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Un compañero de trabajo me llamó hace unos días para decirme que era incapaz de acabar de leer mi relato “fundido en negro” porque presagiaba algo trágico, y me preguntaba que por qué no escribía algo de humor, más alegre. Yo me reí mucho y le contesté que mi mujer siempre me pregunta cuando le enseño un nuevo relato “¿Quién muere en este?”. Mi amigo me decía que bastante drama, sufrimiento y dolor hay en la vida real – todo incontrolable – como para buscarlo deliberadamente en la lectura. Mi padre opina lo mismo y es un consumidor compulsivo de novelas baratas del Oeste y películas de acción. “Estoy de dramas hasta las narices” me espeta mientras aparcamos el cerebro en la nevera y disfrutamos de los mamporros de Chuck Norris.

Confieso que últimamente estoy aplicando esta depurada técnica de huida del drama real y trato de evitar las noticias, tanto en radio como en televisión. Las noticias parecen sacadas de una película de terror y negros vaticinios. En este contexto de huida personal, hoy he estado viendo un excelente documental sobre el sexo en la naturaleza y me he quedado asombrado con los insaciables bononos (una especie de chimpancés), ¿saben que arreglan todos sus conflictos practicando sexo? No distinguen ni género, ni vínculos afectivos, se dedican a tener sexo todos con todos sin parar, en cualquier momento y circunstancia.

A lo mejor si los dueños de nuestro destino económico y político aplicaran la técnica de los bononos en las cumbres de jefes de estado, encontrarían la solución a este despropósito llamado Europa.

Hablando un poco más en serio; los seres humanos tendemos a huir del dolor y del miedo, y esa es precisamente la clave de que nos escamoteen nuestra libertad.

Quienes históricamente han querido someter a cualquier grupo social, lo han hecho a través del miedo.

Generar miedo provoca control, porque el miedo es un arma poderosa al que difícilmente nos atrevemos a enfrentar; miedo a perder el trabajo, miedo a perder nuestros ahorros, miedo a perder la casa, miedo a perder estatus social…

Inyectar una cascada continua e intensa de noticias devastadoras y apocalípticas acerca del futuro nos provoca parálisis e inacción por culpa del miedo y somos más fácilmente controlables.

La noticia acontecida hace unos días en Canarias es el paradigma de lo que está sucediendo y de lo que debemos hacer. El conductor de un autobús sufrió un desmayo y un pasajero, en lugar de dedicarse a gritar aterrorizado como los demás, corrió hacia el volante y tras quinientos angustiosos metros, consiguió detenerlo.

El valiente se convirtió en un héroe y salvó la vida de sesenta personas.

Tal vez es eso lo que tenemos que hacer; rehacernos ante la visión terrorífica del autobús lanzado hacia el inevitable y mortal accidente, levantarnos sobreponiéndonos a nuestro miedo y tomar el control del volante, apretar con fuerza y sacar fuerza de donde no la hay, hasta detenernos sin peligro.

Cuando consigamos superar nuestro miedo, ya no podrán controlarnos – los de arriba, los especuladores, los ladrones – porque tendremos el volante bien agarrado y el autobús llegará a buen puerto.

Entonces habremos tomado el control.

Por cierto, al héroe de Canarias, como premio a su increíble hazaña, le han regalado tres bonos de transporte.

Sin comentarios.

Enlace: Salva a 70 personas que viajaban en autobús y le regalan 3 bonos

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En una entrada anterior – el miedo del buen samaritano – ya rocé el tema del miedo, que es tan fuerte que adormece las conciencias e intenté comprender actitudes brutales condicionadas por el miedo. Hoy he escuchado una vieja noticia que ha dado una vuelta de tuerca más al tema porque, además del terror, incluye el ingrediente de la superstición.

En Octubre de 2009 – es decir, a la vuelta de la esquina – en Honduras un joven fue enterrado y horas después en el cementerio se escucharon sus desgarradores gritos pidiendo auxilio.

Estaba vivo.

Los guardias de seguridad del camposanto actuaron de una manera tan irracional que costó una vida: salieron huyendo de allí, atribuyendo los alaridos a fantasmas. Al día siguiente, cuando se descubrió todo, era demasiado tarde.

La escena puede dibujarse de manera sencilla: dos hombres aburridos, fumando cigarrillos para combatir el frío y el miedo a la soledad del cementerio – por otra parte el sitio más seguro del mundo, no hay nadie vivo que pueda hacerte nada -, hablando de sus cosas, de sus hijos, de la vida, y de repente, mezclado con el ulular del viento nocturno escuchan un grito lejano. La voz del más allá que les pide ayuda, un alma en pena que reclama la atención de los vivos. Los vigilantes se miran durante un segundo y salen a la carrera.

Resultado: el joven falleció.

Otro caso de plena actualidad relacionado con el miedo, es el del taxista que después de tres años, se ha atrevido a declarar que llevó al piso del crimen a uno de los acusados por la desaparición y asesinato de la sevillana Marta del Castillo. El miedo propio y el de su mujer a represalias – a dios sabe qué clase de problemas – le ha mantenido en silencio durante todo este tiempo hasta que – según sus palabras – su conciencia ha sido más fuerte que el pánico.

