, y un seguro de vida.

La primera señal de que algo sucedía, le hizo pestañear, deslumbrado por el sol. Aguzó el oído pero el batir de las olas continuaba con la misma cadencia, sin embargo había algo que no encajaba; salvo el mar, todos los demás sonidos del mundo se habían apagado.

El pescador se levantó inquieto y observó la superficie del mar. Repentinamente el agua se retiró como en una inmensa e instantánea marejada y dejó al descubierto las rocas del fondo, el fondo era visible al menos a un kilómetro de distancia.

El corazón del hombre dio un vuelco y su alma se encogió de miedo cuando observó la ola gigante que avanzaba hacia él silenciosa pero imparable.

Apenas tuvo tiempo de pensar en nada cuando se lo tragó el agua.

Cuando despertó comprendió que todo había cambiado, que toda su vida anterior había sido engullida por la ola gigante y que había desaparecido bajo las aguas.

Los sentimientos que le invadieron eran contradictorios e iban desde la euforia, al miedo y desde el alivio a la pena.

En el fondo de su alma, una luz tenue que acabaría por convertirse en un astro radiante y luminoso le hizo comprender la verdad. Solamente existía una razón para mantenerse erguido, vivo y sonriente mirando al sol que secaba despacio sus ropas empapadas.

Esa razón era el amor.

Al fin lo había encontrado.

Los Campeones

Publicado: 27 noviembre, 2012 en Personal
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Algunos lectores ya sabrán que el 31 de Agosto, el día de la Luna Azul, nació mi hija Susana.

Susana se adelantó y vino al mundo con siete meses y poco más de un kilo de peso. Durante cuarenta y nueve días estuvo en una incubadora, luchando como una jabata, alimentándose y creciendo. Cada día era “un día más” y un gran paso hacia una vida normal, como la que, afortunadamente, tiene ahora Susana en casa.

Las unidades de la UCI y Cuidados Intermedios donde las primeras semanas estuvo ingresada mi hija tienen un cartel en la puerta poco alentador, reza “Unidad de Críticos”, y a uno se le encoje el alma cuando pasa por debajo del  letrero, camina por el pasillo y se va acercando hacia un sonido que le acompañará durante todo el tiempo que permanezca allí, el sonido de los monitores que pitan, se encienden y suenan ante cualquier eventualidad – constante – que le suceda a algún prematuro.

Las enfermeras y las auxiliares van vestidas con pijamas verdes, blancos o con dibujos infantiles, la mayoría siempre sonríen, son dulces y amables, y tratan tanto a los padres como a sus hijos con exquisita profesionalidad. Debe ser complicado trabajar bajo la mirada angustiada y atenta de unos padres junto a la incubadora, que solamente ven a una desconocida enguantada que manipula cables y provoca dolor a su hijo, que apenas mide dos cuartas. Los médicos, al menos con los que yo he tratado, hablan con calma, con paciencia, responden a las preguntas, explican con claridad y habitualmente son amables. Difícil imaginar la presión que soportan sabiendo que todo lo que digan se grabará a fuego en la memoria de unos padres que se aferran a esas palabras como a un clavo ardiendo. Porque esas palabras que dicen “evoluciona bien” “va cogiendo peso” “de maravilla” son las que cada día le mantienen a uno esperanzado y le hacen soportar el purgatorio, porque aquello no es el infierno sino algo mucho peor, es una eterna suspensión de la vida, de todo, se paraliza tu existencia y solo vives para enclaustrarte entre aquellas paredes de cristal, tubos y plástico, para observar como tu hija se despereza, como llora, como el alimento circula por un tubito que sale de una máquina y le entra por la boquita, o como la cogen las enfermeras como si fuera un pequeño juguete, con una destreza admirable.

Luego están los monitores, unas pantallas llenas de gráficos, de números, con los que aprendes a convivir, y a los que con el tiempo aprendes a ignorar, porque aunque la primera vez que pitan y se enciende la luz roja sientes que vas a morir de un infarto, acabas dándote cuenta de que lo primero es observar a la niña, y ver que está perfecta, que lo que sucede es que algún sensor se ha desconectado.

