Archivos para julio, 2012

El hijo de Lia

Publicado: 30 julio, 2012 en opinión, Personal
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Hace unos días asistí a una escena que me dio que pensar. Un padre hablaba, en un tono alto y desagradable, con su hijo de unos siete años, sobre cómo debía actuar en un partido de fútbol. El niño atendía sin rechistar, con la mirada seria, fija en su padre, en teoría la persona a la que más admira del mundo. El padre repetía incesantemente de una forma que a mí se me antojaba en extremo desagradable, “cuando estés delante de la portería le das un zambombazo fuerte, fuerte”. La frase en sí, no tendría connotaciones negativas sino fuera por la forma de pronunciarla, la acritud, y el rostro tenso, de rabia contenida, del padre. Pensé con tristeza que debe ser impactante que tu ídolo te maltrate psicológicamente, inyectando negatividad y agresividad a tu comportamiento infantil, al fin y al cabo, sólo es un niño, demonios. La escena recoge el clásico síndrome “voy-a-volcar-mi- frustración-en-mi-hijo-para-superarla”, no pude ser futbolista él lo será, los demás padres se van a enterar… en fin, una serie de tópicos que, para desgracia del chaval que vi, se cumplían uno por uno en su padre.

Unos días después, escuché en la radio una entrevista a una experta en motivación infantil, creo recordar, que contaba la anécdota de un niño y su madre, llamada Lia. El niño demostró desde temprana edad una afición desmedida por el cine, y la madre ahorró para comprarle una videocámara – en los tiempos en los que una videocámara en un auténtico lujo -. En cierta ocasión el niño quiso rodar una escena de terror sangriento en la cocina, y Lia, ni corta ni perezosa, compró mermelada de cerezas con trocitos para que su hijo rodara la escena. Estuvo limpiando manchas de mermelada durante años. Más tarde, el niño quiso rodar en el desierto, y allí estaba Lia, alquilando un jeep, y llevando a su hijo al desierto a rodar.

La experta contaba que este comportamiento de apoyo incondicional a las vocaciones de los hijos, sin presionar, dejando que ellos mismos se tropiecen – si tuvieran que hacerlo – es lo que les da seguridad en sí mismos y confianza en sus capacidades. Estos niños – a diferencia del maltratado por el padre entrenador –  se convierten en adultos sin complejos, que creen en sí mismos, capaces de realizar casi cualquier cosa que se propongan.

este comportamiento de apoyo incondicional a las vocaciones de los hijos, sin presionar, dejando que ellos mismos se tropiecen – si tuvieran que hacerlo – es lo que les da seguridad en sí mismos y confianza en sus capacidades

En breve, si todo va bien, voy a ser padre, y espero ser capaz de seguir el ejemplo de Lia, y alentar a mi hija a que crezca como persona desarrollando sus habilidades, sus deseos, luchando y trabajando para conseguirlos. Allí me tendrá, a su lado, incondicionalmente, apoyando en las caídas – que las habrá – y aconsejando, pero no marcando las pautas, las pautas las tendrá que marcar ella.

Si el mundo estuviera lleno de adultos que antaño fueron niños apoyados y animados a conseguir sus sueños, tal vez sería un poco mejor, la mediocridad desaparecía – o al menos no sería el valor más común – y la humanidad avanzaría con paso firme hacia el futuro y no a trompicones, guiados por los mediocres , los de imaginación mezquina, los que solamente ven como futuro su propio beneficio y no el de la colectividad.

Igual soy idiota, pero mis padres me enseñaron a no perder la esperanza, a seguir creyendo en las personas, y a levantarme, sacudiéndome el polvo, con una sonrisa, después de los palos.

Por cierto, el hijo de Lia se llama Steven Spielberg.

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Últimamente, por razones personales con las que – de momento – no voy a torturarles, me encuentro en una suerte de felicidad constante que me transporta por el devenir diario, de manera que este estado emocional amortigua los continuos envites de la realidad.

Soy una especie de paraguas por el que resbala la crisis, la deuda, el paro, los recortes, el IVA, el Gobierno, la Oposición, y un largo etcétera de problemas a los que parece me estoy inmunizando.

Esto ni muchísimo menos significa mi indiferencia, solamente implica una especie de extraña calma ante la avalancha de malas noticias, mi capacidad de relativizar se ha acrecentado de manera notable.

Sin embargo, a veces, una palabra, una frase, actúa como detonante y ¡ZAS! ¡En toda la boca! (que diría Seldon Cooper).

La frase la ha pronunciado, hace unos días, una diputada del PP – sueldo neto medio de 75.000 € – en una algarabía que se formó en el congreso – el máximo órgano de representación de los españoles – ante unas palabras del excelentísimo señor Presidente del Gobierno, don Mariano Rajoy Brey. El presidente arguyó que la medida de disminuir la prestación por desempleo tenía como objetivo incentivar a los parados a buscar empleo. Y la diputada del PP tuvo la magnífica ocurrencia de aplaudir el anuncio de Rajoy – el presidente de TODOS los españoles – con la genial e instructiva frase “’¡Qué se jodan!”.

