Archivos para febrero, 2012

“La celda se cierra con un chasquido metálico y los compañeros se miran, asustados. Ambos están de pie, sosteniendo una muda de ropa limpia con ambos brazos, embutidos en el uniforme azul claro de los reos. La celda es un espacio de 4 x 3, con una litera, un retrete de metal sin tapadera y un lavabo. Las paredes grises, llenas de toscas pintadas y mensajes, envuelven el conjunto. Más allá de las rejas sólo se vislumbran pasillos enrejados. El paisaje exterior, la libertad, no alcanza ni a verse ni a oírse a través del estrecho ventanuco, situado en lo más alto de la pared opuesta a la entrada, por el que se cuela lo único que les queda de la vida que han dejado atrás: un pequeño rayo de luz.

La tarde parece morir ahí fuera, tan lejos y tan cerca a la vez de los compañeros de celda.

Son dos hombres, uno de ellos de cuarenta y pocos, el otro de treinta y tantos.

El de más edad es rubio, bien parecido, alto y esbelto. Con ojos azules que miran con desconfianza y terror mal disimulado. Los labios finos se curvan en un leve rictus que no se sabe muy bien si es de asco o desprecio. Se nota que no está acostumbrado a sitios como aquel. Su rostro tenso parece expresar en silencio una queja al mundo, al sistema o a los que han permitido que ahora se encuentre allí, encarcelado, compartiendo celda y retrete con un desconocido.

El otro es moreno, bajo y fornido, con manos grandes y callosas, acostumbradas a bregar con la realidad. Su mirada de ojos oscuros declara indignación, rabia y miedo.

El silencio se instala entre ambos, incapaces de articular palabra. El más alto mira la litera y vuelve la mirada hacia su compañero que se encoge de hombros. Asiente y se dirige hacia la parte de arriba. El preso moreno sacude la cabeza resignado, acostumbrado a que siempre escojan primero los tipos como su compañero de celda, con su actitud altiva hacia la vida, como si el resto de los humanos les debieran algo.”

Esta escena es pura ficción, jamás tendrá lugar, aunque sus protagonistas son personas reales.

El moreno es camarero, un currante, dedicado a aguantar a borrachos y a clientes, acostumbrado a llegar a su casa destrozado, a las tantas de la madrugada, para dejarse caer como un fardo junto a su mujer, dormida hace horas. Su mujer no trabaja y el único sueldo que entra en casa es el suyo. Soportan estoicamente una hipoteca que con mucha suerte terminarán de pagar dentro de treinta años. Este último mes no han ido bien las cosas, el banco aprieta, el desahucio pende sobre sus cabezas como una espada amenazante. El camarero ha estado tan acosado por la deuda que ha cometido una locura; ha robado 1500 euros de la caja de la sidrería donde trabaja.

Y le han descubierto.

Ahora se enfrenta a una pena de entre 6 y 18 meses de cárcel, como no tiene antecedentes y la condena sería menor a dos años no irá a la cárcel. Así podrá dedicarse a buscar otro trabajo para pagar la deuda con el banco si no quiere verse en la calle.

El rubio está casado con una infanta, ganó alguna medalla olímpica jugando al balonmano y cuando abandonó el deporte, gracias a que su suegro es quien es, consiguió un empleo en una fundación sin ánimo de lucro. Y gracias a ese empleo – presuntamente – ganó ilícitamente millones de euros. Ahora le están juzgando por todas estas acusaciones y probablemente, nunca pise una cárcel, al igual que su compañero ficticio, el camarero.

Seguramente las oportunidades para hacer borrón y cuenta nueva de ambos y reconducir su vida sean las mismas, ¿verdad?

