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Hasta hace una semana mi salvapantallas era la foto (recreación) de un Tsunami que amenazaba los rascacielos de una ciudad. La elegí porque me pareció interesante enfrentarme a diario con la visión artística de un posible futuro devastado y oscuro.

Hace poco me convencieron de la poca conveniencia de la imagen y ahora mi ordenador luce un precioso amanecer, fotografiado desde un satélite o transbordador espacial.

La metáfora del Tsunami futuro se hace cada vez más realista y la del amanecer esperanzador más onírico.

Leo un magnífico artículo del Nobel de economía, Krugman, y se me ponen los vellos como escarpias: “Europa se empeña en aplicar políticas que la acercan hacia el suicidio económico”.

El Tsunami se acerca.

Políticas restrictivas de contención del déficit provocan la caída en picado del consumo, de la activación de la economía. Repetimos los errores de la década de los treinta donde la solución fue la salida del patrón “oro”. Ahora la solución sería la salida del patrón “euro”, o la corrección del rumbo de las políticas de contención. La fiscalidad austera y los presupuestos restrictivos están demostrando que no sirven ni tan siquiera para generar confianza en los inversores, la prima de riesgo se dispara, el paro sube a niveles similares a los de la Gran Depresión en los Estados Unidos…

Un tsunami y de los gordos, vamos.

Buceo desesperadamente en la actualidad para ver si hay posibilidad de sobrevivir a la catástrofe y me tropiezo con la historia de Misaki Murakami, un adolescente japonés que lo perdió todo en el Tsunami de Japón; casa, amigos, recuerdos… No le quedó nada.

Ahora, la casualidad ha querido que uno de sus más preciados recuerdos haya sido encontrado, su balón, firmado por todos los compañeros de su clase, ha aparecido en las costas de Alaska. Y en breve el matrimonio americano que lo tiene, viajará a Japón para entregárselo personalmente a Misaki.

Esta historia me invita a creer que no todo está perdido.

Y lo que más necesito ahora mismo en mi vida es creer.

Enlaces:

Un balón de fútbol de Japón perdido tras el tsunami aparece en Alaska

El suicidio económico de Europa

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Publicado: 14 noviembre, 2011 en opinión
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Hay un chiste bastante revelador de la naturaleza humana – en este caso masculina – que contaré brevemente. Un hombre y una modelo famosa naufragan en una isla desierta y tras varias semanas – la llamada inevitable de la naturaleza, imagino – empiezan a tener relaciones sexuales. Al cabo del tiempo, el hombre le dice a la chica: “¿Te importa si jugamos a un juego, te pintas un bigote y te vistes con mi ropa?”, ella acepta y él, cuando está vestida de hombre le grita con una sonrisa “¡Tío, me estoy acostando con una modelo!”.

Esto podría ejemplificar lo que hoy día muchas personas sienten frente a las redes sociales. El contar la experiencia sustituye – incluso mejora – y deforma la propia experiencia. Contar lo que se hace parece más importante que hacerlo. Es como si algunos se vieran – ¿nos viéramos? – impelidos a narrar de manera excesiva nuestro quehacer. Cualquier cosa, lo que sea.

Ejemplos no peligrosos: “Comprando anorak.” “Leyendo libro.” “Fotografiando paisaje.” “Comiendo las croquetas de mi madre. Comparto foto.”

Ejemplos peligrosos: “Ascendiendo el Everest, agarrándome con una mano a la cordada mientras tecleo” “Operando a corazón abierto. Trataré de salvar al paciente.” “Examinándome del carnet de conducir. Semáforo verde.” “Deteniendo a peligroso miembro de banda criminal.”

“El contar la experiencia sustituye – incluso mejora – y deforma la propia experiencia.”

En fin, es lo de siempre, cualquier cosa, afición o práctica, en exceso es perjudicial. – Y digo cualquiera, piensen la que piensen – .

Si buscamos el equilibrio en cualquier ámbito de nuestra vida, que indudablemente la mejorará, también es lógico que mesuremos nuestra actividad virtual social. Puede ser reconfortante que contemplando un atardecer en la Costa de la Luz nos acordemos de un amigo y quisiéramos que estuviese allí, disfrutando con nosotros del momento, pero no por ello deberíamos olvidarnos de sentirlo y disfrutarlo intensamente en nuestra soledad, ya habrá tiempo para contárselo – mejor si es en persona – .

En Japón ha creado un anuncio para alertar de que si la tecnología te desconecta del mundo, te vas a perder la verdadera vida y acabarás solo y confieso que no me parece una exageración en absoluto.

