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Hace tiempo escribí acerca de la indignidad cometida – en mi opinión  – por el extinto programa de Tele 5 “La Noria” al haber entrevistado a cambio de una importante suma de dinero a la madre del menor condenado por el asesinato de Marta del Castillo.

La repercusión mediática de aquella entrevista fue bastante grande, sobre todo a raíz de un artículo publicado por el bloguero y periodista Pablo Herreros y una petición de firmas para que los anunciantes retiraran su publicidad del programa. El resto de la historia es bien conocida: todos los anunciantes fueron desapareciendo de la Noria hasta “obligar” a los directivos de la cadena de televisión a retirarlo, o al menos reconvertirlo en algo “distinto”.

Se debatió mucho aquellos días de si los anunciantes tomaron la decisión de negar su patrocinio por puro interés publicitario o por auténtico convencimiento ético. Yo creo que en parte, como todo en la vida, fue un poco de ambos motivos. Seguramente a los anunciantes no les gustaba ver su nombre asociado a un programa que pagaba a familiares de delincuentes y además aprovecharon el tirón publicitario de la polémica para alinearse junto a la ética y la defensa de los valores positivos.

Hoy he leído acerca de un caso semejante: el famoso óptico Alain Afflelou ha anunciado su veto a los patrocinios de Canal Plus como consecuencia de la parodia de los guiñoles franceses, en la que se insinuaba – más bien se voceaba– la implicación generalizada de los deportistas de éxito españoles en casos de dopaje. Afflelou conseguirá sin duda notoriedad mediática y una campaña de publicidad gratuita, sobre todo en territorio español donde tiene 250 tiendas.

 “La importancia de lo que sucede, o mejor, la importancia de su repercusión, se mide en el número de menciones en twitter”

En el mundo de la tecnología y la inmediatez, donde cualquiera de los millones de usuarios de las redes sociales se convierte en reportero, cualquier hecho, por muy estúpido y trivial que sea – como parodiar con monigotes a famosos deportistas – se engrandece. La importancia de lo que sucede, o mejor, la importancia de su repercusión, se mide en el número de menciones en twitter, noticias compartidas en Facebook o similar. Por eso, los avezados publicistas, o los propios empresarios, no dudan en reaccionar velozmente a una posible cascada de comentarios negativos a nivel mundial. Se trata del clásico renovarse o morir.

A día de hoy el dicho se ha reescrito y ya “no es importante que hablen de uno, aunque sea mal”, sino “que mi marca sea trending topic”.

Y es que, en realidad, el fondo del asunto no han cambiado, sólo las formas.

Enlaces:

El óptico Alain Afflelou retira su publicidad de Canal+ por la polémica de los guiñoles

Andrés Cortés: El precio de la indignidad

Pablo Herreros: Comunicación se llama el juego

Si nos volvemos demasiado exquisitos y llevamos la coherencia al extremo – lo que en lenguaje vulgar llamaríamos “cogérsela con papel de fumar” – podríamos cometer el error de dejar pasar oportunidades para hacer algo bonito.

Me estoy refiriendo al día de los enamorados, imagino que si ves la tele y lo ves todo rojo y lleno de corazoncitos te habrás dado cuenta de que ayer, 14 de febrero, fue el día de los enamorados. Durante años, con la excusa de que era un invento del Corte Inglés, me he resistido a comprarle nada a mi mujer – a veces lo hacía, otras no – pero lo único que conseguía, a parte de un posible enfado, era perderme un momento feliz. La excusa para hacer feliz a alguien es lo de menos, ¿qué importa que sea un invento para potenciar el consumo? ¿y qué, si Santa Claus era verde hasta que la coca-cola de los años treinta lo reinventó? Lo importante es el fin, y el medio, en este caso, es lo de menos.

San Valentín fue un mártir del siglo III que casaba a matrimonios cristianos en secreto hasta que fue capturado y ejecutado por el emperador romano. Con el tiempo fue santificado y su sacrificio le hizo merecedor de ser el patrón “oficial” de los enamorados. La versión cristiana de los antiguos dioses paganos son los santos dedicados a determinadas causas. El dios del amor fue sustituido por el santo patrón del amor, etc.

“La excusa para hacer feliz a alguien es lo de menos”

Dejando la historia y volviendo al presente, he de reconocer que me gustan las celebraciones casi impuestas, como San Valentín y la Navidad, con su saturación de los sentidos. Y la melodía cansina de los villancicos en los supermercados me encanta. Soy carne de promoción de mercadotecnia y estoy a expensas de que un creativo me mire a los ojos y me venda lo que sea.

No me importa.

Por eso, cuando un conocido ha comentado que su mujer le ha decorado una ensaladilla con un corazón fabricado con maíz, no he podido dejar de pensar que esos trocitos de magia cotidiana son los que consolidan la felicidad, la de verdad, la que no genera una agresiva campaña publicitaria, sino que nace del fondo del alma.

Ojalá todos los inventos que nos afanamos en crear para ganar dinero fuesen como este.

Dedicado al escritor Francisco de Paula Pérez de la Parte

Enlaces:

Ballesterismo: El origen de San Valentín

Abro la portada de un periódico digital y lo primero que llama mi atención es la foto de una chica semidesnuda, un segundo después leo un titular cinematográfico. Más abajo, en la misma web veo el sugerente rostro de una famosa actriz hollywoodiense también con escasa ropa. La noticia: una investigación federal sobre un supuesto robo de fotos íntimas y personales. Por último, me fijo en la noticia sobre una tienda de Barcelona que vende chapas con motivos racistas, sexistas y clasistas, con el pretexto de que son recuerdos para los turistas.

¿Todo vale para atraer clientes? En el caso del periódico serio de tirada millonaria mediante imágenes con implícito contenido sexual y en el de la humilde tienda – organizando un escándalo monumental a costa de vender una imagen turbia de una gran ciudad – parece ser que tienen muy clara la respuesta.

¿Lo importante es por tanto el fin último? Es decir, aumentar las ventas/lectores/visitas.

Yo mismo, si hubiera puesto la imagen de una de estas bellezas anglosajonas en lugar de las chapitas, probablemente hubiera duplicado el número de visitas… pero ¿es honesto jugar a esto?

La cultura y la comunicación en el siglo XXI se basan en conceptos esencialmente visuales, pero ¿dónde dejamos la ética? El panorama actual de las estrategias comerciales parece indicar que vender a toda costa está por encima de cualquier otra consideración. Incluso el que un gran periódico frivolice el contenido de una noticia seria, presentándola con una portada llamativa o que se ensucie la imagen de una ciudad creando una noticia – un escándalo – que genere publicidad gratuita para una tienda a modo de reclamo – vender las chapas es lo de menos – para el resto de sus productos.

En Estados Unidos están unos cuantos de años luz por delante de nosotros en relación a la publicidad comparativa – de hecho en España tiene ciertos límites – entre marcas. Recomiendo los anuncios CocaCola vs Pepsi, algunos son auténticas obras de arte que destilan originalidad.

A modo de conclusión y por no seguir divagando, simplemente decir que creo que merece la pena aplicar un poco de ética para promocionarse, al final terminará siendo más beneficioso que las estrategias agresivas, especialmente a largo plazo.

Y, ojo, no he tocado ni de refilón el tema de las televisiones y sus contenidos basura… eso, como decía el juglar, señores, es otra historia.

Recomiendo:

Las “chapas incívicas” vuelven a las librerías

Coke vs Pepsi