Enlaces recomendados:

Roba para pagar la hipoteca

Iñaki Urdangarín regresa al Juzgado de Palma de Mallorca para continuar su declaración

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Anoche vi en televisión un reportaje sobre negocios que iban bien a pesar de la crisis, incluso podría decirse que van mejor gracias a ella. Todos estaban relacionados con la misma temática: la videncia, adivinación, rituales, etc… En uno de los casos, el dueño de la empresa poseía varias tiendas de venta al público de elementos y complementos de todo tipo relacionados con estos temas: cartas, péndulos, velas, piedras, soperas  – yo tampoco entendía para qué narices necesita un adivino una sopera, a menos que hierva en ella las entrañas de algún animal, para leer el futuro en ellas – y una innumerable cantidad de artilugios. El empresario llevaba diez años en el negocio y se jactaba – con mucha razón – de dar trabajo a más de doscientas familias. Cada una de sus cuatro o cinco tiendas podía facturar una media de 30.000 € mensuales – hagan el cálculo –. Pero – ahora viene lo mejor – el negocio principal de este señor no eran las tiendas, no, eran los pedidos que servían desde una vastísima nave industrial a toda Europa.

“Estos tiempos de incertidumbre y zozobra alientan a consumir cualquier tipo de elemento que pueda contribuir a mejorar nuestro estado de ánimo o nuestra percepción de la realidad.”

No critico a este buen hombre que ha sabido buscar un nicho de mercado, un filón, vamos, en un sector que se nutre de la necesidad y la desesperación. Él tenía muy claro que no cree en nada de esto pero que cada cual es libre de creer – muy cierto – en lo que le venga en gana.

Al parecer, estos tiempos de incertidumbre y zozobra alientan a consumir cualquier tipo de elemento que pueda contribuir a mejorar nuestro estado de ánimo o nuestra percepción de la realidad. La mente es poderosísima y como decía otro señor – con un negocio de videncia telefónica – si llama una persona preguntando si va a aprobar las oposiciones y le contestamos que sí, sin duda, las aprobará. ¿Efecto placebo al escuchar las palabras de ánimo? ¿Una posibilidad apoyada por un vaticinio se convierte en certeza, simplemente porque la actitud del interesado ante la predicción cambia por completo? Podría ser.

Independientemente del efecto positivo, inocuo o nocivo de las artes adivinatorias y similares, lo que yo quería recalcar, es que los tiempos duros empujan a la inventiva. La famosa frase “el hambre agudiza el ingenio” se hace carne en nuestra piel de toro cada día. Desde un antiguo operario que se pasa a la “adivinación” y la “santería” a un informático que diseña broches de tela. La crisis es una palabra griega – ¡que paradoja! – que significa renovación, cambio, y de ese se trata, de cambiar el modelo. El modelo de negocio o incluso el modelo de pensamiento. Olvidemos la comodidad – a ostias nos han demostrado los antidisturbios que se ha acabado – y empecemos a crear, a innovar, a emprender, a lanzarnos a las procelosas aguas del autoempleo, de la lucha, de la supervivencia.

Estoy convencido que aunque sea disfrazados de curanderos, de alguna manera el final de la crisis está en nosotros mismos y, sobre todo, en nuestra actitud ante la vida. Se acabó el “a verlas venir”, ahora hay que ir a por ellas.

Como bien cantaba Extremoduro, esta es una “Tierra de Conquistadores, no nos quedan más cojones”.

La mirada del moribundo

Publicado: 21 febrero, 2012 en historias
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Si fuésemos capaces de aplicar con sentido común la perspectiva para contemplar la vida, seguramente el mundo sería un lugar mejor, o al menos más soportable. No digo que en ocasiones no lo sea, pero últimamente parece que todo es malo y que los tiempos que se ciernen sobre nosotros, oscurece cualquier atisbo de claridad esperanzadora.

A mi alrededor se masca la desilusión y el miedo por la incertidumbre con la que los políticos, los banqueros y los especuladores – a veces los tres se concentran en una sola persona – , han cimentado el suelo que pisamos a diario.

La desilusión sólo se combate con esperanza y esta misma esperanza es la que nos alienta para enfrentarnos al miedo.

A mí me ayudan a soportar esta extraña situación, las pequeñas y grandiosas a la vez, historias con las que me topo. Por ejemplo la agridulce noticia de la madre que ha adelantado el nacimiento de su hija, para que la conozca y la sostenga en brazos su padre moribundo.

“Si fuésemos capaces de aplicar con sentido común la perspectiva para contemplar la vida, seguramente el mundo sería un lugar mejor, o al menos más soportable.”