Recientemente he adquirido un Smartphone, y compruebo que es curioso lo accesible que tengo ahora – a golpe de tecla, en cualquier lugar del mundo – la información, la prensa, los mensajes de mis amigos, los comentarios a mi blog, la bolsa, los resultados deportivos… y encima puedo decirle al mundo cómo me siento, dónde estoy, qué hago y con quién, cuándo lo hago y para qué y por qué lo hago.

¿De verdad necesitamos contarlo todo? ¿No perdemos intensidad al disfrutar de algo si tenemos que concentrarnos en narrarlo en tiempo real o incluso a posteriori? ¿Es mejor ver un concierto a través de la imagen que grabo con mi móvil que mirando en directo con mis propios ojos al escenario?

Soy amigo y defensor del uso y la utilidad de las nuevas tecnologías, pero también soy lo suficientemente mayor como para recordar que no hace mucho no era tan importante estar permanentemente localizado, si quedabas, pues esperabas tomando algo mientras aparecían los demás, y si no aparecían, pues paseabas o te metías en el cine, sin problemas.

“¿No perdemos intensidad al disfrutar de algo si tenemos que concentrarnos en narrarlo en tiempo real o incluso a posteriori?”

La necesidad permanente de saber en cada momento donde estamos o qué hacemos es absolutamente ficticia e impuesta. No hubo nada más falso en el mundo de la publicidad que el eslogan “libre” de una conocida marca de móviles, muy al contrario, hemos perdido la libertad, el anonimato e incluso – lo que es más grave –  hemos perdido el propio deseo de ser anónimos.

Creo que no deberíamos dejar de aprovechar la excusa de buscar un rincón del mundo – que los sigue habiendo – en el que perdamos la cobertura y  – por añadidura – la cadena de la que cuelga la bola que tenemos virtualmente atada al tobillo.

Disfrutemos de verdad de la libertad de elegir… y elijamos conectarnos al mundo, al verdadero, al que se toca, se huele y se siente, aunque sea sólo de vez en cuando.

Merecerá la pena.

Entrada dedicada a Fran Viejo. 😉

Enlace:

Vídeo – anuncio Japón – cuando la tecnología te desconecta del mundo

NOTA:
Querido lector
he cambiado la ubicación del Blog, por favor, accede directamente a

www.acortescaballero.com.

Gracias y disculpa las molestias.

Un saludo,

Andrés Cortés

“El camión avanza despacio por la carretera sorteando escombros humeantes. Sentado en la parte de atrás, Yukio se ajusta la máscara de tela que, aunque no sirve para nada, le tranquiliza. Levanta la vista y observa a sus hombres, todos tienen el cansancio esculpido en el rostro y apoyan la espalda en las paredes de la cabina que traquetea levemente. La tela verde que cubre la parte trasera del vehículo ondea como una bandera sacudida por el viento, el mismo viento que expande la muerte invisible por todos los rincones. El motor ronco del camión y el golpeteo de la tela son los únicos sonidos que escucha Yukio, acongojado una vez más por el impresionante silencio que les recibe en cada nuevo turno. El bombero no ha experimentado jamás una sensación de angustia semejante, en cualquier otro incendio al que ha acudido los sonidos les acompañan – ahora lo sabe – otorgando normalidad a su trabajo.

El camión se detiene y los bomberos se miran en silencio, serios y concentrados, dispuestos a enfrentarse, un día más, a la Muerte.

Yukio es el primero en bajar y dirigir su mirada, de nuevo, al terrorífico esqueleto humeante del reactor tres de la central.

Acaban de volver a Fukushima”

Este podría ser perfectamente un fragmento del relato de la gesta que unos hombres corrientes, enfundados en trajes no aptos para salvaguardar su seguridad, realizaron hace unos meses para salvar a su nación de una de las catástrofes más colosales de su historia.

He leído las declaraciones del exprimer ministro japonés donde afirma con una claridad increíble que tras el accidente de la central nuclear de Fukushima, Tokio estuvo a punto de desaparecer. Que gracias a que el viento sopló en una dirección y no en otra, treinta millones de personas pueden seguir habitando, a día de hoy, una de las ciudades más importantes del mundo.

Hoy no es el día para debatir acerca de la bondad o no de la energía nuclear – ya llegará el momento  – si no para honrar a los héroes de Fukushima, a los 230 hombres que arriesgaron sus vidas – algunos las perdieron y otros las perderán por las secuelas de la radiación – sin pensárselo para controlar la catástrofe. Ayer, a este puñado de valientes, les otorgaron el Premio Príncipe  de Asturias de la Concordia.

Leyendo las historias de estos hombres uno vuelve a creer que el género humano aún tiene esperanza.

Referencias:

Los Héroes de Fukushima Príncipe de Asturias de la Concordia

Los ‘kamikazes’ que devolvieron la esperanza a Japón

Entrevista al capitán de Bomberos de Fukushima