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Releyendo algunas de mis entradas compruebo que el tema de la muerte es recurrente, como si en la mitad de mi vida me atrajera al igual que la luz a las polillas. Lo triste y verdad es que aunque quiera alejarme del foco que me chamuscará, los acontecimientos se empeñan en empujarme hacia él.

Ayer viví un suceso espantoso, de esos que uno quiere olvidar cuanto antes sin ni siquiera comentarlo con los demás para así darle más visos de irrealidad. Sin embargo, la vida está llena de claroscuros por mucho que nos empeñemos en iluminar las partes umbrías con potentes lámparas. Si lo hacemos sólo conseguiremos deslumbrarnos, aturdirnos y percibir una realidad falsa y distorsionada.

La vida es dura, una maldita cabrona en ocasiones, que nos machaca hasta límites tan insospechados que no dejo de sorprenderme ante el aguante que tiene el ser humano.

Siempre he defendido el encarar las adversidades de frente para que nos sirvan como experiencias aleccionadoras.

Hay excepciones.

La muerte de una chica joven, embarazada, de un aneurisma, no tiene nada de aleccionador.

Las palabras con voz rota de su madre preguntándose por qué una y otra vez no enseñan nada, salvo que el dolor es tan intenso que anonada.

Había decidido no escribir sobre esto, contar un par de anécdotas curiosas de mi largo fin de semana, hasta graciosas, pero la mirada enturbiada por los tranquilizantes de una madre destrozada acude a mi mente una y otra vez.

Si quiero ser honesto con este rincón en el que vierto mis inquietudes, mis alegrías y mis reflexiones, debo contar esto. Aunque no aporte nada y sólo sea el lamento de un cuarentón absolutamente aturdido por las cosas que pasan a su alrededor.

Tengo que pedir disculpas por no ser capaz de engarzar de manera coherente las palabras y dar forma a todo lo que se agolpa en el nudo de mi garganta, pero básicamente se trata de sentimientos y las palabras más que ayudar, entorpecen.

Cuando hay que sostener con entereza una mirada febril y dolorida y apoyar la mano en el hombro para hacer saber que acompañamos, aunque no sirvamos de consuelo, las palabras sobran. Sólo vale mirar, apretar los labios, besar, abrazar y fundirse en el dolor para tratar de absorberlo un poco y mitigarlo, aunque sea durante un instante.

No quiero hacerlo, pero no dejo de imaginar al marido, un chico joven, abandonando el tanatorio sin mirar atrás, regresando a su casa vacía, a la vida, que transcurre a su alrededor como si nada hubiera sucedido. Y él desearía detener el mundo para desgañitarse gritando que nada sigue igual, que todo ha cambiado, que nada tiene ya sentido.

Sin embargo, en el pozo de la desesperación, tiembla una llamita de esperanza.

Se llama Carlota, es el bebé, una niña que los médicos consiguieron salvar a pesar de lo que le sucedió a su madre.

Carlota es la esperanza a la que tendrá que aferrarse su padre con toda la fuerza de la que sea capaz, porque es el único hilo, casi deshilachado, de felicidad al que trataremos de agarrarnos todos con desesperación.

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De todas las cosas que a lo largo del día de ayer escuché o leí sobre Steve Jobs – el fundador e impulsor de Apple, la segunda compañía más importante del mundo, que falleció ayer a los 56 años a causa de un cáncer – la que más me impresionó, con diferencia, fue el saber que “murió en paz, rodeado de sus hijos” según su propia familia.

Si tuviese que elegir sólo una cosa para parecerme a Jobs, elegiría esa en particular. Morir en paz, rodeado por mi familia, teniendo sólo que levantar la vista alrededor para saber que he hecho las cosas bien.

Como él mismo dijo en un discurso memorable, cuyo enlace comparto más abajo, “La muerte es el destino que todos compartimos.”. No hace falta ser uno de los gurús del siglo XX y parte del XXI para saber eso. Desde que el hombre es hombre y empezó a preguntarse porqué sus seres queridos, sus hijos, sus amigos, sus compañeros de cacería, sus parejas… de repente, dejaban de respirar y se convertían en ceniza, esa es la verdad más absoluta que existe: no hay escapatoria a la muerte.

