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El tsunami

Publicado: 16 enero, 2013 en Personal
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl pescador disfrutaba apaciblemente de la mañana fresca y soleada. El olor a salitre y la espuma vaporizada que le refrescaba el rostro le hacían sentirse pleno y feliz. El sol se deshacía en un puzle plateado en la balsa tranquila que en ese momento era el mar. La brisa apenas mecía el hilo de la caña fija que permanecía anclada a un metro de él, sentado en una silla de metal y tela vieja.

El pescador repasaba su apacible y aburrida vida con una sonrisa amarga y solamente los pequeños sobresaltos que le provocaban falsos tirones de inexistentes peces, le hacían reaccionar.

Tenía mujer, hija y una hipoteca sobre una casa demasiado grande para él, un trabajo aburrido pero no demasiado, un coche corriente, y un seguro de vida.

La primera señal de que algo sucedía, le hizo pestañear, deslumbrado por el sol. Aguzó el oído pero el batir de las olas continuaba con la misma cadencia, sin embargo había algo que no encajaba; salvo el mar, todos los demás sonidos del mundo se habían apagado.

El pescador se levantó inquieto y observó la superficie del mar. Repentinamente el agua se retiró como en una inmensa e instantánea marejada y dejó al descubierto las rocas del fondo, el fondo era visible al menos a un kilómetro de distancia.

El corazón del hombre dio un vuelco y su alma se encogió de miedo cuando observó la ola gigante que avanzaba hacia él silenciosa pero imparable.

Apenas tuvo tiempo de pensar en nada cuando se lo tragó el agua.

Cuando despertó comprendió que todo había cambiado, que toda su vida anterior había sido engullida por la ola gigante y que había desaparecido bajo las aguas.

Los sentimientos que le invadieron eran contradictorios e iban desde la euforia, al miedo y desde el alivio a la pena.

En el fondo de su alma, una luz tenue que acabaría por convertirse en un astro radiante y luminoso le hizo comprender la verdad. Solamente existía una razón para mantenerse erguido, vivo y sonriente mirando al sol que secaba despacio sus ropas empapadas.

Esa razón era el amor.

Al fin lo había encontrado.

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“El camión avanza despacio por la carretera sorteando escombros humeantes. Sentado en la parte de atrás, Yukio se ajusta la máscara de tela que, aunque no sirve para nada, le tranquiliza. Levanta la vista y observa a sus hombres, todos tienen el cansancio esculpido en el rostro y apoyan la espalda en las paredes de la cabina que traquetea levemente. La tela verde que cubre la parte trasera del vehículo ondea como una bandera sacudida por el viento, el mismo viento que expande la muerte invisible por todos los rincones. El motor ronco del camión y el golpeteo de la tela son los únicos sonidos que escucha Yukio, acongojado una vez más por el impresionante silencio que les recibe en cada nuevo turno. El bombero no ha experimentado jamás una sensación de angustia semejante, en cualquier otro incendio al que ha acudido los sonidos les acompañan – ahora lo sabe – otorgando normalidad a su trabajo.

El camión se detiene y los bomberos se miran en silencio, serios y concentrados, dispuestos a enfrentarse, un día más, a la Muerte.

Yukio es el primero en bajar y dirigir su mirada, de nuevo, al terrorífico esqueleto humeante del reactor tres de la central.

Acaban de volver a Fukushima”

Este podría ser perfectamente un fragmento del relato de la gesta que unos hombres corrientes, enfundados en trajes no aptos para salvaguardar su seguridad, realizaron hace unos meses para salvar a su nación de una de las catástrofes más colosales de su historia.

He leído las declaraciones del exprimer ministro japonés donde afirma con una claridad increíble que tras el accidente de la central nuclear de Fukushima, Tokio estuvo a punto de desaparecer. Que gracias a que el viento sopló en una dirección y no en otra, treinta millones de personas pueden seguir habitando, a día de hoy, una de las ciudades más importantes del mundo.

Hoy no es el día para debatir acerca de la bondad o no de la energía nuclear – ya llegará el momento  – si no para honrar a los héroes de Fukushima, a los 230 hombres que arriesgaron sus vidas – algunos las perdieron y otros las perderán por las secuelas de la radiación – sin pensárselo para controlar la catástrofe. Ayer, a este puñado de valientes, les otorgaron el Premio Príncipe  de Asturias de la Concordia.

Leyendo las historias de estos hombres uno vuelve a creer que el género humano aún tiene esperanza.

Referencias:

Los Héroes de Fukushima Príncipe de Asturias de la Concordia

Los ‘kamikazes’ que devolvieron la esperanza a Japón

Entrevista al capitán de Bomberos de Fukushima