Allí lo más importante no son las máquinas, sino las personas, y he conocido a muchas y muy buenas. He conocido a padres que llevaban con estoicismo, con una normalidad rayando lo fascinante el hecho de que sus hijos sean sometidos a operaciones de cirugía constantes. Padres que han permanecido con su hijo en brazos durante horas y horas, algunos solamente para ver como la vida de sus hijos se apagaba poco a poco como una vela. He mirado a los ojos a una madre que acababa de perder a su hija y he balbuceado palabras torpes de ánimo, y he visto la determinación de seguir luchando por la hija superviviente, porque la lucha no acaba con la muerte de una, sino que sigue con la esperanza de vida de la otra.

Esta pasada madrugada, esa segunda hija ha fallecido.

Y uno no deja de preguntarse porqué esa madre y ese padre volverán a casa con las manos vacías, tras varios meses de un suplicio bestial, y yo tengo a mi hija en casa, sonriente, feliz, comiendo y durmiendo, como un milagro que cada día me recuerda que soy tan afortunado que cualquier intento de queja es banal, estúpido y absurdo.

Y me vienen a la memoria los nombres de tantos niños y niñas que han sobrevivido y de otros que fallecieron, y como decía una madre alegre, joven, jovial y valiente, “Todos ellos son unos campeones”.

Esta madre está ahora en Madrid con su hija, esperando un trasplante.

Este artículo es un ínfimo homenaje a esos Campeones que lucharon, y siguen haciéndolo a diario, para vivir.

Dedicado a Candela, Sindia, Abraham, India, Paloma, Victoria, Fátima, Susana, Corazón de Jesús, Sergio, Angel, Alvaro, Alejandro, David, Maya, Celia, y tantos otros que me dejo en el tintero.

En anteriores entradas he reflexionado acerca de nuestro papel en el mundo, de la herencia que dejaremos en él cuando ya no estemos, del valor de nuestras acciones, de la deuda contraída con los que antes que nosotros hollaron el mismo suelo que pisamos, de hacernos dignos de esa herencia preciada que es precisamente la vida…

El valor que nosotros mismo otorgamos a nuestra existencia es fácilmente ponderable por los actos que realizamos, y tenemos multitud de ejemplos de visiones absolutamente opuestas de lo que comento.

Hay personas que viven de una manera que ellos consideran estupenda y genial pero que objetivamente no es más que una fachada falsa que sostiene un vacío existencial brutal, si rascamos un poco la superficie deslumbrante, plagada de falsas sonrisas, trajes gratuitos, cocaína, dinero y favores ilegales, encontraremos un alma pobre, sucia y – en el fondo – solitaria.

Por el contrario hay seres humanos que cuando se levantan, se anudan la corbata, se calzan las botas, el uniforme, se ajustan la pistolera y se miran en el espejo, sólo encuentran sinceridad.

Sinceridad, compromiso, lealtad y honradez.

“El valor que nosotros mismo otorgamos a nuestra existencia es fácilmente ponderable por los actos que realizamos”

Y esos valores están tan incrustados en su alma, en su esencia vital, que no dudan en jugarse la propia vida para salvar a otro, sea quien sea.

Un guardia civil participa en el rescate de una patera. Están cerca de la costa, pero las aguas aún tienen al menos diez metros de profundidad. Es de noche, la oscuridad es casi total, el mar está en calma,  a pesar de ello, la frágil embarcación, atestada de inmigrantes asustados y ateridos de frío, se mece peligrosamente cuando van subiendo, uno a uno, por la escala de cuerda que los agentes de salvamento marítimo han colocado. Hay sobre todo mujeres, algunas de ellas embarazadas, y niños. Entonces, una ola breve, pero lo suficientemente fuerte, golpea el casco de la patera, que se separa un par de metros de la embarcación de la guardia civil. Una de las embarazadas pierde pie y cae, arrastrando a su hijo pequeño, al que tenía agarrado de la mano. Ninguno de los dos sabe nadar y se hunden como bloques de piedra en las negras aguas. El cabo Ferrón no se lo piensa y se lanza a rescatarlos. Bucea en la negrura de la mar, y guiado por las burbujas consigue agarrar a la mujer. Mientras sube con ella, se encuentra con el niño y logra salvarles a ambos.