Otra escena reproducible en mi imaginación: el matrimonio – el taxista y su mujer – preocupado, bebiendo el café a media mañana ante la televisión por la que desfilan acusados, policías, abogados y sobre todo los destrozados padres. Imagino el taxista enfrentado su mirada a la de la madre de Marta, llena de ese dolor infinito que nunca se apagará, que será compañero indeleble de su alma, mientras respire, que le traerá el olor de su hija y el calor de sus abrazos perdidos. Ese dolor que sus ojos abiertos y empañados transmiten a través de las pantallas ha resquebrajado el caparazón oscuro que el miedo había forjado en el corazón del taxista.

Es una decisión muy difícil, acudir después de todos estos años, a la comisaría, y encarar a un policía, mirarle a los ojos y decirle que has estado ocultando un testimonio crucial para la investigación.

Estoy seguro de que la satisfacción de decir la verdad ha podido con la vergüenza de verse señalado como el hombre que supo y no contó.

Pero no podemos condenarle, porque ha hecho precisamente lo que hay que hacer: sobreponerse al miedo – porque no tenerlo es imposible – y dar un paso firme al frente.

Si los guardias del cementerio hubieran seguido su ejemplo, el drama de Honduras no hubiera existido.

Debemos aprender de su gesto y guardarlo en las retinas para acordarnos de él por si algún día – y ojalá no sea así – nos toca sobreponernos a nuestro miedo para salvar una vida.

Enlace: Enterrado vivo en Honduras

San Felipe Neri tenía una máxima: “No se puede luchar contra las tentaciones, hay que huir de ellas”, reformulando su frase yo diría “No se puede luchar contra el miedo, hay que racionalizarlo”. Con racionalizar el miedo quiero decir utilizarlo de manera racional de forma que finalmente se convierta en una ventaja y juegue a nuestro favor.

Dice un amigo mío que no entiende el miedo a lo nuevo, a enfrentarnos a una situación desconocida, sobre todo si ha sido elegida voluntariamente.

Yo, sin embargo, sí entiendo el miedo.

El miedo es lo que como ya comenté en mi entrada “Deuda” ha hecho posible la supervivencia de nuestros antepasados y que ahora esté yo aquí escribiendo y usted ahí leyendo.

“No se puede luchar contra el miedo, hay que racionalizarlo”

El miedo es en determinados momentos de la vida, un compañero inevitable y necesario. Nuestros esfuerzos deberían incidir no en combatirlo – un ejercicio estéril – sino en reconducirlo.

El miedo nos hace prudentes, activa y afina nuestro instinto, nos mantiene alerta y despiertos.

Lo difícil es desarrollar esa capacidad para canalizarlo en nuestro propio beneficio.

Lo que habitualmente ha sucedido a lo largo de la historia – y sucede a lo largo de toda nuestra vida – es que los poderosos, o los que simplemente tienen algún tipo de influencia sobre nosotros, tratan de utilizar nuestro miedo para controlarnos, para decidir por nosotros y mantener el estatus quo.

Tenemos ejemplos diarios de esta manipulación.

El miedo a los altos índices de delincuencia siempre ha sido usado como trampolín para ejecutar políticas represoras que coartan la libertad.

“El miedo nos hace prudentes, activa y afina nuestro instinto, nos mantiene alerta y despiertos.”

El miedo a la crisis nos hace mirar hacia otro lado ante las políticas intolerantes y xenófobas. Los malos tiempos parecen hacer saltar la alarma y se ponen en marcha los demagogos que utilizan ese miedo para manipularnos y desviar la atención hacia los más débiles, cuando realmente deberíamos fijar el foco en sus rostros pétreos y bronceados.

El miedo de la mayoría del pueblo alemán a la recesión, la crisis, el desempleo y a las consecuencias de haber perdido la primera guerra mundial, fue el que utilizó Hitler para auparse al poder y cargar su odio demente contra los judíos – que recordemos también los había alemanes -.

El miedo ha sido un arma terrorífica en manos de los dirigentes desalmados.

Por eso hemos de ser capaces de convivir con nuestro miedo, nos pertenece y habríamos de poder gestionarlo sin injerencias distorsionadoras que nos impidieran utilizarlo como nos viniera en gana.

Luchemos por conservarlo, no renunciemos a él y aprendamos de él, a la larga, nos curtirá y nos hará mejores personas.

La parábola del buen samaritano se utiliza en el evangelio cristiano para ejemplarizar, dando a entender finalmente que el ciudadano peor considerado en la Palestina del siglo I – el natural de Samaria – era en realidad el que tenía mejor corazón y más humanidad que el resto, supuestamente superiores en condición a él.

