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Miguel Montes Neiro tiene 60 años de los que lleva 36 (¡treinta y seis!) en prisión, la mayoría de ellos en prisión preventiva. Algunos de los delitos por los que ha sido condenado conllevaban una pena de cárcel menor que la acumulada en este encierro preventivo. El objeto de la prisión preventiva es evitar que un posible culpable deambule libremente por las calles, donde podría cometer algún delito más, por ser un peligro para la sociedad.

Miguel jamás ha cometido un delito de sangre, su primer ingreso en prisión fue por negarse a realizar el servicio militar en 1966, ha cumplido cárcel por delitos como deserción militar, contra la salud pública, robo, quebrantamiento de condena, contra la seguridad del tráfico y falsificación de documento público, entre otros. Miguel es una persona – o lo fue, porque ahora sufre una grave enfermedad – inquieta, rebelde, que no se somete a la autoridad, impulsivo y lo más grave: no fue capaz de medir el daño que sobre sí mismo tuvieron sus actos.

Todos estos calificativos – absolutamente subjetivos por mi parte – no son suficientes para que un ser humano merezca estar entre rejas durante treinta y seis largos años. A cualquiera le vienen a la mente delincuentes que jamás han pisado una cárcel o que lo han hecho casi anecdóticamente a pesar de haber asesinado o robado inmensas cantidades de dinero.

Este caso es escandaloso e hiriente y remueve las entrañas de cualquiera. No es tolerable que el mismo sistema judicial que permite que asesinos condenados pasen unos cuantos meses en una casa juvenil o que otorga potestad a un juez para cambiar a su antojo – para que el nene pudiera salir en un procesión de Semana Santa – el régimen de visitas de un padre divorciado, sea extremadamente duro e inflexible con el caso de este pobre hombre.

El remate que ya es el colmo de la desvergüenza ha sido la reciente negación de la salida de prisión de Miguel por parte de la Audiencia de Granada – a pesar de que el último Consejo de Ministros del Gobierno saliente le indultó el pasado 16 de diciembre – por un defecto de forma.

La consecuencia de este absurdo empeño por cogérsela con papel de fumar ha sido que Miguel no ha podido pasar las Navidades con su familia, sigue en la cárcel de Albolote (Granada) esperando que a alguien le dé por aplicar de una buena vez el sentido común a este caso delirante de injusticia.

Luego escucho los ecos del juicio de los trajes, de los sastres y de los ladrones con corbata de seda – que por supuesto no han pagado ellos sino todos nosotros – y me hierve la sangre y me dan ganas de acercarme al juzgado y preguntarle al juez, que estos días de fiesta estará calentito en su casa, con su familia, comiendo turrón y pavo, que en qué demonios está pensando, que si es que el cava le ha matado todas la neuronas y es incapaz de entender que este hombre se muere y que al menos le permita hacerlo rodeado por los suyos, arropado por su familia y no por las frías rejas, un jergón de mala muerte y una pared gris llena de pintadas obscenas y marcas – que ya no caben – que miden el paso del tiempo infinito.

Un tiempo que ya le están robando a Miguel hace demasiado.

Esperemos no tener que lamentarlo cuando ya sea demasiado tarde.

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46 años en prisión provisional

El preso más antiguo sigue en la cárcel pese al indulto

Ayer por la mañana, como todos los años, la cantinela de los niños de San Ildefonso me acompañó mientras conducía, mientras trabajaba o mientras desayunaba. Los números premiados iban completando las casillas entre algunas maldiciones, huys y lamentos por parte de los que veíamos como la esperanza se diluía a medida que las bolas implacables eran cantadas por los niños. Al final, la postal ha sido una lista de números que han salpicado de cava y sonrisas los rincones de esta España machacada por el paro y la crisis.

