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Isidro

Publicado: 6 mayo, 2012 en Personal
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Algunas veces un gesto, una palabra o una sonrisa evoca un recuerdo que teníamos enterrado entre brumas o en lo más hondo de las tripas, no porque fuera necesariamente malo, sino simplemente porque lo habíamos desterrado con el paso del tiempo.

Es curioso cómo suceden las cosas.

La vida es una sucesión de acontecimientos que van dejando su impronta, algunos de manera clara y otras de forma sutil. Estos últimos son los que se convierten en sordo compañero durante años, y de repente algo lo hace vibrar y se reaviva como los rescoldos aparentemente fríos de la chimenea.

Todo este preámbulo es solamente para contar que esto es precisamente lo que me ha sucedido a mí recientemente. Hace unos días, de pronto, no recuerdo cuál fue el detonante, me acordé de Isidro.

Isidro fue mi compañero de habitación hace siete años, cuando pasé unos días en el hospital ingresado. Era un hombre de unos setenta años, optimista, simpático, educado y la persona perfecta con la que compartir una habitación de hospital.

Isidro sabía escuchar discretamente y siempre tenía una palabra amable y de ánimo cuando los minutos eran horas y las horas días, en aquella eterna espera medicalizada.

Salí del hospital y él se quedó allí, esperando su turno para pasar por el quirófano.

Me tropecé con él, meses después, apagado y desmejorado, y me saludó con la sonrisa pegada a la cara como una mueca desdibujada.

No lo he vuelto a ver.

No sé si Isidro vive o murió. Ni siquiera sé su apellido, ni de dónde es, tampoco supe jamás a qué se dedicaba ni cuántos hijos tenia, ni nada de nada.

Sólo sé que su rostro agradable y su pelo blanco como la nieve acudieron a mí el otro día, y me sentí triste, por no haber tenido siquiera la inquietud de averiguar algo de aquel compañero de habitación que prestó su hombro para que un extraño – un hombre asustado – llorara sobre él.

Ojalá tenga la oportunidad de dejar las cosas en equilibrio y devolver lo que Isidro hizo por mí de alguna forma, confortando a alguien que sufre o ayudando de alguna manera modesta, sutil y olvidable, a cualquiera que lo necesite. Y dentro de unos años, el beso de un sobrino, o la lágrima fácil de una madre, puedan traer a la memoria el recuerdo del desconocido, anónimo y discreto compañero de habitación.

Gracias, Isidro.

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Elsa Fornero tiene 63 años, es catedrática de economía, fundadora de un prestigioso centro internacional de investigaciones económicas y ha sido nombrada ministra por Mario Monti, el primer ministro italiano, sucesor de Berlusconi y encargado de recomponer los trozos de porcelana rotos de una hundida Italia.

Elsa Fornero tiene alma.

En una multitudinaria rueda de prensa, en la que ha anunciado una política dura, exigente y austera, en la que se recortan las pensiones, las prestaciones sociales y se le pide a la población más sacrificios, la ministra, la mujer más preparada de Italia, ha roto a llorar.

Tras una reunión maratoniana, esta señora – bastante alejada de su predecesora en el cargo, una guapa higienista dental colocada por Berlusconi – ha demostrado en cinco minutos más amor por su país que el dueño del Milán en todos los años en los que ha estado paseando su rostro artificial y maquillado, por Europa.

Italia vendió su alma ante los fuegos de artificio y el populismo de un megalómano, obseso sexual  e incompetente – demostrado por los hechos y las terribles cifras que llevan al actual gobierno a tomar estas durísimas medidas -.

En tiempos de bonanza un payaso – de los que cuentan el chiste inoportuno y abochornante en las cumbres europeas – al frente de un país es solo una atracción curiosa de feria, porque los errores se disimulan con buenas cifras y maquillaje.

En tiempos de crisis es tan peligroso como un mono con dos pistolas.

Los malos tiempos ponen a cada uno en su sitio porque un paso en falso nos hace meter el pie en la trampa y perderemos la pierna y es cuando las caras bonitas y las orgias en el palacete del ex primer ministro sobran.

Necesitamos mentes lúcidas que combinen conocimientos, cabeza fría y alma en dosis iguales. Conocimientos para saber qué y cómo hacerlo.