Así, tajante, simple y a dolor, que se jodan, que se jodan los parados, los millones de imbéciles, parásitos y vagos redomados, cuyo único afán es recibir una prestación por – perdón mamá – tocarse los huevos viendo la tele.

Ahora, la indigna representante, elegida democráticamente con el voto de miles de ciudadanos, aduce que sus palabras iban dirigidas a la bancada contraria, es decir, al PSOE.

¿Esto cambia en algo las cosas?

Desde luego que no, ¿no es lo mismo insultar y despreciar a millones de españoles que sufren una auténtica tragedia diaria que a sus legítimos representantes?

¿Pero qué clase de redomada imbecilidad nos atribuye esta señora – por no llamarle otra cosa que me reservaré para mis juramentos en arameo en la intimidad – a los españoles?

Claro, sabiendo que es hija de Carlos Fabra, el de las gafas de sol, el que se parte de risa contando como le ha tocado la lotería más de siete veces –don Carlos, no me joda -, el presidente de la diputación de Castellón, el que ha construido – e inaugurado a bombo y platillo – un aeropuerto por el que no circulan aviones, a costa de decenas de miles de euros de nuestros bolsillos, el mismo aeropuerto que luce una estatua descomunal de él mismo – desde luego tiene el ego más hinchado que la burbuja inmobiliaria que él mismo supo aprovechar con pingües beneficios, enlosando las costas de su comunidad -, es normal imaginar que si la diputada tiene esas mimbres poco podemos esperar de su ética.

Y mi placidez espiritual y anímica, mi felicidad personal, no me impide detectar el olor a mierda cuando el viento me lo acerca.

Y aquí huele.

Huele mal porque estos poceros de la política – los mismos que consiguen que otros bajen al submundo lleno de inmundicia por ellos, para mantener su tren de vida y su desvergüenza – se encargan de airear la porquería ante nuestras atónitas narices.

Y lo hacen con frases de alto calado lingüístico y moral como la que da título a este artículo, frases dirigidas a todos nosotros, para hacer daño, para evidenciar su falta absoluta de escrúpulos y decencia.

Pero ¿saben qué? Que al final, creo, en mi infinita ingenuidad, que el que ríe el último ríe mejor y podremos responderles con su misma moneda.

¡Que se jodan ellos!

Enlace: El PSOE pide que la diputada Fabra dimita por decir “que se jodan”

En estos tiempos oscuros de crisis y desesperación, detecto un grupo de personas que acrecientan una suerte de hondo desprecio hacia este país. Parece como si su descontento vital tuviera ocasión de manifestarse con mayor virulencia, debido a la situación de crisis y recesión generalizadas. Suelen ser personas preparadas, que no han conseguido el trabajo esperado, acorde con su carrera, o acorde – si me lo permiten – con lo que ellos creen merecer. Personas que llevan mucho tiempo en paro, sumidos en la desesperación y en la desolación. No confían en los políticos, ni en el sistema, ni en la justicia, ni en la prensa, ni creen en nada.

Desde mi humilde punto de vista, son pescadillas que se muerden la cola, porque su situación personal es mala, y su propia actitud negativa les impide salir de ella. No niego que existan casos – los menos – en los que se esfuercen en revertir su vida, que luchen, se aprieten los machos y breguen en el barro para poder salir airosos. Sin embargo, al menos en los casos que he conocido, esto nunca es así. Los “pescadilla” se creen merecedores de todo y deudores de nada. En cierta ocasión, en un Máster, conocí a un “pescadilla”, con titulación universitaria superior,  que contaba – y estábamos en tiempo de bonanza – que había hecho más de quince entrevistas y no le habían seleccionado en ninguna, despotricaba contra los empresarios, contra las empresas de selección, contra las dinámicas de grupo… El profesor fue el único capaz de poner voz a lo que la mayoría pensábamos, le dijo, “¿No te has parado ha pensar que a lo mejor el problema es tuyo?”. Ese suele ser el principal problema de los “pescadilla”, se lamen las heridas, mientras se muerden la cola, y se centran en ello, en lugar de afrontar el problema y solucionarlo.

En estos tiempos oscuros de crisis y desesperación, detecto un grupo de personas que acrecientan una suerte de hondo desprecio hacia este país

Me irrita el discurso de estas personas, sobre todo porque son incapaces de admitir las cosas buenas. Les he escuchado decir: “este país es una mierda”, “no se salva ni un político”, “Andalucía es el tercer mundo”, “la Seguridad Social funciona de pena”, “¿todavía hay gente que cree que estudiar sirve para algo?”.

No niego que tienen parte de razón, que la clase política deja mucho que desear – aunque conozco a alguno de los buenos de verdad -, que hay carreras que están mal enfocadas al mercado laboral, pero no tolero la autocompadecencia, ni la negatividad si más, o la queja vacía, sin alternativas.