Veo la foto en la que el bebé dormita en el regazo de su padre enfermo, que mira al infinito con tristeza. ¿Qué pasará por la mente de este hombre? ¿Soñará con el futuro que su hija tendrá y que a él se le ha negado ver – como si se tratara de un Moisés castigado por Yahvé enfrentado al sueño imposible de pisar la Tierra Prometida – ? ¿Estará feliz por saber que esa pequeña y hermosa criaturita es la herencia que deja al mundo? ¿Triste al pensar en que crecerá sin él?

Tal vez piense en todo esto, o solamente se limite a sentir el contacto de su hija y el amor que con seguridad emana de lo más hondo de su alma y fluye, invisible, como una corriente eléctrica hacia ella.

El hombre falleció a los cinco días.

Esta historia es la constatación de que las cosas importantes de la vida pueden contarse con los dedos de una mano, y sobran dedos. Las pequeñas mezquindades por las que nos afanamos en preocuparnos y tomarnos en serio, no son más que minúsculas razones autoimpuestas para no ser felices, para negar la evidencia: que la vida es mucho más sencilla de cómo nos hemos empeñado en hacernos creer a nosotros mismos.

Todo depende del cristal con el que se mire, y del estado de ánimo en el que las circunstancias cotidianas nos imbuyan, desde luego. Pero no es justo quejarse por nada, ni lamentarse por todo. Lamernos  las heridas con fruición no contribuye a mejorar nuestra vida, ni lo que realmente es más importante: la de los demás.

“La desilusión sólo se combate con esperanza y esta misma esperanza es la que nos alienta para enfrentarnos al miedo.”

Detengámonos por un instante en la mirada de este hombre, tratemos de ponernos en su piel y seremos capaces de elevar a la categoría de estupidez absoluta la mayoría de las cosas que nos preocupan.

Agarremos con fuerza el momento presente y sintámoslo como único e irrepetible, como un regalo que la Vida, la Fortuna, el Universo o llámalo X, nos ha otorgado.

Hagámonos dignos de merecerlo.

Enlace: La última mirada de papá

Me he conjurado conmigo mismo para evitar entrar al trapo de determinadas noticias, pero reconozco que he perdido: han agitado el paño rojo ante mí y he embestido como un miura desbocado. Hasta hace diez minutos tenía preparada una entrada – que espero mañana no degluta otra noticia que me hierva la sangre – con una historia preciosa y emotiva, pero el día me ha ido calentando y tengo que desahogarme.

Empiezo esta mañana, en la puerta de mi trabajo donde me encuentro a un abuelete agitando un cencerro – esto no es una metáfora, es literal – en supuesta defensa de nuestras condiciones laborales. No acabo de entender el símil con los cabestros, tal vez esté incitando a que le entremos al trapo cual toro bravo, o a lo mejor está simplemente recordando su infancia entre pastos verdes y vaquitas, ni idea, lo confieso. La cuestión es que en cierta forma, su extraña e irrespetuosa actitud hacia los que entrábamos a trabajar me ha molestado bastante.

Continúo por la tarde, escuchando a un idiota – no puede calificarse de otra forma – representante de la CEOE (la asociación de empresarios) vociferando ante sus oyentes que deberían quitar la prestación por desempleo a los parados que rechacen una primera oferta de trabajo “aunque sea en Laponia”. Verán, lo primero que se me pasó por la cabeza fue proferir un mal educado improperio, pero luego pensé que, como dice mi suegro, “no merece la pena hacer casos a medios días habiendo días enteros”. El discurso del empresario se califica por sí mismo.

Después, tras un día de trabajo, llego a casa y lejos de encontrarme al italiano que anuncia los Capuccinos, me topo con un alto responsable de la policía que ante la atónita mirada de la delegada del gobierno de Valencia habla de “no desvelar tácticas al enemigo” refiriéndose a adolescentes de instituto. Las imágenes de los policías antidisturbios empujando violentamente a niñas o aporreando diputados, periodistas, chavales y todo el que les pusiera por delante me retrotraen a épocas pasadas que afortunadamente no viví.

Estos tres ejemplos – el del cencerro, el de Laponia y el de los palos – son muestras vivientes de que estamos rodeados de mediocridad y poca inventiva, en estos tiempos oscuros nadie se trabaja ni las metáforas y la sensación que se me queda es que la imbecilidad ha obtenido el grado de normalidad.