Cabeza fría para tener mano firme al aplicar la receta.

Y alma para transmitir cercanía, para que cuando me miren a los ojos y me digan que me tengo que apretar el cinturón, al que ya no le quedan agujeros, me lo crea y me sienta parte de la solución con mi esfuerzo.

Ojalá cunda el ejemplo y en Europa se extienda como la pólvora la noticia: los ministros también tienen alma.

Enlaces:

Las lágrimas de la credibilidad

Entrada Blog : Obsesiones sexuales

La Historia está plagada de intentos por parte del hombre de conseguir construir máquinas que imitaran al hombre, tanto en sus movimientos como en su pensamiento. Ya en el antiguo Egipto existían estatuas de dioses con mecanismos artificiales que les permitían expulsar fuego por la boca o los ojos. En el siglo I de nuestra era, Herón escribió un tratado en el que recogía y detallaba el funcionamiento de máquinas que imitaban el movimiento humano o pájaros artificiales que gorjeaban. En la Edad Media se inventaron diversos artilugios como “cabezas parlantes” e incluso el gran Leonardo da Vinci construyó al menos dos – que se sepa -, uno de ellos, con forma humana, podía mover los brazos y sentarse. En la actualidad es de sobra conocido el inmenso catálogo de artefactos – con forma humana o no – que se diseñan para que se parezcan a nosotros. No podemos olvidar al gran Deep Blue, la primera máquina capaz de derrotar a un humano jugando al ajedrez.

Ante este aluvión de intentos uno se pregunta ¿Por qué esa obsesión por construir estos aparatos? ¿Tenemos la necesidad de sentirnos creadores, como dioses que insufláramos vida a algo inanimado? Es bien cierto – y vuelvo al pasado histórico – que hay muchísimas leyendas que nos hablan de seres artificiales al servicio del hombre, o que simplemente le aterrorizaban, por ejemplo el monstruoso Golem de la mitología hebrea. Lo cual me lleva a pensar que probablemente forme parte de la inquietud del ser humano este perfil hacedor de vida.

Todo esto viene a cuento de una noticia curiosa y un tanto divertida que he leído: la invención de un oso de peluche robótico que te toquetea cuando roncas.

En fin.

Puede ser útil que cuando empiece el concierto de ronquidos se active el muñeco, se te acerque y te suelte un par de tortas – estaría bien que también usara el método del calcetín en la boca, pero dudo que los japoneses hayan caído en ello – pero para empezar veo un clarísimo problema: si duermes solo ¿Qué importa que ronques? Y si tienes compañía ¿No corremos el riesgo de que el osito de marras le dé un pescozón a nuestro compañero – o compañera –  de cama? ¿O de que le meta mano? ¿Se imaginan la violenta situación de tener que explicar “no he sido yo, querida, ha sido el osito”? Lo malo es que nos respondan con un “ya me parecía a mí” y una mirada de desdén.

De locos.

La magnífica novela clásica del monstruo de Frankenstein es una muy buena reflexión sobre dónde pueden llegar los límites de la sinrazón aplicada a la ciencia, sacrificada la ética en aras de una supuesta evolución.

No puede pretenderse replicar el alma humana, que eso es de lo que se trata al final. Porque la cuestión es que tal vez para algunas cosas lo que realmente se necesite es una persona de carne y hueso, que se enfade, que nos pegue una colleja, o que nos achuche para que dejemos de roncar o para lo que sea. En definitiva que nos haga sentirnos humanos. ¡Qué demonios! Que eso es lo que de verdad necesitamos.

Y además, no gasta pilas.

Enlace: Un oso de peluche robótico que te toquetea cuando roncas

Confieso que a veces soy un poco intransigente con algunas actitudes.

No soporto la autocompasión, ni la falta de entereza para afrontar los problemas, ni la incapacidad de relativizar lo que nos acontece. A medida que cumplo años este defecto – sin duda es un defecto, pues me garantiza más complicaciones de las necesarias  – se agrava y me vuelvo más severo al encontrarme con personas así.

No comprendo que haya alguien que no sepa valorar la suerte que tiene.