Una noticia escalofriante sucedida en China me ha dejado absolutamente anonadado: una niña de corta edad ha sido atropellada por dos vehículos y durante un buen rato yació moribunda ante la mirada indiferente de los transeúntes y los demás conductores. Por supuesto los vehículos que la arrollaron no se detuvieron a auxiliarla. ¿Cómo es posible que en una sociedad – que no es más que un conjunto de seres humanos que comparten leyes, valores y entorno común – supuestamente moderna, pueda suceder esta atrocidad?

Como no he querido dar crédito a que en China – ni en cualquier otra parte del mundo – puedan existir personas tan desalmadas e insensibles, he buceado un poco por los periódicos a ver si encontraba una razón de fondo.

Y la hay.

Se llama miedo.

Al parecer en China es bastante frecuente que los ciudadanos que auxilien a otros en apuros se vean metidos en líos, se duda de sus versiones, se les acusa incluso de haber provocado las lesiones, son denunciados por las familias de los propios auxiliados…

Entonces la pregunta no es por qué no ayudan sino cómo demonios se permite que esto sea así. El pueblo chino es peculiar, extraño – desde el punto de vista de un occidental como yo – y se encuentra viviendo una suerte de rara dicotomía social: capitalismo feroz a nivel económico – feroz quiere decir mano de obra barata maltratada y libre mercado – y comunismo a nivel político, es decir, un partido único, una superestructura ideológica sólida y monocromática.

En China han sucedido cosas tan extrañas como la feliz idea de permitir por ley un solo hijo por familia, norma que se estableció sin contar con la cultura popular y milenaria que dotaba a las mujeres de valor cero frente a los varones. Consecuencia 1: centenares de miles de niñas asesinadas o abandonadas al nacer. Consecuencia 2: centenares de miles de hombres sin oportunidad de encontrar una mujer y formar una familia – se habla incluso de raptos en países limítrofes – .

Es decir, la idiosincrasia del pueblo chino es peculiar y cualquier medida o ley hay que calibrarla mucho antes de llevarla a cabo. Si los buenos samaritanos se sienten amenazados hasta tal punto que prefieren la indignidad de ver como una niña muere ante sus ojos sin mover un dedo, que las autoridades – tan dadas como hemos visto a promulgar leyes globales de comportamiento – hagan algo, pero por favor que no permitan que esto vuelva a suceder.

Es sumamente difícil extirpar las taras mentales, sobre todo las asociadas al miedo, pero es necesario que si los chinos quieren entrar en el siglo XXI – y no lo olvidemos, para bien o para mal, ellos van a ser los amos del siglo XXI en todos los sentidos – sin que el resto del mundo les consideremos una amenaza,  empiecen a hacerlo.

No es soportable asistir a un espectáculo en el que se pone de manifiesto hasta dónde puede llegar la brutalidad del alma humana, aunque sea por puro miedo.

Enlaces:

Polémica en China por la indiferencia ciudadana tras el atropello de una niña

La realidad es tan cruel a veces, que asusta e impacta por igual y hay determinados sucesos que parecen extraídos de la mente perversa y sádica de un escritor oscuro.

Hace unos días leí una noticia dura y desgarradora: la decapitación y desmembramiento de una periodista mejicana, cuyo único delito fue denunciar a los criminales narcotraficantes a través de las redes sociales. Su cadáver ha aparecido semidesnudo junto a un monumento, donde colocaron un teclado y su cabeza… imagen tan brutal que se me hace difícil escribirla.

A lo largo del par de meses que llevo escribiendo en el blog jamás me he preocupado de que mis textos –  que en algunos casos han podido ser críticos con algunas personas – pudieran representar un peligro para mi integridad física.

No me parece algo concebible.

En Méjico, sin embargo, sí lo es.

Y lo sorprendente, lo que de verdad me encoje el corazón, es imaginar que sigue habiendo personas que, a pesar del terror que sienten, cada noche se sientan delante de una pantalla y empiezan a teclear pensando que tal vez estén escribiendo su sentencia de muerte.

Pero no se detienen, siguen escribiendo, grabando vídeos, denunciado, acusando, señalando y, en definitiva, luchando para conseguir que el mundo en el que viven sea mejor.

María Elizabeth Macías Castro fue asesinada en Nuevo Laredo, Méjico.

Y probablemente su muerte no haya ayudado a que su ciudad sea mejor, al contrario, el estupor, el espanto y el miedo habrán engordado el grosor del muro de silencio y las miradas serán más huidizas y las cabezas estarán más bajas.

Pero lo ejemplarizante no es cómo ha muerto, ni en qué circunstancias, sino el por qué.

María Elizabeth ha muerto porque no quería ser amordazaba y amaba la verdad por encima de su propia vida.

Y lo único que espero es que sus conciudadanos, familiares y amigos sepan que no están solos, que en el mundo quedan miles de María Elizabeth que saben que el poder de la palabra es enorme, porque las palabras quedan y la gente pasa.

Y a pesar de todo, a pesar de la crueldad, del dolor y del miedo, quiero imaginar que incluso en la última mirada aterrada de María Elizabeth brilló la creencia de que aún había esperanza.

Descanse en paz.

Recomendación: Artículo de El País