Hay noticias que insuflan aire fresco a la situación, que nos permiten creer en que este país, esta España económicamente quebrada, aún tiene solución.

Esta mañana he escuchado una entrevista a Rafael Matesanz director de la Organización Nacional de Trasplantes de España, y me he maravillado. Hace unos días, se ha batido en España – el país del mundo con el índice más alto, de largo, de donaciones de órganos – el record de trasplantes en un solo día, fueron treinta y seis, veintidós trasplantes de riñón (dos de ellos infantiles), once de hígado (uno también infantil) y tres de pulmón. Veintisiete hospitales implicados, dieciocho donantes (catorce fallecidos y cuatro vivos) y más de quinientos profesionales implicados.

Hay noticias que insuflan aire fresco a la situación, que nos permiten creer en que este país, esta España económicamente quebrada, aún tiene solución.

España es el referente mundial de la gestión de la donación de órganos y los profesionales de la salud, y los propios ciudadanos, tienen muy arraigado el sentimiento de solidaridad sin límites asociado a esta práctica. Sin médicos, enfermeras, celadores, transportistas, pero sobre todo, sin los familiares de los fallecidos, esto no sería posible.

Noticias como esta son las que me reconcilian con este país, la que me hace creer en él, sobre todo en la gente que lo habita, y en que la crisis, la jodida, maldita y – perdón mamá – puta crisis, tiene solución.

Y esto es lo que me gustaría que los pescadilla fuesen capaces de entender.

Que la solución, como siempre, está en las personas.

Enlace: Nuevo récord de trasplantes: 36 en un día

La vida pasa, la gente pasa, la fama pasa, pero la magia no, la magia perdura para siempre.

La magia es eterna.

Magia es abrazar a una persona querida y notar como fluye el afecto – de una forma casi física – en el abrazo.

Magia es observar como duerme un bebé recién nacido, que se agita levemente en su nuevo mundo.

Magia fue lo que sucedió la noche del Domingo 01 de julio, en Kiev.

La selección española de fútbol dio una lección magistral de juego, de equipo conjuntado, de estilo bello y maravilloso. España juega de una manera que roza la belleza sin paliativos, la estética del deporte combinada con el arte, con la creatividad.

Pura magia.

Esto veintitrés jóvenes millonarios y el hierático marqués que los dirige no van a pagarme la hipoteca. Ni se van a levantar conmigo a las seis y media de la mañana cada día, ni van a barrer las calles con el barrendero.

Sin embargo, hay cosas fútiles tan hermosas, que elevan la categoría de lo banal hasta convertirlo en trascendental.

La vida pasa, la gente pasa, la fama pasa, pero la magia no, la magia perdura por siempre.

Debemos recordad bien lo de España, porque tendremos que contárselo a nuestros hijos y nietos, ya que no nos creerán.

El partido contra Italia ha sido el más bello que he visto en mi vida y aunque la desazón de los tiempos de crisis no desaparece, espectáculos como el del domingo la amortiguan un poco, y la esperanza, que es lo ultimo que se pierde, de que todo  ira un poquito mejor, renace, aunque sea débilmente, al ver a estos magos bajitos tocar el balón como si fuera una amante adorable.

A parte de la magia y de los sentimientos de épica evocadora que la final tuvo para mí, hay una componente psicológica, más científica, que me apetece comentar.

El tercer escalón de la pirámide de jerarquía de las necesidades humanas , trazada por Maslow, es el de la Afiliación, es decir, reforzar valores como la amistad, el afecto o la intimidad sexual. Es en este escalón donde se ubica la necesidad de pertenencia al grupo, el refuerzo de la identidad.

La selección ha conseguido que gran parte de los españoles hayamos cubierto ese escalón de necesidad, porque nos ha hecho partícipes de la conciencia del grupo, de pertenencia al equipo de la camiseta roja. Ese refuerzo del grupo se observa caminando por las calles de cualquier ciudad de España, donde ondean miles de banderas al viento.

Todos sabemos la apropiación tirana y vergonzosa que se hizo durante la dictadura fascista de nuestro símbolo. Ahora, un deporte, un entretenimiento aparentemente fútil y tonto, convierte de nuevo el símbolo del país, en universal.

El deporte es la máxima expresión de la colectividad representada por un grupo reducido de competidores, y funciona como caja de resonancia de los sentimientos que laten en una sociedad – buenos y malos – .

En el caso de la roja estos sentimientos, desde hace cuatro años, son positivos, y la ejemplaridad que estos jóvenes normales, educados y respetuosos con el rival – las imágenes de Casillas rogando al árbitro que pitara el final para detener la agonía italiana han causado admiración en el país transalpino – es digna de aprovecharse.

Aprovechemos que la magia aún nos impregna y nos embelesa la mirada, enamorados de un estilo de juego, para utilizarla en revertir la realidad. La realidad que duele, que escuece como arena en los ojos todos esos madrugones, que carga los riñones en la vendimia, o que inunda nuestros pulmones de polvo en la mina.

Porque la magia, y eso no debemos olvidarlo, perdura para siempre.