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Mi padre tiene casi setenta años y se resiste a jubilarse. Es maestro – él insiste en que esa es la palabra que realmente le define – y desde hace más de treinta años dirige un colegio público. Hace años, cuando el boom del ladrillo estaba en su apogeo, un antiguo alumno – del grupo de los zoquetes – , aparcó su coche de alta gama junto al eterno Renault cinco de mi padre – finalmente, el coche se ha jubilado antes que él – y bajándose muy ufano le espetó “¡Mira que coche tengo! ¡Gano más del triple que tú¡ ¿Ves cómo no servía de nada estudiar?”.

Es en estos días convulsos de crisis, en los que me acuerdo de aquel idiota y siento pena por él, pues le imagino sentado en su raído sofá, con su chándal de marca, su gorra, sus deportivas de doscientos euros, llenas de agujeros, jugueteando con las llaves del cochazo que no puede utilizar porque no tiene dinero para gasolina – ¡consume un huevo, el jodío! – ni para el seguro, mirando un programa de tele basura junto a su pobre madre que ahora ha vuelto a hacerse cargo del niño.

¿Cuántos habrá como él en este país?

¿Cuántos hicieron el imbécil delante de sus antiguos profesores, que lo único que trataron de conseguir fue inculcar un poco de decencia y sentido común en esas cabezotas rapadas?

¿Cuántos se arrepentirán de sus palabras y las rumiarán una y otra vez sabiendo – temiendo – que a lo peor sus profesores se están carcajeando de ellos?

Lo que no saben es que sus maestros no se alegran de su desgracia, todo lo contrario, se sienten apenados y un poco fracasados porque por lo que a ellos respecta no fueron capaces de enmendar la torcida percepción de los valores de sus alumnos.

La desilusión y el error de despreciar la educación y la formación no son exclusivos de la clase menos preparada de la sociedad, también existen algunos casos – los conozco – de titulados universitarios que desencantados por su situación personal en la que cobran una miseria – si es que cobran – y penan por un puesto de trabajo decente, piensan exactamente lo mismo. ¿Ves como no servía de nada estudiar?

Sin embargo yo pienso justo lo contrario. La formación y la preparación nos permiten saber, conocer el porqué de las cosas, nos capacita para tratar de dar sentido a la realidad que nos rodea de una manera lógica y nos regala recursos para luchar contra las crisis y las injusticias que conlleva.  En estos tiempos difíciles que corren, las posibilidades de encontrar un buen trabajo – siquiera un mal trabajo – son mucho menores, pero si nuestro abanico de recursos es mayor, podremos enfrentarnos al reto con alguna garantía más de éxito que si ni siquiera tenemos un paipái. Conozco casos sangrantes de jóvenes sin apenas formación ni cualificación, que trabajaban en sectores muy vinculados a la construcción, ganando miles de euros mensuales, que se gastaban más de mil euros en cada una de las llantas de su flamante deportivo. Ahora se comen con patatas las llantas y hasta el volante si hace falta, de un coche que no pueden pagar.

“La formación y la preparación nos regalan recursos para luchar contra las crisis y las injusticias que conlleva.”

En este país inflamos un monstruo soplando un poco entre todos y no nos estábamos preparados para que reventara, además de dejarnos llevar por la corriente favorable, simplemente porque era lo más fácil. Era fácil decir que sí a sueldos astronómicos y abandonar los estudios. Era fácil hipotecarse sin precaución – ¡Si esto no para de crecer! – y vivir por encima de las posibilidades reales… lo pienso y se me ponen los vellos de punta… porque aquella locura consumista ha desembocado en la austeridad extrema, y, señores, ni Don Juan ni Juanillo.

Como no nos centremos y no revisemos el fondo del lago, en pocos años estamos otra vez enfangados creyéndonos  – pido perdón por triplicado – los putos amos del puto mundo.

Y la única puta que yo conozco ahora, se llama realidad, que como nos coja por el pescuezo y le dé por apretar todavía más con sus garras retorcidas, nos va a dejar sin resuello.

Espero que mientras trato de distinguir su feroz sonrisa, no me suelte aquello de “¿Ves como no servía de nada estudiar?”. 

Vídeo: Españistán, de la Burbuja Inmobiliaria a la Crisis

Hay una máxima, cuyo autor no recuerdo, que dice que lo importante es que hablen de uno aunque sea mal. No sé si en este país se lleva a cabo deliberadamente, pero lo que está claro es que, últimamente, en el mundo hablan de nosotros, sí, y el resultado deja que desear.

