El fin

Publicado: 16 diciembre, 2011 en libros, Literatura, Personal
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Este largo fin de semana he disfrutado de mi familia, me he relajado y me he dedicado a finiquitar la versión “definitiva” – por fin – de mi primera novela. Pensando en esta especie de bucólica tarea, podrías, querido lector, imaginarme – falsamente – sentado en una terraza bañada por el sol de invierno de la Costa de la Luz onubense, con un café caliente al lado y mis ideas fluyendo de mi mente despejada al teclado. Sin embargo, la realidad siempre supera a la ficción y ha sido otra: sillón, con manta de sofá en las piernas, portátil, cerebro embotado y televisión de fondo. Entre sobrinos, paseos por la playa y correcciones de texto he visto un telefilme bastante triste. Se trataba de una producción británica sobre los días después del tsunami del océano Índico de Diciembre de 2004 que causó 190.000 muertos y 42.000 desaparecidos. Una cinta normalita, que sin embargo presentaba pequeñas historias personales excepcionalmente interpretadas, algunas de las cuales me llegaron muy dentro. Fue el caso de una pareja que perdió a su hija de cinco años, a la que su padre fue incapaz de mantener sujeta. Durante toda la película los padres se esfuerzan por encontrarla sin resultado. Hay una escena en particular en la que examinan un cadáver de una pequeña, que podría ser su hija, que es devastadora. Mi dominguitis  se acentuó agravada por esta película y el fin del puente, sumiéndome en una suerte de melancolía de la que aún me estoy recuperando.

Al hilo de todo esto, rememoré uno de mis poemas favoritos, de Rabindranath Tagore y que reproduzco aquí, para salpicaros un poco con mi tristeza:

El fin

Madre, ha llegado la hora de que me vaya. Me voy.

Cuando la oscuridad palidezca y dé paso al alba solitaria, cuando desde tu lecho tiendas los brazos hacia tu hijo, yo te diré: ‘El niño ya no está’. Me voy, madre.

Me convertiré en un leve soplo de aire y te acariciaré; cuando te bañes, seré las pequeñas ondas del agua y te cubriré incesantemente de besos.

Cuando, en las noches de tormenta, la lluvia susurre sobre las hojas, oirás mis murmullos desde tu lecho, y de pronto, con el relámpago, mi risa cruzará tu ventana y estallará en tu estancia.

Si no puedes dormirte hasta muy tarde, pensando siempre en tu niño, te cantaré desde las estrellas: ‘Duerme, madre, duerme’.

Me deslizaré a lo largo de los rayos de la luna hasta llegar a tu cama, y me echaré sobre tu pecho mientras duermes.

Me convertiré en un sueño, y por la estrecha rendija de tus párpados descenderé hasta lo más profundo de tu reposo. Te despertarás sobresaltada y mientras miras a tu alrededor huiré en un momento, como una libélula.

En la gran fiesta de Puja, cuando los niños de los vecinos vengan a jugar en nuestro jardín, yo me convertiré en la música de las flautas y palpitaré en tu corazón durante todo el día.

Llegará mi tía, cargada de regalos, y te preguntará: ‘Hermana, ¿dónde está el niño?’ Y tú, madre, le contestarás dulcemente: ‘Está en las pupilas de mis ojos, está en mi cuerpo, está en mi alma’.

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