La mirada del moribundo

Publicado: 21 febrero, 2012 en historias
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Si fuésemos capaces de aplicar con sentido común la perspectiva para contemplar la vida, seguramente el mundo sería un lugar mejor, o al menos más soportable. No digo que en ocasiones no lo sea, pero últimamente parece que todo es malo y que los tiempos que se ciernen sobre nosotros, oscurece cualquier atisbo de claridad esperanzadora.

A mi alrededor se masca la desilusión y el miedo por la incertidumbre con la que los políticos, los banqueros y los especuladores – a veces los tres se concentran en una sola persona – , han cimentado el suelo que pisamos a diario.

La desilusión sólo se combate con esperanza y esta misma esperanza es la que nos alienta para enfrentarnos al miedo.

A mí me ayudan a soportar esta extraña situación, las pequeñas y grandiosas a la vez, historias con las que me topo. Por ejemplo la agridulce noticia de la madre que ha adelantado el nacimiento de su hija, para que la conozca y la sostenga en brazos su padre moribundo.

“Si fuésemos capaces de aplicar con sentido común la perspectiva para contemplar la vida, seguramente el mundo sería un lugar mejor, o al menos más soportable.”

Veo la foto en la que el bebé dormita en el regazo de su padre enfermo, que mira al infinito con tristeza. ¿Qué pasará por la mente de este hombre? ¿Soñará con el futuro que su hija tendrá y que a él se le ha negado ver – como si se tratara de un Moisés castigado por Yahvé enfrentado al sueño imposible de pisar la Tierra Prometida – ? ¿Estará feliz por saber que esa pequeña y hermosa criaturita es la herencia que deja al mundo? ¿Triste al pensar en que crecerá sin él?

Tal vez piense en todo esto, o solamente se limite a sentir el contacto de su hija y el amor que con seguridad emana de lo más hondo de su alma y fluye, invisible, como una corriente eléctrica hacia ella.

El hombre falleció a los cinco días.

Esta historia es la constatación de que las cosas importantes de la vida pueden contarse con los dedos de una mano, y sobran dedos. Las pequeñas mezquindades por las que nos afanamos en preocuparnos y tomarnos en serio, no son más que minúsculas razones autoimpuestas para no ser felices, para negar la evidencia: que la vida es mucho más sencilla de cómo nos hemos empeñado en hacernos creer a nosotros mismos.

Todo depende del cristal con el que se mire, y del estado de ánimo en el que las circunstancias cotidianas nos imbuyan, desde luego. Pero no es justo quejarse por nada, ni lamentarse por todo. Lamernos  las heridas con fruición no contribuye a mejorar nuestra vida, ni lo que realmente es más importante: la de los demás.

“La desilusión sólo se combate con esperanza y esta misma esperanza es la que nos alienta para enfrentarnos al miedo.”

Detengámonos por un instante en la mirada de este hombre, tratemos de ponernos en su piel y seremos capaces de elevar a la categoría de estupidez absoluta la mayoría de las cosas que nos preocupan.

Agarremos con fuerza el momento presente y sintámoslo como único e irrepetible, como un regalo que la Vida, la Fortuna, el Universo o llámalo X, nos ha otorgado.

Hagámonos dignos de merecerlo.

Enlace: La última mirada de papá

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