España lidera varios rankings que me llaman la atención poderosamente.

Ojo al dato, nuestro país es líder europeo (y en algunos de los casos, mundial) de lo siguiente:

 1.- Cifras de paro (22,8%)

2.- Sexo de pago (el 39% de los españoles – imagino que varones, esta hipótesis es mía – alguna vez han recurrido a servicios sexuales de pago).

3.- Consumo de cocaína (3,1 % entre la población de 15 a 64 años)

4.- Ranking FIFA.

5.- Uso de gadgets – las mini-aplicaciones que permiten, entre otras cosas, personalizar la navegación en internet y el acceso a la web –

6.- Uso de Redes Sociales vinculado a las compras online (el 94,3% de los Españoles que usa internet, lo utiliza para hacer sus compras).

7.- Carrera por criar atún rojo en piscifactorías

De esta variopinta lista me surge una crucial pregunta ¿Comprarán los españoles parados la coca y el sexo por internet utilizando un gadget de google mientras celebran un triunfo de la sección de fútbol? – lo del atún me resultaba muy difícil encajarlo en la frase –

¿O simplemente esto significa que estamos jodidos, que nos gusta pagar para joder, a ser posible drogados, que nos van las pamplinas tecnológicas, el fútbol y, qué narices, que somos unos máquinas criando atunes?

Ya en serio, no tengo claro si podemos extraer conclusiones fidedignas de la idiosincrasia española a la luz de estos datos, pero un malévolo observador – extranjero o no – podría tener la sensación de que en la tierra de María Santísima utilizamos cualquier excusa – especialmente si es ilegal, inmoral o engorda – para evadirnos de la dura realidad económica.

No creo que esto sea del todo cierto, a lo mejor sólo significa que somos los más sinceros a la hora de responder a las preguntas de los encuestadores, a diferencia de nuestros vecinos – civilizados pero mentirosos – .

Otra cuestión que me reconcome es ¿Cómo se consiguen estos datos? ¿Se realiza una sencilla encuesta telefónica del tipo que les sugiero a continuación?

 Encuestador – ¿Va usted de putas?

Encuestado – Claro, con todos mis vecinos.

Encuestador – ¿Consume usted cocaína?

Encuestado – A diario.

Encuestador – ¿y los atunes, qué tal?

Encuestado  – Los atunes, de maravilla, no como el trabajo, que estoy en paro.

Y el encuestador se limita a poner una crucecita en la lista sin tener en cuenta el sarcasmo.

“Un malévolo observador – extranjero o no – podría tener la sensación de que en la tierra de María Santísima utilizamos cualquier excusa – especialmente si es ilegal, inmoral o engorda – para evadirnos de la dura realidad económica.”

A mí lo que me parece es que algunas veces los tópicos se cumplen a rajatabla y aquí somos más papistas que el papa, de manera que si hay que ir se va, o sea que a echar más horas que un reloj – los españoles somos los europeos que más horas pasamos en el puesto de trabajo – y a salir de juerga en cuanto se pueda. Luego, como cuando viajamos sólo hablamos de las juergas que nos pegamos – ¿quién en su sano juicio va a hablar del trabajo, tal y como está el patio? si te descuidas, le hablas a tu vecino que lleva en paro dos años, de tus marrones con el jefe, y te rompe la nariz de un puñetazo – , pues eso, que parece que estamos todo el santo día sin dar golpe.

No pretendo frivolizar los escalofriantes datos, pero me apetecía ser un poco gamberro, saltar un rato en la cama elástica, a ver si salía la porquería escondida debajo.

Los números aunque son manipulables y las encuestas tendenciosas, no suelen mentir, y lo que está claro es que algo falla bajo este sol que nos alumbra, el mismo que calentó las calvas de insignes literatos y grandes hombres, porque si la prostitución mueve esa cantidad de millones de euros y cuatro de cada diez españolitos ha ido alguna vez a un prostíbulo – y no precisamente a echar unas risas con los amigos en una despedida de soltero – es que algo anda mal en muchas azoteas.

Siempre podremos decir que, al menos, somos los número uno del ranking.

