El valor en determinadas profesiones, se presupone.

En el ejército los mandos asumen que sus soldados correrán bayoneta en mano hacia el enemigo que aguarda impertérrito y firme – con el mismo valor que les suponen sus mandos contrarios –la llegada de la embestida probablemente mortal. Su deber de valientes es llevar los cuchillos apretados con los dientes y embestir con alfanjes en ambas manos riéndose de las balas que silban sobre sus cabezas.

En el cuerpo de bomberos hay que ser capaz de embutirse en un traje que pesa un quintal, con bombonas de oxígeno, hachas, mangueras y casco, y subir sin descansar siete plantas, abriendo puertas y ventanas – lo he visto en directo y es impresionante – .

Este tipo de valor es el profesional, el que se curte a base de embestidas enemigas e incendios, el que se paga a fin de mes, el que viene encadenado a la vocación de servicio o ética personal de cada individuo.

Pero existe otro, un valor anónimo, tan desconocido que incluso la propia persona que lo desarrolla lo recibe con sorpresa. Es un valor que nace de lo más hondo de las tripas, de los rincones más recónditos del alma, usualmente ligado al amor. Es el valor que hace que una madre se infiltre en las redes de la prostitución – haciéndose pasar por prostituta durante años – y en los más sórdidos locales donde se comercia con carne de jovencita.

“Existe un valor anónimo, tan desconocido que incluso la propia persona que lo desarrolla lo recibe con sorpresa”

Ése es el caso de la argentina Susana Trimarco, cuya hija desapreció en 2002, víctima del proxenetismo y la trata de blancas. Por el camino de su infructuosa búsqueda, Susana ha dejado un marido muerto, víctima de la depresión, ha rescatado de las garras de los animales a 129 mujeres que eran obligadas a prostituirse y ha sentado en el banquillo a 12 delicuentes, entre los que se encuentran los responsables de la desaparición y – presumible – muerte de su hija Marita.

La mirada de Susana es seria, casi muestra enfado, y parece querer decir “sigo buscando a mi hija y seguiré luchando para encerrar a los bestias que se dedican a esta indignidad”, es una mirada cargada de valor, de fuerza y de coraje.

Lo decepcionante y triste de estos casos, al margen de la desgarradora historia personal que se esconde tras los hechos, es que si Susana no hubiera encontrado el valor que la llevó a su guerra personal, 129 mujeres seguirían siendo esclavas sexuales y 12 maleantes seguirían impunes. ¿Dónde estaban los jueces, los fiscales o la policía?

Imagino que miraron hacia otro lado, porque ellos no tuvieron los arrestos de Susana para encontrar el valor que – erróneamente – se les presupone.

Enlace: “Así como yo no tengo paz, tampoco ellos la van a tener”

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