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En su reciente visita a España el papa Ratzinger criticó el relativismo moral y, francamente, no acabo de entender la osadía de alguien que pretende distinguir lo blanco de lo negro o lo bueno de malo, sin matices. Entiendo el relativismo como la capacidad de añadir distintos filtros de gris a las verdades absolutas.

Las verdades absolutas me dan miedo porque, entre otras cosas, se corre el riesgo de que se las apropien los que se creen poseedores de la misma, es decir,  los intolerantes que tratan de imponer la suya. Durante dos milenios la Iglesia Católica impuso su verdad a través de los mandobles que sus mercenarios repartían a diestro y siniestro a herejes e infieles a cambio de una plaza garantizada en el Cielo. No admitían debate o réplica, la Verdad Única y Absoluta estaba por encima de todo.

Equivocadamente o no,  aplico a diario el relativismo y creo que muy pocas acciones, actitudes o creencias sociales o religiosas pueden clasificarse de manera inamovible en buenas o malas. Claramente hay situaciones que – al menos para mí – no admiten matices, pero quizá también respondan a mi herencia cultural y educativa y no a la absolutidad de la bondad o maldad de la situación. ¿Quién se considera capaz de decidir qué es bueno o malo?

Las sociedades se organizan cuando un grupo de individuos se reúnen y delegan en unos pocos la función de legislar, es decir, establecer unas normas de convivencia que todos debemos cumplir. Pero ni siquiera las leyes son absolutas, por eso existen los jueces que se encargan de interpretar el literal de la ley.

Leo que un sector de la iglesia austriaca está planteando la supresión del celibato.

El celibato religioso tuvo su origen en el siglo IX con el reinado de Carlomagno y en principio fue una cuestión práctica para impedir que los bienes y propiedades de los miembros eclesiásticos tuvieran ningún tipo de heredero por vía directa

Creo que el celibato, a día de hoy, representa un problema, más que una ventaja, para la propia Iglesia Católica. El ser humano necesita relacionarse espiritual y físicamente con otros seres humanos y reprimir esa necesidad nos deshumaniza y nos priva de experiencias enriquecedoras y maravillosas. El argumento de la elección voluntaria del celibato es, como poco, cuestionable. Claro que siempre queda la posibilidad de esgrimir “si no te gustan las reglas de mi club, no entres en él

¿A alguno de ustedes le preguntaron si quería entrar?

A mí no.

Referencias: Revuelta contra el celibato en Austria

 

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