El camino de baldosas amarillas

Publicado: 1 marzo, 2012 en historias, opinión
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La imagen eterna del maravilloso cuento ¿infantil? “El Mago de Oz” es la sonrisa de Judy Garland, bailando y cantando abrazada a sus amigos, camino de Oz, por el camino de baldosas amarillas. La esperanza de que al final del camino – dorado pero plagado de obstáculos – encontrarán la recompensa, la solución a todos sus problemas, es la que les impele a caminar sin descanso hacia su destino.

La vida es un camino de baldosas amarillas, con la diferencia de que el final del recorrido es tan incierto que el propio viaje hacia él es lo que le da sentido.

A lo largo del camino encontramos dificultades y mi sensación es que cada vez tendemos más a eludirlas que a enfrentarlas con arrojo. Es más fácil sortear con un quiebro más o menos chapucero la puñalada trapera que nos lanza la vida que parar el golpe, o incluso coser la herida a posteriori. Eludir el conflicto no lleva más que a decepción y a acobardarnos hasta convertirnos en personas grises, en enanas marrones.

“La vida es un camino de baldosas amarillas, con la diferencia de que el final del recorrido es tan incierto que el propio viaje hacia él es lo que le da sentido.”

He leído un artículo antiguo pero impresionante. La historia de un niño adoptado, rechazado por sus padres adoptivos, que acabó en tragedia.

El chaval se suicidó.

Asumir un problema es difícil – el camino de baldosas amarillas se empina cruelmente – pero es lo que nos diferencia de las medusas que son seres que aparentemente vagan sin esperanza en un mar inmenso que es el principio y fin de sus anodinas vidas. No soy capaz de concebir “devolver” a un niño al que se supone que has decidido educar, proteger y querer, como si fuera un producto defectuoso. Probablemente aquí los defectuosos son los informes que otorgaron la idoneidad a los padres.

“Las cosas buenas no llueven del cielo ni suceden porque sí, hay que currárselas.”

En contraposición a este ejemplo existen multitud de finales felices en los que Dorothy llega a Oz y vuelve a casa. Como una pareja holandesa que vi en un reportaje que adoptó a un  niño brasileño. La dedicación y el amor que esos padres entregaban de una manera ilimitada, sin cotas ni condiciones, al pequeño, me conmovieron hasta la médula. Aquellos padres enfrentaron las dificultades – enormes – que tenía su hijo y asumieron que su obligación como padres era darle la oportunidad de superarlas.

Cada meandro del tortuoso – a veces – y largo camino que recorremos merecerá la pena si nos lo ganamos con coherencia. Las cosas buenas no llueven del cielo ni suceden porque sí, hay que currárselas.

Por eso, hay que imitar a Dorothy, mirar al arco iris, sonreír y cantar a pleno pulmón.

Al menos podremos exclamar “¡Qué nos quiten lo bailao!”

Artículo: Los sin esperanza de ser adoptados

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