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El estado de felicidad al que el nacimiento de mi hija me ha instalado consigue que asista con una sonrisa a todo el desaguisado que me rodea. Me siento inmune a la crisis, a los Rubalcaba y Rajoy, a los independentistas, a los españolistas, a las Aguirres de espantada, a los Carrillo fallecidos… Podría enumerar cientos de sucesos de actualidad que me aburren, me hastían, y no me importan.

No obstante, a veces, suceden cosas llamativas, que hacen que aparte la mirada enamorada de mi pequeña y observe incrédulo el titular o la foto. En este caso he tenido que pestañear un par de veces porque no podía entender lo que estaba viendo. Una foto de grupo, de mala calidad, donde aparecen una veintena de adultos disfrazados de romanos. Leyendo un poco más allá del llamativo titular, comprendo que lo llamativo no es el titular, sino el contenido.

La financiación de los partidos políticos en Italia – país en el punto de mira de la quiebra técnica y el caos – es una maraña opaca que cuesta 36 millones de euros al año, y por lo que parece, se gasta con alegría en fiestas, grises asesores externos, en secretarios – la secretaría personal de la presidenta de la región del Lacio la componen 189 personas – , o en fotógrafos – 75.000 de euros al año gastó esta señora del partido de Berlusconi -.

El tema me alucina e indigna por igual, por diversos motivos; por la desfachatez con las que estos representantes del pueblo, estos gestores del dinero – no lo olvidemos – que les hemos entregado nosotros junto a la capacidad de su gestión, se presentan ante las cámaras y admiten con la cara más dura que el cemento armado, incluso indignados, el delito.

La justicia, además, ayuda a que merezca la pena robar a manos llenas y casi sin esconderse; ahora acaba de salir de la cárcel, tras cumplir la durísima condena de tres meses de prisión, un extesorero acusado de apropiarse de 25 millones de euros – se me queda una cara de gilipollas al leer esto, que no puedo ni describirla – que pasa a arresto domiciliario. Este arresto consiste en alojarse en un monasterio y ayudar en la cocina – que tengan cuidado los monjes con la cubertería, que este ladrón se la birla en un plisplás -. De risa sino fuera irritante.

Lo más triste es que esto no ha salido a la luz porque se haya investigado – todos los partidos italianos se opusieron a la reforma del control de sus cuentas – sino porque alguien despechado – tal vez no fue invitado a la última orgía con jovencitas organizada por Berlusconi – ha tirado de la túnica – dada la fiesta de la foto, creo que es el término más apropiado, aunque también vale “sacar mierda” -.

Quiero ser optimista y creer que hay políticos honrados, y que estas actitudes indescriptibles son la excepción, que cuando una persona funda o se afilia a un partido lo hace porque realmente quiere realizar un servicio público, porque considera vocacional hacerlo.

No sé si son mayoría, pero deberíamos tratar de extirparlos de la clase política como un mal tumor, porque las encuestan de desafección de la política de la gente arrojan datos devastadores, y queramos o no, los políticos son necesarios y nuestra participación en su elección es fundamental.

 Así, a lo mejor, la próxima vez que se monten una fiesta romana, lo harán con su dinero y no con el nuestro.

Enlace: Vida loca a costa del erario italiano

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Adictos

Publicado: 14 noviembre, 2011 en opinión
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Hay un chiste bastante revelador de la naturaleza humana – en este caso masculina – que contaré brevemente. Un hombre y una modelo famosa naufragan en una isla desierta y tras varias semanas – la llamada inevitable de la naturaleza, imagino – empiezan a tener relaciones sexuales. Al cabo del tiempo, el hombre le dice a la chica: “¿Te importa si jugamos a un juego, te pintas un bigote y te vistes con mi ropa?”, ella acepta y él, cuando está vestida de hombre le grita con una sonrisa “¡Tío, me estoy acostando con una modelo!”.

Esto podría ejemplificar lo que hoy día muchas personas sienten frente a las redes sociales. El contar la experiencia sustituye – incluso mejora – y deforma la propia experiencia. Contar lo que se hace parece más importante que hacerlo. Es como si algunos se vieran – ¿nos viéramos? – impelidos a narrar de manera excesiva nuestro quehacer. Cualquier cosa, lo que sea.

Ejemplos no peligrosos: “Comprando anorak.” “Leyendo libro.” “Fotografiando paisaje.” “Comiendo las croquetas de mi madre. Comparto foto.”

Ejemplos peligrosos: “Ascendiendo el Everest, agarrándome con una mano a la cordada mientras tecleo” “Operando a corazón abierto. Trataré de salvar al paciente.” “Examinándome del carnet de conducir. Semáforo verde.” “Deteniendo a peligroso miembro de banda criminal.”

“El contar la experiencia sustituye – incluso mejora – y deforma la propia experiencia.”

En fin, es lo de siempre, cualquier cosa, afición o práctica, en exceso es perjudicial. – Y digo cualquiera, piensen la que piensen – .

Si buscamos el equilibrio en cualquier ámbito de nuestra vida, que indudablemente la mejorará, también es lógico que mesuremos nuestra actividad virtual social. Puede ser reconfortante que contemplando un atardecer en la Costa de la Luz nos acordemos de un amigo y quisiéramos que estuviese allí, disfrutando con nosotros del momento, pero no por ello deberíamos olvidarnos de sentirlo y disfrutarlo intensamente en nuestra soledad, ya habrá tiempo para contárselo – mejor si es en persona – .

En Japón ha creado un anuncio para alertar de que si la tecnología te desconecta del mundo, te vas a perder la verdadera vida y acabarás solo y confieso que no me parece una exageración en absoluto.