Ninguno de esos números mágicos que ha dado un respiro a personas que, en general, lo necesitaban, era el mío. Luego me sumí en una suerte de melancólico lamento en el que mi sonrisa triste me recordaba delante del espejo que hoy es el día de la salud. Así, un poco tontorrón, he salido del trabajo a encontrarme con un maravilloso mediodía soleado del Sur. He puesto la radio en el coche y he vuelto a escuchar el trino feliz de los cantores de la suerte, los tópicos y típicos loteros felices por la suerte ajena, los que “tapan agujeros”, los que podrán acabar el año bien, los que estaban en paro, los que llevaban meses sin cobrar… De todas esas voces felices, la mayoría deseosas de compartir con estridencia su alborozo, la que me ha llegado al alma, tan profundamente que me ha hecho llorar – lo confieso – ha sido el susurro de una madre canaria que tenía encima de la mesa una orden de desahucio. Ahora, esos cincuenta mil euros de un quinto premio, que le ha regalado un décimo comprado anoche con sus últimos veinte euros, servirán para que estas sean las mejores navidades de sus vidas, la suya y las de sus hijos. Mientras enfilaba el atasco de todos los mediodías y escuchaba la voz entrecortada, casi avergonzada, de esta mujer, sentía que las lágrimas empañaban mis gafas de sol y me he sentido muy, muy afortunado. Afortunado por tener trabajo, por estar rodeado de personas que me quieren, que me apoyan y que dan sentido a que cada día me levante, y que encima – ¡Encima! – me dejan quererles. Afortunado porque la sonrisa y los abrazos de mis sobrinos envuelven mi alma muy a menudo – más veces de las que merezco – . Afortunado por poder contar estas cosas y que haya alguien, no importa cuántos, ahí, donde estás tú ahora, dedicando tu valioso tiempo a pasear tu mirada por estas letras.

Luego, para añadir un poco más de leña al fuego, me tropiezo con el rostro de un joven de 34 años que ha sido asistido para suicidarse. Sufría ELA, una enfermedad brutal que sume al enfermo poco a poco en una parálisis mortal en la que dejan de funcionar todos los órganos – la mayoría de los enfermos mueren asfixiados porque dejan de poder respirar -.

No puedo siquiera alcanzar a comprender lo que ha debido sufrir esa persona para querer dejar de vivir de una manera programada… Y yo que me estaba lamentando porque un papelito con mi número no vale nada…

Por eso, cuando se me ha pasado la vergüenza de sentirme un auténtico imbécil superficial, me he vuelto a mirar en el espejo y no me ha cabido la menor duda de que ayer fue el día en el que me tocó la lotería.

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“Vivo en una cárcel que se estrecha”

Cuando era pequeño – muy pero que muy pequeño – quise que mi Rey Mago favorito – Baltasar – me trajera un piano de juguete y mi padre me subió a la carroza para que se lo pidiera personalmente. Recuerdo aquel gigantón de piel “negra” como el ébano, mirándome sonriente y yo sentado, asustado y acongojado, frente a él.

El piano llegó al día siguiente, llenándome de felicidad – más adelante me enteré de que mi tía Conchy se había recorrido todas las tiendas de Motril buscando el dichoso juguete -.

La Navidad es para mí una época agridulce en la que este tipo de recuerdos bonitos se solapan con sentimientos amargos. De alguna forma siento que la obligatoria alegría que hemos de mostrar de cara a la galería, me chirría un poco. Cuando paseo por las calles iluminadas – en algunas ciudades, por bombillas de bajo consumo, que hay que ahorrar – e inundadas de sonidos, villancicos, papanoeles con barbas postizas mal fijadas, vendedores de castañas, y tiovivos ambulantes, se me encoje un poco el ánimo.

Cuando vuelvo a casa de mis padres y me reúno con mis hermanos, básicamente estoy triste, sufro de una suerte de depresión navideña que me esfuerzo en disimular – imagino que si están leyendo estas líneas, este año resultará más difícil fingir – contando chistes o maltratando alguna canción. No quiero decir que no me guste la Navidad, al contrario, me parece una época curiosa en la que fundamentalmente tratamos de engañarnos con buenos propósitos, lo suficientemente ambiciosos y llenos de generosidad como para que nos convalide el resto del año, en el que nos importan un pimiento los demás. Sin embargo, algo en el fondo de mi corazón rechaza de alguna forma toda esta parafernalia colorista, esta espiral consumista en la que nos dejamos enredar con facilidad – a pesar de todo, siempre acabo viendo la enésima reposición de “¡Qué bello es vivir!” sin poder reprimir una lagrimita-.

Esta mañana, en mitad de esta especie de tortura en la que imagino a un duendecillo con cascabeles, vestido de verde, haciéndome cosquillas con una pluma para que sonría sin parar, independientemente de que me apetezca o no, ha aparecido una noticia que sí que me ha hecho sonreír con sinceridad. Ha sucedido en Huelva: un juez ha desestimado la denuncia por lesiones – vamos, un caramelazo – de una señora contra el Rey Baltasar – el que me regaló el piano – argumentando razones como “imposibilidad de determinar su nacionalidad” o “ser un fiel seguidor suyo desde pequeño”.

Gracias, señor juez, porque en parte ha conseguido usted con su singular sentencia, que vuelva a creer en la magia de la Navidad.

Enlace: ¿Se puede juzgar al rey Baltasar por lesiones?