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El anciano

Publicado: 15 febrero, 2013 en historias, Personal
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Observo al anciano beber su jarra de cerveza con la mirada acuosa perdida en la bruma del tiempo. En sus ojos cargados  de vivencias veo reflejados los míos. Sus manos arrugadas y retorcidas como sarmientos secos parecen añorar las caricias de su amada y juguetean con la servilleta de papel. Entre trago y trago, que saborea con los ojos cerrados, su actitud es resignada y digna. Viste un traje marrón claro y bajo la americana abierta, asoma un grueso jersey gris con cremallera hasta el cuello. El pelo blanco amarillea y escasea, coronando un rostro enjuto y serio de ojos grises. Ansío conocer su historia

¿Cuál es el nombre de la amada perdida?

¿Rompió tal vez el anciano su vida por amor y arrojó los pedazos al aire para que los barriera el viento?

¿Saltó al vacío sin red confiando en una mirada brillante y apasionada?

Un nudo atenaza mi garganta mientras imagino aterrado que acabaré mis días sentado, solo, en una cervecería  de una ciudad inmensa, añorando los besos que me arropaban en las frías noches de invierno.

Estoy a punto de acercarme al anciano para saciar mi impertinente  curiosidad cuando entra una señora muy mayor, con el pelo níveo recogido en una cola, y se sienta frente a él sonriendo.

Entonces, al observar como se ilumina el rostro del anciano, como si estuviera contemplando a la mismísima diosa Afrodita hecha mujer, siento que un río de lágrimas se me desborda mejillas abajo, incontenibles, purificadoras, salvadoras.

Hoy he aprendido que el Amor perdura para siempre.

Inmutable

Publicado: 16 agosto, 2011 en opinión, Personal
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En la plaza del pueblo los ancianos permanecen inmóviles como estatuas de piedra, semejando gárgolas centenarias que se asoman al abismo del final de sus vidas y ven pasar la de los demás. Sus manos encallecidas de venas gruesas se retuercen sobre los cayados o reposan perezosas sobre los regazos que suben y bajan acompasadamente al ritmo de sus pensamientos. Sus ojos acuosos, velados por el tiempo, observan con añoranza cómo juegan los niños.

Sólo los árboles han presenciado más cosas que el grupo arrugado y solemne de observadores inmutables. La vida se ha convertido para ellos en el recurrente recuento de los que desfilan delante suya camino del cementerio.

Sus conversaciones giran entorno a la Muerte a la que hasta ahora han conseguido sortear con más o menos acierto.

Cuando les saludo, me siento intruso en su círculo y percibo tras cada palabra amable un reproche sutil por mi ignorancia, por mi osadía diaria con la que afronto la vida. Quisiera atreverme a decirles que admiro su mirada cargada de experiencia, que envidio su posición de privilegio en la que cada acontecimiento, cada duda, es un recuerdo que se repite disfrazado de novedad.

Me limito a sonreír con respeto y a seguir mi camino dejándoles allí, silenciosos, rumiando la certeza de que les queda poco tiempo y lamentando que sólo cuando ocupemos su lugar los más jóvenes comprenderemos el funcionamiento de la vida.

Y entonces nos convertiremos en observadores inmutables tan sólo superados por los árboles que nos observan a su vez a nosotros desde las altas y retorcidas copas mecidas por el viento.