Ahora, Lydie, de 28 años ha dado a luz a una niña que se llamará Pilar como homenaje a la patrona de su héroe.

Este es el ejemplo que nos demuestra que el valor de la vida del cabo Ferrón es mucho mayor que el del funcionario corrupto o la banquera desalmada que reclama compensación multimillonaria por haber sido despedida por ladrona.

Y al igual que él, que por 1.600 euros al mes se juega  la vida en una acción humanitaria, nosotros deberíamos valorar la nuestra. Y no hace falta lanzarse al mar para rescatar a alguien, basta con ser coherentes y humanos, sobre todo humanos.

Solo con humanidad conseguiremos que esta locura en la que se ha convertido el mundo se aplaque un poco.

Enlaces:

Una inmigrante embarazada llama a su hija Pilar en agradecimiento a sus rescatadores 

La imagen eterna del maravilloso cuento ¿infantil? “El Mago de Oz” es la sonrisa de Judy Garland, bailando y cantando abrazada a sus amigos, camino de Oz, por el camino de baldosas amarillas. La esperanza de que al final del camino – dorado pero plagado de obstáculos – encontrarán la recompensa, la solución a todos sus problemas, es la que les impele a caminar sin descanso hacia su destino.

La vida es un camino de baldosas amarillas, con la diferencia de que el final del recorrido es tan incierto que el propio viaje hacia él es lo que le da sentido.

A lo largo del camino encontramos dificultades y mi sensación es que cada vez tendemos más a eludirlas que a enfrentarlas con arrojo. Es más fácil sortear con un quiebro más o menos chapucero la puñalada trapera que nos lanza la vida que parar el golpe, o incluso coser la herida a posteriori. Eludir el conflicto no lleva más que a decepción y a acobardarnos hasta convertirnos en personas grises, en enanas marrones.

“La vida es un camino de baldosas amarillas, con la diferencia de que el final del recorrido es tan incierto que el propio viaje hacia él es lo que le da sentido.”

He leído un artículo antiguo pero impresionante. La historia de un niño adoptado, rechazado por sus padres adoptivos, que acabó en tragedia.

El chaval se suicidó.

Asumir un problema es difícil – el camino de baldosas amarillas se empina cruelmente – pero es lo que nos diferencia de las medusas que son seres que aparentemente vagan sin esperanza en un mar inmenso que es el principio y fin de sus anodinas vidas. No soy capaz de concebir “devolver” a un niño al que se supone que has decidido educar, proteger y querer, como si fuera un producto defectuoso. Probablemente aquí los defectuosos son los informes que otorgaron la idoneidad a los padres.

“Las cosas buenas no llueven del cielo ni suceden porque sí, hay que currárselas.”

En contraposición a este ejemplo existen multitud de finales felices en los que Dorothy llega a Oz y vuelve a casa. Como una pareja holandesa que vi en un reportaje que adoptó a un  niño brasileño. La dedicación y el amor que esos padres entregaban de una manera ilimitada, sin cotas ni condiciones, al pequeño, me conmovieron hasta la médula. Aquellos padres enfrentaron las dificultades – enormes – que tenía su hijo y asumieron que su obligación como padres era darle la oportunidad de superarlas.

Cada meandro del tortuoso – a veces – y largo camino que recorremos merecerá la pena si nos lo ganamos con coherencia. Las cosas buenas no llueven del cielo ni suceden porque sí, hay que currárselas.

Por eso, hay que imitar a Dorothy, mirar al arco iris, sonreír y cantar a pleno pulmón.