He leído una interesante entrevista al escritor Santiago Posteguillo donde afirma sobre el protagonista de su nueva novela, el emperador Trajano, lo siguiente: “tuvo una gran capacidad de supervivencia en un entorno hostil. Respetaba a los subordinados. Era un gran militar, con agallas. Fue buen gobernante; en una época de gran crisis política, militar y económica supo sacar a Roma de ellas. Hizo política de empleo de manera quizá discutible, enviando a los parados de entonces a las legiones. Hoy habría sabido qué hacer”. En general, salvo lo de mandar a los parados a las legiones – a más de un avispado político ya se le habrá pasado por la cabeza – estoy bastante de acuerdo en que Trajano habría sabido qué hacer en estos tiempos de crisis.

Necesitamos – con urgencia – líderes que se aprieten los machos, cojan el toro por los cuernos y le echen imaginación y narices para sacarnos de esta. Porque, entre otras cosas, ellos nos metieron. Nos metieron cuando hicieron la vista gorda ante el brutal crecimiento de la construcción, sustentado principalmente por la creencia del falso valor de las cosas, llegando incluso a declarar en sus discursos que era bueno para España. Nos metieron cuando permitieron que el Banco de España mirara para otro lado cuando las entidades bancarias compraban hipotecas basura estadounidenses al mismo tiempo que incitaban a las familias a endeudarse sin pudor.

Ahora toca apechugar.

Han creado una Unión Europea que a todas luces es cualquier cosa menos una unión real. Distintas políticas económicas, distintas normas o distintas reglas de juego no pueden cohesionar un grupo de países que lo único que comparten es la moneda y el miedo a que tengamos que pagar entre todos el error de unos pocos.

El rescate a los bancos se justifica diciendo que sería peor que cayeran porque los usuarios se verían perjudicados. ¿Esto es realmente así? ¿No será peor mantener las carísimas estructuras de entidades que no son capaces de gestionar eficazmente nuestros ahorros? ¿No es un poco tener la cara más dura que el cemento armado acudir a las ayudas públicas cuando se hunden y no acordarse de nadie cuando ganaban millones de euros en operaciones arriesgadas a cuyas consecuencias se enfrentan ahora?

 No soy economista y realmente no entiendo casi nada de lo que pasa, sólo escucho a los expertos que hablan de recortes, de sacrificio, de aguantar el tirón con sueldos ridículos – que por cierto ya llevábamos aguantando en época de bonanza – y empleo precario y lo que me dan ganas es de salir a la calle y gritar que lo aguante su puta madre – perdón – .

No sé cuál es la solución, ni cuál es la mejor medida para combatir la crisis que el miedo a la propia crisis acentúa. Lo único que sé es que necesitamos que algún político se plante, deje de decir lo que quieren oír sus votantes para mantener el culo en el asiento y sea honesto, sincero, valiente y sobre todo imaginativo, para conseguir que salgamos de esta con vida.

No me hagan tener que gritar ¡Que vuelva Trajano!

Enlaces:

Trajano sabría cómo solucionar la crisis actual

Podría contar la historia del arquitecto de treinta y pocos, que habla cuatro idiomas y lleva dos años en paro, picando acá y allá en trabajos mal pagados y peor considerados. O la del ingeniero industrial, tres idiomas, un máster, que no tiene más salida que crear una empresa, avalando con el patrimonio familiar (la casa de sus padres) y perdiendo el sueño – y el pelo – para que él y su socio y sus pocos – entre uno y dos – empleados cobren a fin de mes.

Pero no.

Esas historias son las de siempre, las conocemos bien, sabemos que esas personas se levantan cuando los gallos aún no cantan, comen de pie en las barras de los bares y llegan a casa tan cansados que a veces se duermen antes de tocar el sofá. En el caso del arquitecto en paro, se levantan cuando los gallos aún no cantan, se leen de pe a pa las ofertas de trabajo, acuden a entrevistas, envían su Curriculum, cientos de emails…

La historia de la que quiero hablar hoy es la de José Luis, Gregorio y Javier, tres amigos a los que han despedido de su trabajo. Todos tienen una edad difícil, esa en la que no están tan cerca de jubilarse como para que les compense prejubilarse y en la que ya no son jóvenes. Su perfil alto y gran conocimiento es de difícil encaje y más en los tiempos que corren.

Sin embargo, estos tres amiguetes han aplicado el ingenio y han conseguido jugar sus cartas con una habilidad digna de Juan Tamariz. De manera que, como tahúres de bar de mala muerte, han sacado los ases de sus mangas impecables y evitando que se les enganchasen en los gemelos de oro, han ganado la partida. Su patrón ha accedido y les ha compensado a los tres con una buena indemnización, una nadería: casi veinticuatro (24) millones de euros (a repartir).