La idea de brevedad y la sensación de que estamos aquí de prestado no es algo que tengamos continuamente en mente – de hecho, la mayoría de las actividades humanas tienen como objetivo olvidar eso precisamente – pero cuando llegamos a ciertas edades o nos suceden ciertas cosas a nosotros o a nuestros conocidos – como morirse, básicamente – está tan presente que condiciona nuestra forma de entenderlo todo, a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.

La muerte es una putada de las gordas pero no podemos dramatizar porque su inevitabilidad, o en términos más prosaicos su 100% de probabilidad de que nos suceda – salvo que nos arrebate un carro conducidos por Angeles como al profeta Elías -, hace absurdo el lamento.

Hay muchas formas de afrontar este hecho inevitable y algunos corren desbocados hacia él cada día, practicando deportes de riesgo por ejemplo – lo que, curiosamente, a pesar de acercarles a la muerte, les hace sentir “más vivos que nunca” – otros lo ignoran y navegan de canal en canal en la televisión evitando las noticias trágicas, otros simplemente se encogen de hombros y siguen viviendo de acuerdo a sus códigos éticos.

Toda persona tiene algún día que mirarse al espejo y afrontar la dura realidad: no somos eternos. Lo cual no debe ser motivo de tristeza si no de reafirmación de nuestra humanidad, porque nuestra esencia mortal nos concede ni más ni menos que oportunidades únicas e irrepetibles de recorrer este camino llamado vida con inteligencia o, al menos, con coherencia e integridad.

Aunque después de todo, al final, el único anhelo es morir en paz rodeado de los que nos han querido.

Para terminar, me atrevo a citar a Borges:

y uno aprende a construir

todos sus caminos en el hoy,

porque el terreno de mañana

es demasiado inseguro para planes…

Extracto discurso: “Encontrad lo que amáis

Video discurso S.J. en Stanford

Mañana a esta hora Troy Davis estará muerto.

Troy Davis es un preso negro – odio la palabra de color ¿de qué color? – condenado a muerte en Estados Unidos por matar – supuestamente –  a un policía en 1989.

Los datos demuestran que la pena de muerte no reduce el índice de criminalidad. El criminal nunca piensa que le van a detener, por lo que no es una medida disuasoria.

Los números también indican que – en Estados Unidos en concreto – el sistema judicial está montado de forma que favorece a quien puede permitirse un buen abogado. El porcentaje de personas sin recursos económicos, pertenecientes a minorías étnicas, a los que a menudo se les aplica juicios injustos, en los que se plantean dudas sobre la culpabilidad de los condenados, u otras irregularidades, es abrumadoramente alto.

Otro dato: desde que Davis fue condenado, noventa (90) personas condenadas a muerte han sido excarceladas al demostrarse su inocencia, en la mayoría de los casos tras penosos procesos que han durado años y han costado cientos de miles de dólares a sus familias.

Pero todo esto sólo serían argumentos objetivos para estar en contra de la pena de muerte, un sistema manifiestamente ineficaz de lucha contra la criminalidad, en cualquier caso, sinceramente, no me importa si este hombre es inocente o culpable – siete de los nueve testigos se ha retractado – porque estoy absolutamente en contra de la pena de muerte.

Sin necesidad de razonamientos numéricos, sin datos aplastantes que apoyen su abolición… porque estar en contra de la pena de muerte es estarlo incluso cuando el acusado es culpable.

Sí.

Culpable.

Culpable de matar y violar a una niña, por poner un ejemplo muy duro.

Creo que la vida es el bien más precioso que tiene un ser humano y no me considero capaz de decidir objetivamente que una persona deba dejar de vivir.

Y claro, si demagógicamente me preguntan ¿Y si le hacen algo a un hijo tuyo?

La respuesta es obvia… pero eso no sería justicia, si no venganza.

No es cierto que todas las personas puedan reinsertarse o recuperarse para volver a convivir en sociedad después de cometer una atrocidad, eso sería el País de las Maravillas de Alicia… pero eso no quiere decir que tengamos que erigirnos en jueces supremos decidiendo si debe continuar o no respirando.

Al menos así lo veo yo.

¿Cadena perpetua? No tengo respuesta para eso.

Lo que sí tengo claro es que el ojo por ojo sólo desemboca en una espiral de venganza institucionalizada que convierte al sistema en un ejecutor aséptico.