Porque, en el fondo, todos tenemos suerte.

Para empezar por estar vivos.

Somos fruto de millones de años de evolución, casualidades astronómicas y luchas sin cuartel en las que nuestros antepasados – un proyecto de homo sapiens que corrió más que un compañero huyendo de un tigre de dientes de sable, o un londinense que sobrevivió a la epidemia de peste negra de 1665 en la que morían siete mil personas a la semana, o un prisionero del campo de concentración de Auswitch  – en algún momento de sus vidas sólo tuvieron una idea: sobrevivir.

Y lo consiguieron.

Y lo mínimo es que seamos dignos del esfuerzo que hicieron para seguir respirando, que apretemos los dientes y tiremos de tripas para luchar contra las adversidades, o al menos, si no podemos vencerlas, que recibamos su impacto con la mirada serena, sin miedo.

Hay que aprender a valorar lo que se tiene, porque la mayoría de las cosas que aceptamos como intrínsecas a nuestro nivel de vida no son cosas que caen del cielo como el maná, son cosas por las que alguien tuvo que luchar y partirse la cara para conseguirlas. Si fuésemos capaces de contextualizar nuestra propia existencia y dar el verdadero valor al origen de nuestro bienestar, tal vez las cosas nos irían un poco mejor.

Ahora estamos – dicen – viviendo la peor crisis de los últimos ochenta años – el número varía según el nivel de pesimismo que esgrima el economista de turno – pero eso sólo significa que nos ha tocado batirnos el cobre de forma más acentuada que en otras situaciones.

Estamos en deuda con nuestros antepasados, y esa deuda que contrajimos en el instante en el que vinimos al mundo, debería motivarnos para tratar de ser mejores personas superando las adversidades que nos han tocado vivir y de alcanzar el objetivo primordial que todo ser humano debería tener en la vida: dejar un mundo mejor a nuestros descendientes cuando desaparezcamos.

Esta mañana he asistido al despido de un compañero.

Ni siquiera es mi amigo, ni he tenido la ocasión de trabajar con él codo con codo.

Hasta hace unas horas era una persona que tenía un despacho frente a mi sitio, que realizaba una labor más o menos desconocida para mí… ahora es un padre de familia que quita las fotos de sus hijos del tablón de corcho de la pared. Un hombre que llena una caja de cartón con cosas que durante muchos años de trabajo ha acumulado.

La conclusión final es muy sencilla: sólo quedan las personas.

Es decir, detrás de los índices, de los gráficos, de los resultados, de los abismos económicos, de la recesión, de la deuda griega, de las primas de riesgo y la madre que las parió, – esto me ha quedado muy Pérez Reverte – lo único que hay son personas.

Personas que vuelven a casa un martes y trece a las diez de la mañana con una caja de cartón y recuerdos.

¿Cómo será el despertar del día después? La alarma del despertador vuelve a sonar a las 6:30 porque ha olvidado desconectarla y hasta que no pasan varios minutos, en los que inconscientemente ya ha iniciado la rutina de los últimos años, no es consciente de que no tiene que ir a ninguna parte. Entonces se sienta en la cama, perdido, aturdido, sin nada que hacer.

Es muy fácil opinar sobre algo cuando no le pones ni una cara ni unas circunstancias personales, sólo te limitas a disertar o a esbozar, con más o menos desaciertos  gramaticales y de estilo, temas que te sugiere la realidad o simplemente una imagen o una foto.

¿Pero qué sucede cuando miras directamente a los ojos de una persona que se enfrenta al abismo? ¿Dónde están y de qué valen las vacías palabras de tinta?

La vida es dura y cuando te somete a una prueba repentina no hay preaviso y sólo queda la propia capacidad para encarar las circunstancias y sobreponerse.

Cuando pienso en la futura educación de mis futuros hijos, aspiro a ser capaz de dotarles de entereza y mecanismos que les permitan dos cosas: ser coherentes y ser capaces de enfrentarse a las adversidades.

La mayor enseñanza que los años me han regalado es que, al final, detrás de todo el teatrillo que nos hemos inventado, sólo quedan personas.

Ojalá el paso del tiempo no nos haga olvidar jamás que son lo único importante.