Da la sensación de que extremistas de uno u otro signo van a aprovechar la confusión y el miedo que produce la incertidumbre en la que vivimos para armar ruido. Se comportan como los radicales que se esconden en la masa para provocar incidentes, tiran la piedra y esconden la mano.

Es la historia de siempre en la que el del cencerro, el de Laponia y el de los palos enturbian la imagen hasta distorsionarla y transformarla a su antojo.

Lo grave sería confundir esa distorsión con la realidad.

Enlaces:

Al menos 20 detenidos en los enfrentamientos entre estudiantes y policía en Valencia

La CEOE pide retirar la prestación a quien rechace un trabajo «aunque sea en Laponia»

Hace tiempo escribí acerca de la indignidad cometida – en mi opinión  – por el extinto programa de Tele 5 “La Noria” al haber entrevistado a cambio de una importante suma de dinero a la madre del menor condenado por el asesinato de Marta del Castillo.

La repercusión mediática de aquella entrevista fue bastante grande, sobre todo a raíz de un artículo publicado por el bloguero y periodista Pablo Herreros y una petición de firmas para que los anunciantes retiraran su publicidad del programa. El resto de la historia es bien conocida: todos los anunciantes fueron desapareciendo de la Noria hasta “obligar” a los directivos de la cadena de televisión a retirarlo, o al menos reconvertirlo en algo “distinto”.

Se debatió mucho aquellos días de si los anunciantes tomaron la decisión de negar su patrocinio por puro interés publicitario o por auténtico convencimiento ético. Yo creo que en parte, como todo en la vida, fue un poco de ambos motivos. Seguramente a los anunciantes no les gustaba ver su nombre asociado a un programa que pagaba a familiares de delincuentes y además aprovecharon el tirón publicitario de la polémica para alinearse junto a la ética y la defensa de los valores positivos.

Hoy he leído acerca de un caso semejante: el famoso óptico Alain Afflelou ha anunciado su veto a los patrocinios de Canal Plus como consecuencia de la parodia de los guiñoles franceses, en la que se insinuaba – más bien se voceaba– la implicación generalizada de los deportistas de éxito españoles en casos de dopaje. Afflelou conseguirá sin duda notoriedad mediática y una campaña de publicidad gratuita, sobre todo en territorio español donde tiene 250 tiendas.

 “La importancia de lo que sucede, o mejor, la importancia de su repercusión, se mide en el número de menciones en twitter”

En el mundo de la tecnología y la inmediatez, donde cualquiera de los millones de usuarios de las redes sociales se convierte en reportero, cualquier hecho, por muy estúpido y trivial que sea – como parodiar con monigotes a famosos deportistas – se engrandece. La importancia de lo que sucede, o mejor, la importancia de su repercusión, se mide en el número de menciones en twitter, noticias compartidas en Facebook o similar. Por eso, los avezados publicistas, o los propios empresarios, no dudan en reaccionar velozmente a una posible cascada de comentarios negativos a nivel mundial. Se trata del clásico renovarse o morir.

A día de hoy el dicho se ha reescrito y ya “no es importante que hablen de uno, aunque sea mal”, sino “que mi marca sea trending topic”.

Y es que, en realidad, el fondo del asunto no han cambiado, sólo las formas.

Enlaces:

El óptico Alain Afflelou retira su publicidad de Canal+ por la polémica de los guiñoles

Andrés Cortés: El precio de la indignidad

Pablo Herreros: Comunicación se llama el juego

Si nos volvemos demasiado exquisitos y llevamos la coherencia al extremo – lo que en lenguaje vulgar llamaríamos “cogérsela con papel de fumar” – podríamos cometer el error de dejar pasar oportunidades para hacer algo bonito.

Me estoy refiriendo al día de los enamorados, imagino que si ves la tele y lo ves todo rojo y lleno de corazoncitos te habrás dado cuenta de que ayer, 14 de febrero, fue el día de los enamorados. Durante años, con la excusa de que era un invento del Corte Inglés, me he resistido a comprarle nada a mi mujer – a veces lo hacía, otras no – pero lo único que conseguía, a parte de un posible enfado, era perderme un momento feliz. La excusa para hacer feliz a alguien es lo de menos, ¿qué importa que sea un invento para potenciar el consumo? ¿y qué, si Santa Claus era verde hasta que la coca-cola de los años treinta lo reinventó? Lo importante es el fin, y el medio, en este caso, es lo de menos.