Recomiendo ver la película “Pena de muerte” donde no se pone en duda la culpabilidad del reo condenado, es culpable y además un monstruo, un ser despreciable. Pero a través de los ojos de una monja que trata de reconfortarle en sus últimos instantes, asistimos a un proceso tan frío y aséptico, tan deshumanizado, que nos hace comprender que los verdaderos monstruos son los ejecutores del procedimiento.

Al fin y al cabo estamos poniendo fin a una vida humana.

Y ahora… quedan poco más de veinticuatro horas para que Troy Davis deje de existir.

Referencias:

Una polémica ejecución en Georgia agita Estados Unidos

Muerte por discriminación. Informe de Amnistía internacional.

Troy Davis: Culpable hasta que se demuestre lo contrario

Tal y como ya he contado alguna vez, los días inmediatamente anteriores y posteriores a mi llegada a la cuarentena – CUARENTA años con todas las letras – fueron mentalmente intensos. Pensé mucho, recordé muchos momentos de mi vida, traté de ordenar los acontecimientos que habían desembocado en aquel instante – a las tres de la mañana – en el que no podía pegar ojo y los tenía abiertos como platos, fijos en el techo del dormitorio.

En aquel batiburrillo mental, hubo varias ideas obsesivas que rondaban mi pensamiento.

La más recurrente, la de la muerte.

La muerte es algo con lo que convivimos todos los días, pero es como el mal olor: tratamos de mirar a otro lado y fingir que no existe, arrugando la nariz para proseguir como si nada nos importunara… es desasosegante admitir que no entendemos ni el por qué, ni el cuándo, ni el cómo, ni el quién… no hay verdad más cierta que lo único que se necesita para morirse es estar vivo.

Y, claro, la idea de la vulnerabilidad brutal del ser humano ante la muerte me llevó a otra paranoia existencial: la idea de la pervivencia del recuerdo, la huella definitiva. Es decir, ¿quedará algo de mí cuando me muera?

Inmodesta e inmediatamente uno tiende a compararse con los grandes hombres y mujeres de la historia – lo cual es absurdo de partida – y como uno sale tan escaldado de la prueba, se baja un peldaño y se compara con los artistas de hoy día, con los deportistas… Algunos de ellos dejarán el recuerdo de un gol que arrancó el grito unánime y desató la efímera euforia de un país futbolero, otros que murieron jóvenes y dejaron un bonito cadáver, como Amy Winehouse, legaron su espléndida música y su voz eterna.

Tampoco ahí salgo ganando.

Entonces la conclusión podría considerarse deprimente: no dejaré huella.

Esa frase llevada al extremo no es cierta en absoluto y un buen ejemplo sería la película de Frank Capra “¡Qué bello es vivir!” donde un James Stewart algo empalagoso tiene el privilegio de constatar que el mundo sería un sitio mucho peor si él no hubiera nacido.

De manera que, para colmo, mi obsesión ni siquiera es original, así que supongo que viene ligada a la edad, a la frontera entre la juventud recién abandonada – como quien dice por ponerse optimista – y la madurez recién estrenada – o la cuesta abajo en el argot más pesimista -.

No puedo hablar de una crisis existencial pero sí de una reflexión más seria que la media de las que me planteo cada día…

Para no decepcionarme lo mejor sería no ser demasiado ambicioso, darme por satisfecho con influir en mi micro mundo, en los que me rodean, aunque sea de manera superficial, generando un pensamiento o provocando un recuerdo – uno bueno a ser posible – .

Me conformaría con conseguir que un sobrino mío sintiera lo que yo sentí hace no mucho – una muerte siempre sucede hace no mucho – en el funeral de un tío mío… le recordé con alegría, le vi ayudándome en momentos malos, enseñándome a ser mejor persona… en definitiva, dejó en mi corazón una huella que ni el tiempo ni la propia muerte borrará jamás.

Referencias:

Balance

El otro día recibí dos noticias, de carácter totalmente opuesto, casi al mismo tiempo.

Noticia 1: Una pareja de amigos con problemas para tener hijos, por fin, de manera sorprendente y sin que medie ningún tratamiento o causa probable, lo han conseguido. Ella está en su séptimo mes de embarazo y todo va de maravilla.