Los tres amigos son los antiguos gestores de Novacaixagalicia, una caja intervenida y que ha necesitado una inyección de dinero público – es decir, de todos nosotros – que asciende a 2.465 millones de euros del Estado.

Alguno de ellos podría pensar que, total, mejor que me lo quede yo, y no Novacaixagalicia si al final se lo van a gastar los ayuntamientos en construir y reconstruir el mismo badén durante tres semanas – el caso del badén infinito merecería otro artículo a parte – .

Ante estas cifras, estos hechos y estos sinvergüenzas ¿qué pueden hacer el arquitecto en paro o el ingeniero emprendedor? ¿Plantarse en la Gran Vía y romper escaparates? (Ganas no faltan) ¿Quemar la sede de Novacaixagalicia, con los amiguetes indemnizados dentro a ser posible?

Si supiera la solución, la diría, pero la desconozco.

Los ciudadanos de a pie seguimos estando en manos de las conciencias de personas que gestionan nuestros ahorros y nuestros impuestos y mientras no existan mecanismos objetivos de control, lo seguiremos estando.

Los políticos, que al fin y al cabo son personas que elegimos para que nos representen, – no es operativo que nos juntemos 45 millones de españoles en una explanada a decidir a mano alzada cómo hacer las cosas – deberían dejar en un rincón la escopeta de disparar mierda, – perdón por lo gráfico de la metáfora –  calzarse el mono y la pala y ponerse a currar, a pensar, a proponer, a ilusionar y a convencernos de que son dignos merecedores del poder que les otorgamos – que no lo olvidemos emana del pueblo, que no es un ente sin cara, somos todos y cada uno de nosotros -.

Que utilicen ese poder, por favor, pero para arreglar este desaguisado

Por último, sabiéndome harto repetitivo y cansino, voy a permitirme sugerirles que empiecen por deshacerse -a ser posible gratis- de estos golfos que nos cuestan decenas de millones de euros.

Esta mañana he asistido al despido de un compañero.

Ni siquiera es mi amigo, ni he tenido la ocasión de trabajar con él codo con codo.

Hasta hace unas horas era una persona que tenía un despacho frente a mi sitio, que realizaba una labor más o menos desconocida para mí… ahora es un padre de familia que quita las fotos de sus hijos del tablón de corcho de la pared. Un hombre que llena una caja de cartón con cosas que durante muchos años de trabajo ha acumulado.

La conclusión final es muy sencilla: sólo quedan las personas.

Es decir, detrás de los índices, de los gráficos, de los resultados, de los abismos económicos, de la recesión, de la deuda griega, de las primas de riesgo y la madre que las parió, – esto me ha quedado muy Pérez Reverte – lo único que hay son personas.

Personas que vuelven a casa un martes y trece a las diez de la mañana con una caja de cartón y recuerdos.

¿Cómo será el despertar del día después? La alarma del despertador vuelve a sonar a las 6:30 porque ha olvidado desconectarla y hasta que no pasan varios minutos, en los que inconscientemente ya ha iniciado la rutina de los últimos años, no es consciente de que no tiene que ir a ninguna parte. Entonces se sienta en la cama, perdido, aturdido, sin nada que hacer.

Es muy fácil opinar sobre algo cuando no le pones ni una cara ni unas circunstancias personales, sólo te limitas a disertar o a esbozar, con más o menos desaciertos  gramaticales y de estilo, temas que te sugiere la realidad o simplemente una imagen o una foto.

¿Pero qué sucede cuando miras directamente a los ojos de una persona que se enfrenta al abismo? ¿Dónde están y de qué valen las vacías palabras de tinta?

La vida es dura y cuando te somete a una prueba repentina no hay preaviso y sólo queda la propia capacidad para encarar las circunstancias y sobreponerse.

Cuando pienso en la futura educación de mis futuros hijos, aspiro a ser capaz de dotarles de entereza y mecanismos que les permitan dos cosas: ser coherentes y ser capaces de enfrentarse a las adversidades.

La mayor enseñanza que los años me han regalado es que, al final, detrás de todo el teatrillo que nos hemos inventado, sólo quedan personas.

Ojalá el paso del tiempo no nos haga olvidar jamás que son lo único importante.