San Valentín fue un mártir del siglo III que casaba a matrimonios cristianos en secreto hasta que fue capturado y ejecutado por el emperador romano. Con el tiempo fue santificado y su sacrificio le hizo merecedor de ser el patrón “oficial” de los enamorados. La versión cristiana de los antiguos dioses paganos son los santos dedicados a determinadas causas. El dios del amor fue sustituido por el santo patrón del amor, etc.

“La excusa para hacer feliz a alguien es lo de menos”

Dejando la historia y volviendo al presente, he de reconocer que me gustan las celebraciones casi impuestas, como San Valentín y la Navidad, con su saturación de los sentidos. Y la melodía cansina de los villancicos en los supermercados me encanta. Soy carne de promoción de mercadotecnia y estoy a expensas de que un creativo me mire a los ojos y me venda lo que sea.

No me importa.

Por eso, cuando un conocido ha comentado que su mujer le ha decorado una ensaladilla con un corazón fabricado con maíz, no he podido dejar de pensar que esos trocitos de magia cotidiana son los que consolidan la felicidad, la de verdad, la que no genera una agresiva campaña publicitaria, sino que nace del fondo del alma.

Ojalá todos los inventos que nos afanamos en crear para ganar dinero fuesen como este.

Dedicado al escritor Francisco de Paula Pérez de la Parte

Enlaces:

Ballesterismo: El origen de San Valentín

Probablemente soy un optimista redomado y no tengo remedio, pero por ahora prefiero no cambiar, tampoco es que me haya ido tan mal – ni tan bien – con esta actitud, como mínimo me río.

Confieso que ayer me acosté a las tantas asistiendo – vía twitter todo hay que decirlo, ante la vergonzosa y vergonzante actitud de avestruz de los medios de comunicación españoles – al incendio – literal – de Atenas. Tras la votación del parlamento en la que los gobernantes griegos y los parlamentarios de la oposición socialista se dejan hacer su gentilicio, la gente salió a las calles. Hay agoreros que ya dan por hecho una futura – un futuro cercano – guerra en Europa y otros que hablan de que Grecia fue el principio de la civilización Occidental y también será el fin.

Pero yo veo las fotos, leo en mensajes de 140 caracteres cómo un país se suicida y el resto de Europa le acerca – le acercamos – la soga y el taburete, y sonrío.

Sonrío porque susurro despacio y con cuidado la palabra perfecta.

La palabra que otras noticias escriben en mi mirada.

En el hospital Virgen del Rocío de Sevilla ha nacido Estrella, una niña que significará, a parte de una inmensa alegría para sus padres, la posibilidad de que su hermano Antonio, de cinco años, viva. Los médicos han seleccionado a Estrella por su ADN y han conseguido que nazca con la capacidad de donar a su hermano células de cordón umbilical que le salvarán la vida.

Antonio tiene una una grave enfermedad hematológica que afecta a la médula ósea y necesita de continuas transfusiones, amén de tener escrita una sentencia de muerte segura, en pocos años.

“En el hospital Virgen del Rocío de Sevilla ha nacido Estrella, una niña que significará, a parte de una inmensa alegría para sus padres, la posibilidad de que su hermano Antonio, de cinco años, viva.”

Yo escucho a los emocionados padres, veo la cara hinchada y arrugada de Estrella y siento que la palabra perfecta se pronuncia incluso sin querer. Imagino la vida de Antonio, llena de problemas, de incertidumbre, de deseos, de lucha y de retos, y me siento feliz. Me siento feliz porque la vida, a pesar de ser a veces una sucesión de puertas cerradas por las que se cuela el humo del incendio que amenaza con devorarnos, es maravillosa.

Y no hay que bucear mucho, ni siquiera rebuscar entre las portadas para encontrar motivos que inviten a pronunciar la palabra perfecta.

Esa palabra es hoy, y lo será siempre, esperanza.

Enlaces

Nace otro bebé en Sevilla que salvará a su hermano tras una selección genética