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En una entrada anterior – el miedo del buen samaritano – ya rocé el tema del miedo, que es tan fuerte que adormece las conciencias e intenté comprender actitudes brutales condicionadas por el miedo. Hoy he escuchado una vieja noticia que ha dado una vuelta de tuerca más al tema porque, además del terror, incluye el ingrediente de la superstición.

En Octubre de 2009 – es decir, a la vuelta de la esquina – en Honduras un joven fue enterrado y horas después en el cementerio se escucharon sus desgarradores gritos pidiendo auxilio.

Estaba vivo.

Los guardias de seguridad del camposanto actuaron de una manera tan irracional que costó una vida: salieron huyendo de allí, atribuyendo los alaridos a fantasmas. Al día siguiente, cuando se descubrió todo, era demasiado tarde.

La escena puede dibujarse de manera sencilla: dos hombres aburridos, fumando cigarrillos para combatir el frío y el miedo a la soledad del cementerio – por otra parte el sitio más seguro del mundo, no hay nadie vivo que pueda hacerte nada -, hablando de sus cosas, de sus hijos, de la vida, y de repente, mezclado con el ulular del viento nocturno escuchan un grito lejano. La voz del más allá que les pide ayuda, un alma en pena que reclama la atención de los vivos. Los vigilantes se miran durante un segundo y salen a la carrera.

Resultado: el joven falleció.

Otro caso de plena actualidad relacionado con el miedo, es el del taxista que después de tres años, se ha atrevido a declarar que llevó al piso del crimen a uno de los acusados por la desaparición y asesinato de la sevillana Marta del Castillo. El miedo propio y el de su mujer a represalias – a dios sabe qué clase de problemas – le ha mantenido en silencio durante todo este tiempo hasta que – según sus palabras – su conciencia ha sido más fuerte que el pánico.

Otra escena reproducible en mi imaginación: el matrimonio – el taxista y su mujer – preocupado, bebiendo el café a media mañana ante la televisión por la que desfilan acusados, policías, abogados y sobre todo los destrozados padres. Imagino el taxista enfrentado su mirada a la de la madre de Marta, llena de ese dolor infinito que nunca se apagará, que será compañero indeleble de su alma, mientras respire, que le traerá el olor de su hija y el calor de sus abrazos perdidos. Ese dolor que sus ojos abiertos y empañados transmiten a través de las pantallas ha resquebrajado el caparazón oscuro que el miedo había forjado en el corazón del taxista.

Es una decisión muy difícil, acudir después de todos estos años, a la comisaría, y encarar a un policía, mirarle a los ojos y decirle que has estado ocultando un testimonio crucial para la investigación.

Estoy seguro de que la satisfacción de decir la verdad ha podido con la vergüenza de verse señalado como el hombre que supo y no contó.

Pero no podemos condenarle, porque ha hecho precisamente lo que hay que hacer: sobreponerse al miedo – porque no tenerlo es imposible – y dar un paso firme al frente.

Si los guardias del cementerio hubieran seguido su ejemplo, el drama de Honduras no hubiera existido.

Debemos aprender de su gesto y guardarlo en las retinas para acordarnos de él por si algún día – y ojalá no sea así – nos toca sobreponernos a nuestro miedo para salvar una vida.

Enlace: Enterrado vivo en Honduras

Las redes sociales son como los coches, en manos de un loco o un inconsciente se vuelven peligrosas. Herramientas como twitter con ventajas evidentes como la inmediatez, la velocidad de comunicación o la cercanía que permite el contacto directo entre personajes o instituciones y el resto del mundo – en el sentido literal -, son peligrosas en según qué manos.

Sin embargo estamos sometidos a la duda permanente sobre si debemos o no pulsar el maldito botón de enviar. Cuando redacto un tuit, a pesar de haberlo repasado varias veces, semántica, sintáctica y estéticamente, no puedo evitar sentir una especie de vértigo al pulsar el dichoso botón. Y eso que en mi caso sólo soy un ciudadano anónimo sin presencia ni imagen pública que necesite lustre y esplendor. Imagino el pánico de algunos mal llamados VIPs – es un término clasista estúpido – a la hora de enviar sus propios comentarios o cuando responden a los de sus seguidores.

“estamos sometidos a la duda permanente sobre si debemos o no pulsar el maldito botón de enviar”

Alejandro Sanz ha sido la última víctima del maldito botón de enviar, aunque bien podríamos decir, que a pesar de que seguramente sea una persona ocupada, tal vez parte de su trabajo consista en informarse un poco antes de pulsar el botoncito. Su error ha sido confundir a la atleta Marta Dominguez con la infortunada Marta del Castillo, una anécdota casi graciosa si no fuera por las doloras implicaciones que tiene el tema de la pobre chica sevillana. Los cazadores virtuales de VIPs no han tardado en arremeter contra el cantante a pesar de su rectificación, retirada del comentario y sus disculpas. Estos adalides de la justicia de las redes sociales no deberían dejarse llevar por su crudeza porque pueden conseguir simplemente que famosos, políticos o artistas dejen de comentar o de interactuar con la gente, que precisamente es la gracia de estas redes. También podría suceder que estos lugares de encuentro perdieran incluso frescura, espontaneidad y se encorsetasen de manera que en vez de expresar libremente sus opiniones, los famosos se limitaran a tener un perfil privado inactivo de cara al público en general.