Noticia 2: Un conocido de la infancia de mi mujer, con treinta y ocho años, no se ha despertado. Sin más, de repente, ha aparecido muerto en la cama.

Estas dos noticias tienen como elemento común la sorpresa, lo extraño, lo inesperado, aunque, por razones obvias, el impacto que causan es totalmente distinto.

Creo que nos afanamos continuamente en construir ordenadamente una historia vital, en tejer una red de normalidad, de rutina, que dote de aparente sentido a la sucesión de días que en definitiva es nuestra vida. Tratamos de que cada nuevo día nos pille preparados para lo que tenga que suceder, planeamos eventos, reuniones, acciones… y en la medida de lo posible, las llevamos a cabo con algún fin, usualmente para que nuestro día a día sea llevadero de manera rutinaria o simplemente para seguir adelante sin sobresaltos.

No sirve de nada.

No hay nada que evite que los caprichos del Destino nos sacudan con sus guantes de boxeo forrados de piedra, ni siquiera el estar preparados. El otro día pedí al genio de la lámpara que me concediera ser capaz de transmitir a mis futuros hijos entereza y capacidad para recibir golpes, pero a veces… a veces miras a los ojos a la viuda, con tres hijos, de una persona joven, que no tenía por qué estar muerta y … ¿qué demonios le dices? ¿Que tratarás de conseguir que tus hijos encajen esos golpes brutales? ¿Qué tenga entereza?

Probablemente estoy tremendamente equivocado y, al final, lo único que importe no sea cómo seamos capaces de encarar el dolor – algo íntimo y personal – si no cómo seamos capaces de amar a las personas que pasan con nosotros su vida, o que comparten simplemente un trocito de su tiempo, en el trabajo, en la cola del paro, en el ascensor, en la sombrilla de al lado de la playa…

Todo es tan absurdo, tan azaroso, tan sinsentido, que no valen teorías ordenadas, planificadas o estudiadas y lo único que nos salvará, lo que nos hará de verdad humanos ante el dolor repentino, será el recuerdo de esas sonrisas regaladas a desconocidos o a nuestros seres queridos, de esos besos, de esos abrazos…

No merece la pena dejar de decir un “te quiero” porque, joder, ¿quién nos garantiza que no será el último?

Imbéciles

Publicado: 17 agosto, 2011 en actualidad, opinión
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Leo pasmado la noticia de que un toro – llamado “ratón” a pesar de que el morlaco no debe ser diminuto, al menos por la historia que le acompaña – ha matado en un festejo a un hombre. El infortunado estaba ebrio y había conseguido eludir por tercera vez a los responsables de seguridad para entrar en el ruedo y enfrentarse al astado.

Mi pasmo proviene de la tozudez con la que insistió en ser corneado hasta la muerte. ¿Se trata de un suicidio camuflado entre vapores de alcohol o lisa y llanamente de pura imbecilidad?

Me inclino por lo segundo.

Uno de los problemas a los que se enfrenta la humanidad y que algún día nos avocará a la extinción como especie es la creencia individual de que las desgracias les pasan a los otros. Son otros los que se mueren en accidentes de tráfico o los que se ahogan por nadar imprudentemente cuando hay bandera roja, otros los que padecen cáncer…

Aunque parezca mentira es rigurosamente cierto, es decir, efectivamente siempre mueren los otros porque cuando somos nosotros ya no estamos para desdecirnos. Seremos “los otros” de unos terceros inmunes a la muerte… hasta que fallezcan.

El borracho imbécil, segunda muesca del toro “Ratón” en sus cuernos, vio reforzado etílicamente el argumento de la inmunidad, tanto, que se lanzó enconadamente a desafiar su destino. Lamentablemente para él, su destino, triste y estúpido, era morir borracho, ante los ojos vidriosos de otros borrachos, corneado por un animal azuzado por la masa.

La imbecilidad suprema se engloba en la misma categoría que la observación sabia e invita a la reflexión, más incluso la primera que esta última. El sabio argumenta, razona, trata de convencer, no así el imbécil que actúa de manera irreflexiva, tanto que el impacto en el resto de seres humanos es mayúsculo.

Espero encontrar el camino de la sabiduría sin pasar por la imbecilidad, desgraciadamente a veces, los imbéciles no tenemos una cuarta oportunidad.