Recientemente he adquirido un Smartphone, y compruebo que es curioso lo accesible que tengo ahora – a golpe de tecla, en cualquier lugar del mundo – la información, la prensa, los mensajes de mis amigos, los comentarios a mi blog, la bolsa, los resultados deportivos… y encima puedo decirle al mundo cómo me siento, dónde estoy, qué hago y con quién, cuándo lo hago y para qué y por qué lo hago.

¿De verdad necesitamos contarlo todo? ¿No perdemos intensidad al disfrutar de algo si tenemos que concentrarnos en narrarlo en tiempo real o incluso a posteriori? ¿Es mejor ver un concierto a través de la imagen que grabo con mi móvil que mirando en directo con mis propios ojos al escenario?

Soy amigo y defensor del uso y la utilidad de las nuevas tecnologías, pero también soy lo suficientemente mayor como para recordar que no hace mucho no era tan importante estar permanentemente localizado, si quedabas, pues esperabas tomando algo mientras aparecían los demás, y si no aparecían, pues paseabas o te metías en el cine, sin problemas.

“¿No perdemos intensidad al disfrutar de algo si tenemos que concentrarnos en narrarlo en tiempo real o incluso a posteriori?”

La necesidad permanente de saber en cada momento donde estamos o qué hacemos es absolutamente ficticia e impuesta. No hubo nada más falso en el mundo de la publicidad que el eslogan “libre” de una conocida marca de móviles, muy al contrario, hemos perdido la libertad, el anonimato e incluso – lo que es más grave –  hemos perdido el propio deseo de ser anónimos.

Creo que no deberíamos dejar de aprovechar la excusa de buscar un rincón del mundo – que los sigue habiendo – en el que perdamos la cobertura y  – por añadidura – la cadena de la que cuelga la bola que tenemos virtualmente atada al tobillo.

Disfrutemos de verdad de la libertad de elegir… y elijamos conectarnos al mundo, al verdadero, al que se toca, se huele y se siente, aunque sea sólo de vez en cuando.

Merecerá la pena.

Entrada dedicada a Fran Viejo. 😉

Enlace:

Vídeo – anuncio Japón – cuando la tecnología te desconecta del mundo

NOTA:
Querido lector
he cambiado la ubicación del Blog, por favor, accede directamente a

www.acortescaballero.com.

Gracias y disculpa las molestias.

Un saludo,

Andrés Cortés

Isaac Newton fue diputado en el Parlamento de Inglaterra y solamente intervino una vez. Se levantó bajo la mirada atenta y el silencio expectante de los demás miembros, ansiosos por escuchar las primeras – y a la postre, únicas – palabras del genio. Newton se aclaró la garganta y dijo: “Perdón, ¿podría alguien cerrar aquella ventana? Hay corriente de aire y se me puede caer la peluca”.

Esta anécdota es real y quizá represente otro de los grandes descubrimientos de Sir Newton: no merece la pena abrir la boca si no se tiene nada que decir.

Si la mayoría de nosotros aplicáramos esta máxima, estoy convencido de que el mundo sería un lugar mejor – o como mínimo menos ruidoso – . Claro que, por ejemplo, inventos como twitter perderían un poco de su esencia, porque es imposible decir o tuitear frases durante todo el día sin caer en alguna imbecilidad o banalidad – y que conste que soy un activo tuitero – . A la máxima newtoniana podría añadirse la frase de Mark Twain: “Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.”, cosa que algunos se empeñan – o nos empeñamos – en hacer constantemente – despejar las dudas sobre su imbecilidad, me refiero -. Ni que decir tiene que defiendo la libertad de expresión y la oratoria a capa y espada, pero es como cualquier actividad del ser humano, en exceso deja de ser útil y se convierte en una molestia.

El caso de un blog o página web es similar, cuando te comprometes a contar algo casi a diario, es difícil salvar todos los textos, estoy seguro de que mis lectores habrán detectado más de una estupidez vertida en esta página – y las que quedan – .

La prudencia y el silencio hoy día no se valoran, al contrario, parecen ser considerados defectos más que virtudes, es usual – está incluso bien visto – desnudarse mediáticamente –  a veces incluso literalmente – contando intimidades, mostrando imágenes familiares o personales. Pero yo me pregunto ¿es necesario que yo me entere de que mi vecino se comió un estofado en cierto mesón de la sierra y le sentó fatal y estuvo todo el día a base de manzanilla y almax? ¿Me aporta algo? ¿No sería incluso beneficioso para mí llegar a viejo sin saber que mi prima la del pueblo perdió su virginidad a los dieciséis en un Toyota Corolla?

Últimamente hay imaginativas campañas publicitarias para prevenir la falta de precaución – sobre todo por parte de los más jóvenes – a la hora de facilitar teléfonos, datos, información o cualquier otra cosa que consideren mostrable en las redes sociales. Aunque a veces no hay que asociar la falta de cuidado solamente a los jóvenes, me viene a la memoria la anécdota de la mujer del flamante nuevo máximo responsable del servicio secreto inglés – el MI6 – que ni corta ni perezosa publicó orgullosísima el nuevo puesto de su marido, junto a sus fotos en bañador, su dirección, los nombres  de sus hijos, los datos de sus amigos e incluso una extraña historia con nazis de por medio. Toda una demostración de que la discreción de Newton no le venía por nacionalidad – también hay ingleses bocazas- .

En resumidas cuentas el exceso de verborrea suele implicar un problema, así que no nos compliquemos hablando más de la cuenta, pero tampoco nos callemos como estatuas ante lo que sucede delante de nuestras narices, ya se sabe: en el equilibrio – más conocido como término medio – está la virtud.

Enlaces:

Anécdotas sobre Newton

La intimidad del jefe del MI6 en Facebook