Todos nos equivocamos, todos decimos estupideces y tal y como comenté en mi entrada “El silencio de Newton” cuán valioso y preciado es ese silencio que no nos declara estúpidos de manera abierta.

Al margen de la mayor o menor cultura de Alejandro Sanz o de su coeficiente intelectual, datos ambos que desconozco, deberíamos darle la oportunidad de rectificar y aceptar sus disculpas sin más polémicas.

Si continuamos apretando las tuercas o tensando la cuerda las redes sociales se convertirán en insulsos puntos de encuentro donde nadie se atreverá a pulsar el maldito botón de enviar para decir lo que piensa o cuando lo haga tras miles de revisiones el comentario perderá la inmediatez y la frescura necesaria.

Respetemos a los que se equivocan y tienen la capacidad y la humildad de reconocer su error, tratar de enmendarlo y disculparse por él. Es una evidente muestra de sabiduría.

Enlace:

La metedura de pata de Alejandro Sanz

Mi mujer tiene la maravillosa teoría de que todo en el Universo tiende a equilibrarse, de manera que si se produce una acción negativa, el Universo-Naturaleza-Llámale X busca su contrario positivo para compensar. Ese fue el argumento insistente que usó a lo largo de toda la final del mundial para tranquilizarme diciendo que España no podía perder. Era imposible. Era un hecho incuestionable de justicia poética universal. En este caso el tiempo – a partir del minuto 116 de partido – le dio la razón.

Sin embargo a veces las cosas que acontencen son tan … no sé ni como calificarlas … tan jodidamente perversas, que me resulta tremendamene difícil creer que la justicia poética universal exista.

En concreto la última perversidad humana que me tiene absolutamente anonadado es el juicio del caso de la pobre Marta del Castillo.

“A veces las cosas son tan jodidamente perversas que me resulta difícil creer que la justicia poética universal exista”

Cuando veo caminar tranquilamente, con porte chulesco, pelo engominado y gafas de sol, a Samuel Benítez algo se revuelve en mi interior. Cuando le oigo defenderse con soltura, con una frialdad que dejaría perplejo a Ted Bundy (el mayor psicokiller de Estados Unidos), me entran ganas de vomitar. O peor aún, de acercarme a los juzgados y partirle la cara. Seguramente este acto me reportaría muchas más complicaciones legales de las que estos “chicos” tendrán a lo largo del resto de sus vidas.

Ya he comentado en una entrada anterior mi absoluta oposición a la pena de muerte y mis razones, pero a veces dan ganas de saltarse a la torera esos principios y plantarse. Y al menos gritarle a la cara a esos desalmados lo que pienso de ellos, el dolor que me produce ver los rostros deshechos de los padres de Marta, que no es que tengan que revivir estos días lo que sucedió, es que hasta que no encuentren el cadáver de su hija y la entierren, y la lloren, y se despidan de su ataud, jamás van a poder seguir con sus vidas con normalidad. A lo mejor es esa justicia poética universal que tiende a equilibrarlo todo y en la que me resisto a creer, la que me empuja a escribir esto, a pensar en esto. Porque si cierro los ojos se me aparece el rostro sonriente de este chulo desafiante, con sus gafas de sol y su actitud arrogante, como si fuera a una tasca a tomarse un vino con los colegas y no a un juicio a explicar qué demonios hizo con Marta.

“¿No sucede que a resultas de este morbo mal dimensionado engordamos el ego de personas que no lo merecen?”

Creo en la presunción de inocencia.

Creo que el estado de derecho tiene que defender a capa y espada a los presuntos culpables para evitar la posible injusticia de acusar a inocentes pero… ¿es necesario todo este circo alrededor de estos – de momento – no culpables? ¿No estamos alimentando con avidez el deseo morboso de ver sus rostros en la pantalla, sus reacciones, sus palabras? ¿No sucede que a resultas de este morbo mal dimensionado engordamos el ego de personas que no lo merecen?

No me gusta esta entrada, me siento mal, triste y decepcionado conmigo mismo por no ser capaz de arrancarme algunos sentimientos positivos, aunque sea a pellizcos.

Trataré de aferrarme a la idea de mi mujer, porque tal vez sea necesario creer en la justicia poética universal para sobrevivir.

Enlaces:

Tres acusados curtidos en interrogatorios

La historia de Ted Bundy