Las enanas marrones son estrellas fallidas, cuerpos que no han juntado suficiente masa como para encender en su interior las reacciones nucleares que hacen brillar a las estrellas normales.

Un observador pesimista podría decir que, según esta definición, el mundo está lleno de seres humanos que se comportan como enanas marrones, es decir, como seres incapaces de encender en su interior chispa motora alguna. Estos seres, que se mueven por impulsos instintivos más que racionales, se dejan llevar por el curso azaroso en el que las circunstancias – siempre ajenas a ellos – les han colocado. Asisten como cuerpos fríos suspendidos en el vacío estelar, como espectadores sin vida propia, al transcurso de su devenir vital.

Las enanas marrones son inmunes a lo que sucede a su alrededor, a través de su mirada gris el mundo es un lugar desprovisto de color, aunque hubo un tiempo en sus vidas en el que se creyeron felices siguiendo el camino marcado por convencionalismos o leyes dictadas por otros, pero un día despertarán – tal vez cuando un meteorito les sacuda y les haga abrir los ojos de par en par – y observarán que han creado a su alrededor la nada más absoluta.

Los creadores de la nada no piensan ni en su futuro ni en el de los demás, viven el aquí y el ahora de la forma más trivial posible, sin complicaciones, esperando a que pase la vida por encima de ellos, porque son incapaces siquiera de empatizar con el resto de seres humanos.

Piensan que la esperanza es un invento sectario, que un grano de arena jamás hará montaña, sus frases más manidas son  “¿Qué más da lo que yo haga?” o “Todo el mundo hace igual”. Se siente arropados por la estela de otras enanas marrones que como ellos cargan con un alma helada y sin chispa.

No votan, no piensan, no participan, no crean, no comprenden, no actúan…

Lo más angustioso no es la mera existencia de enanas marrones – la naturaleza está llena de ellas – si no la resignación, la falta de iniciativa para tratar de romper la maldición de la mediocridad.

Porque no todos tenemos la fortuna de recibir el impacto del meteorito que despierte nuestra alma antes de que sea demasiado tarde.

Reinventarse

Publicado: 23 agosto, 2011 en Blog, Personal
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Ya he comentado en alguna ocasión lo efímera que es la mente humana, lo fácil que se disipan los recuerdos entre las brumas del tiempo y lo tercos que somos a la hora de reutilizar esa sabiduría en nuestra futura manera de actuar.

Las excepciones son las experiencias vitales límite: sobrevivir a un accidente casi mortal o superar una dura enfermedad que nos mantuvo a las puertas de la muerte. Cuando nos suceden estas experiencias y vivimos para contarlo, nuestra memoria las graba a fuego en nuestra alma que queda marcada por la difícil prueba. En el tiempo cercano a ellas somos capaces de dar a cada cosa su valor, somos jueces justos de la realidad y calibramos de manera precisa el sinsentido de la banalidad. Valoramos los momentos importantes, miramos a nuestros seres queridos dichosos de poder abrazarlos de nuevo, porque tuvimos momentos en los que no los creímos posible.

En el tiempo que dura esa lucidez llega el momento de reinventarse, de analizar con ojo crítico nuestra vida anterior – que ya no cuenta para nada – y lijar las imperfecciones para encarar al futuro con una sonrisa nueva en el rostro.

A pesar de todo, nunca es fácil de conseguir, en una vida dirigida hacia un propósito – en su mayor parte desconocido – el golpe de timón suele ser extraordinariamente difícil y requiere de una fuerza titánica para ser ejecutado.

Obviamente no todas las vidas son iguales, ni todas las experiencias conducen a la reinvención, ni todos los pasados necesitan un viraje. Sólo pretendo poner de manifiesto que, incluso en los casos en los que nosotros mismos hace mucho tiempo que somos conscientes de que caemos abocados para estamparnos contra un destino que no deseamos, el cambio, la reinvención, es extremadamente difícil de conseguir.

A veces, sólo a veces, enfrentarse a la mirada vacía de la Muerte y seguir viviendo, es suficiente para que nos aferremos con firmeza al dichoso timón y tratemos de redirigirlo.

Los afortunados que lo consigan serán entonces los dueños de su propia vida.