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La mirada de la asesina

Publicado: 25 noviembre, 2011 en actualidad, opinión
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Contemplo el rostro bello y sonriente de la joven, coronado por dos hermosos ojos de mirada azul como el cielo y un pelo negro, largo y rizado. Su sonrisa es agradable y cualquiera que se cruzara por la calle con ella, simplemente pensaría que es una mujer atractiva.

La joven podría ser profesora de primaria, escritora, librera o ingeniera. Podría tener familia, levantarse temprano, desayunar junto a su marido y sus dos niños, colocarse la chaqueta lila y salir con el mini de un pareado, a las afueras de cualquier ciudad de tamaño medio, para meterse en el atasco de cada mañana antes de llegar a la oficina. Podría llegar al trabajo y repartir sonrisas y “buenos días” mientras tararea la melodía que escuchaba en el coche hace un momento. Podría sentarse en la mesa, mirar por la ventana del despacho y enfurruñarse al toparse con el edificio gris y feo de enfrente, colocar bien la foto de sus niños que los limpiadores han movido de su sitio y disponerse a comenzar su jornada laboral.

Podría.

“Su sonrisa es agradable y cualquiera que se cruzara por la calle con ella, simplemente pensaría que es una mujer atractiva.”

Idoia podría ser una persona normal.

Sin embargo eligió otro camino bien distinto

Idoia decidió ser una asesina.

Idoia López, alias “la tigresa”, cumple condena – 2000 teóricos años – por haber matado a 23 personas. La mujer de los ojos azul cielo es una terrorista.

Trato infructuosamente de que mis neuronas sean capaces de procesar la información de que alguien con una apariencia normal pueda dedicarse a la anormalidad que ha supuesto el terrorismo durante estos largos años en España.

Es inconcebible.

Los “normales” – es decir lo que no le hemos pegado un tiro en la nunca a nadie nunca – tendemos a pensar que la mente de un asesino es diferente, que hay una conexión mal atornillada, un cable suelto. Pero me temo que la escalofriante conclusión es que no hay nada mal, que son como nosotros: sonríen con los chistes de sus amigos, se alegran cuando gana el Athleti, les gustan los pinchos de tortilla – compartidos con amigos, mejor -, van al supermercado, sonríen al pagar, saldudan a sus vecinos…

Y eso es lo que mas me asusta: la capa de normalidad con la que se arropan, que sean capaces de descerrajarte un tiro a quemarropa y a los quince minutos ayudar a una anciana con las bolsas de la compra.

“Eso es lo que mas me asusta: la capa de normalidad con la que se arropan.”

¿Cómo es posible esta dualidad?

Tal vez sea el adiestramiento o el lavado de cerebro durante años, el que desarrolla la increíble capacidad de compartimentación de manera estanca sentimientos tan enfrentados.

A Idoia, ETA, su antigua organización, la ha expulsado por firmar un manifiesto en el que renunciaba a la violencia y pedía perdón a sus víctimas.

¿La cárcel le ha suavizado? ¿Ha comprendido, finalmente, la inutilidad de esas 23 muertes?

No lo sé.

Sólo sé que se me erizan los vellos de la nuca mirando los ojos bonitos, llenos de normalidad, de esta asesina.

Enlace: El colectivo de presos de ETA expulsa a Idoia López Riaño, ‘La Tigresa’

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ETA ha anunciado el “cese definitivo de su actividad armada“.

Entre los muchísimos rostros de víctimas de esta sinrazón, que han desfilado por mi recuerdo desde que he oído la noticia, destaca el rostro desencajado por la rabia y el dolor de la hija de Isaías Carrasco, asesinado en 2.008, y oigo su voz firme diciéndoles a los asesinos que no iban a ganar y pidiendo “verdad, justicia y memoria”.

El destino me llevó a los cinco años de edad al País Vasco.

El País Vasco de mi infancia olía a madera, hierba, nieve, pero sobre todo, a miedo.

El de hoy huele a esperanza.

Hay tantas cosas que decir, tantas cosas que sentir y tantos rostros que recordar, que sólo se puede desear una cosa: que esto sea realmente el Fin.

Os invito a leer una entrada que escribí en Agosto, se llama “dicotomía“.

Ojalá no tengamos  que volver a releerla jamás.

Enlaces:

Descarga una portada histórica: “El fin del terror”

Dicotomía

Publicado: 24 agosto, 2011 en opinión
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Una noticia reclama mi atención en la portada de un periódico “La ausencia de atentados dispara el turismo en Euskadi” y al margen del inevitable verbo – dispara – con ciertos tintes macabros, se merece un comentario.

Mi historia personal, aunque soy andaluz, está ligada al País Vasco pues mi padre – maestro de profesión – fue destinado allí todo un año. Los recuerdos de aquel tiempo, a pesar de mi corta edad, no son demasiado agradables. Hablamos de 1.977, cuando aún no estaba en vigor la Constitución y en Madrid se debatía el futuro de este país recién liberado – en ese momento de manera difusa – de las garras de la dictadura. Mis recuerdos van desde mi colegio en Ermua, frío y desprovisto de alma, a la primera vez que vi nevar o a la metralleta de un guardia civil apuntando a mi padre a través de la ventanilla del coche. Recuerdo la casa con suelo de madera, la estufa, la tele en blanco y negro y algunos amigos, recuerdo las clases de párvulos donde nos enseñaban algunas palabras en vasco – luego supe que mi profesora era la pareja de un etarra – … Finalmente nos trasladamos de vuelta a Andalucía y la experiencia vasca quedó en un diluido recuerdo infantil.

Volví hace unos años con mi mujer y, lo confieso, con cierto miedo a destapar mis recuerdos.

Fue un viaje maravilloso, los paisajes, los pueblos, las playas, la gente, la comida… todo perfecto, extraordinario. No obstante, guardo algunas anécdotas que, ni siquiera hoy día, alcanzo a entender del todo. Recuerdo que una vez en un típico bar de pueblo entramos y la camarera, diligente y amabilísima, al oír nuestro acento nos preparó tostadas al estilo andaluz, que habitualmente no se sirven en el norte. Nos sacó pan de verdad, tomate, aceite y se deshizo en atenciones. Mi sorpresa fue mayúscula cuando al sentarme en la mesa vi un gigantesco cuadro que representaba el árbol de Guernica de cuyas ramas colgaban fotos de etarras.

Aún hoy me pregunto cómo es posible convivir con esa dicotomía vital, aparentemente ser una persona normal y amable y simultáneamente apoyar la violencia etarra, es algo que no entra en mi cabeza.

También comprobé que en algunas calles de algunos pueblos se respiraba cierta atmósfera enrarecida, los balcones aparecían plagados de banderas con el mapa de la región y la leyenda ” El preso vasco al pueblo vasco” y el turista, sorprendido, fotografiaba la estampa como si se tratase de una curiosidad más, de algo inherente a aquella tierra y aquella gente.

Es digna de admirar la capacidad de separar en compartimentos estancos, imposibles de mezclar, dos sentimientos, en mi opinión, divergentes. Puedo imaginar la agradable sonrisa que acompaña a un “buenos días” regalado a un vecino al que horas más tarde se increpa en una manifestación, defendiendo a los asesinos de su marido, su padre o su hermano.

Lo que ya no alcanzo a imaginar siquiera es el dolor producido por aquellas miradas amables envueltas en unos ojos que se tornan fríos como el hielo al defender sus ideas intransigentes.

Los poseedores de esas miradas tal vez debieran ser exorcizados.

Referencia : La ausencia de atentados dispara el turismo en Euskadi