Al menos podremos exclamar “¡Qué nos quiten lo bailao!”

Artículo: Los sin esperanza de ser adoptados

Hace años, un íntimo amigo me confesó que había estado sentado en el borde de una cornisa, en un quinto piso, durante un rato, buscando razones que le ayudaran a decidir si saltaba o no. Siempre he tenido la duda de qué fue lo que le impulsó a no hacerlo, y me alegro, ahora es un feliz padre de familia, aunque yo, cuando lo veo – cada vez con menos frecuencia – no puedo evitar dedicar un primer pensamiento hacia aquel momento en el que se sentó sobre la línea invisible que separaba la vida de la muerte. Mi amigo tuvo la valentía de asomarse a su vida y desmenuzarla con visión crítica para decidir si merecía la pena seguir viviendo.

En cualquier caso, creo que siempre merece la pena seguir viviendo, porque el pasado queda como una impronta al rojo vivo en nuestra alma, pero el futuro es siempre posiblemente mejorable y moldeable. Creamos futuro con nuestras decisiones y en el caso del aspirante a suicida, esa decisión feliz, tuvo como consecuencia – como mínimo – la existencia de una nueva persona.

“…se sentó sobre la línea invisible que separaba la vida de la muerte”

He leído un maravilloso artículo de John Carlin en el que cuenta la dramática verdad que se escondía tras el suicidio con 32 años de Robert Enke, ex portero del Barcelona y de la selección alemana. Una personalidad débil, incapaz de soportar las críticas feroces que a veces los aficionados lanzamos alegremente al viento, como si no afectaran a los futbolistas.

Tal y como dice Carlin el ser millonario no te hace inmune al insulto ni a la falta de respeto.

Si les despojamos de la fama, el dinero, la gloria… si escarbamos – en algunos casos como en el de Enke ni siquiera muy profundamente – nos encontramos solamente con una persona.

Una persona que se alegra, se entristece, se enfurece o se envanece, como todos nosotros. Y que busca lo mismo que cualquiera: un poco de felicidad y comprensión, aceptación y alegría.

Nada más.

Nada más y nada menos.

“Si les despojamos de la fama, el dinero, la gloria… nos encontramos solamente con una persona.”

Nadie sabe qué puede empujar a una persona en la flor de la vida al suicidio, aunque tal vez la razón de Enke fue el haber perdido a su hija pequeña por una enfermedad.

No podemos juzgar su decisión, porque sólo podríamos ponernos en su lugar si estuviésemos sentados en la cornisa, mirando hacia abajo, asomándonos al abismo, escrutando, desmenuzando y tratando de remover las cenizas de nuestro corazón quemado por el dolor, para tratar de encontrar algo que nos permita seguir viviendo.

Enke sólo veía cenizas y saltó.

Enlaces:

Artículo de John Carlin en el País

Robert Enke escribió una carta de despedida antes de suicidarse

Balance

Publicado: 9 agosto, 2011 en Blog, Personal
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Sentarse, mirar atrás y hacer balance.

Puedo imaginar la escena de manera idílica: en una roca, frente a montañas eternas, teñidas de verde y azul, acariciado por la brisa o de manera más cotidiana: frente a un café humeante y efímero… El desenlace es el mismo, una reflexión acerca de la sucesión de instantes que han conformado lo vivido.

¿Ha merecido la pena? ¿Ha sido una existencia valiosa?

A veces sí, a veces no.

El inevitable devenir, que hará que el tiempo y el olvido borren mi presencia como huellas en la arena de la orilla, me obsesiona últimamente cuando me asomo al resto de mi vida. Madurez, vejez, muerte. ¿Sólo eso? ¿Te parece poco? Estas tres verdades, sólidas como una losa gigantesca que cayera como un aldabonazo colosal, podrían estar sazonadas de intensos y buenos momentos por saborear. Me esforzaré para que así sea…

¿El balance hasta ahora?

Gracias a los dioses, como diría el anciano Caleb, rotundamente positivo.