La partícula de Dios

Publicado: 15 diciembre, 2011 en actualidad, Divulgación, opinión
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El ser humano dejó de ser un homínido cuando fue consciente de lo trascendente, de lo inmaterial, cuando comprendió lo que era la muerte y comprobó que sus congéneres, él mismo tenían y todos los seres vivos de la naturaleza tenía solamente una cosa en común: morían y desaparecían para siempre. Es fácil evocar al hombre de las cavernas, alumbrándose con antorchas, dejando una huella inmortal en las paredes rocosas de sus guaridas, plasmando su historia – prehistoria, formalmente hablando – para siempre. La idea de la muerte le rondaría la cabeza constantemente, pues los peligros eran permanentes: las enfermedades, los depredadores o el clima conspiraban para que no sobreviviera. El proceso de comprensión de la vulnerabilidad y lo efímero de nuestra existencia tuvo que ser traumático. Asociado a este devastador descubrimiento, aparejado a los mayores cocientes intelectuales a medida que la especie progresaba – evolutivamente hablando -, el hombre prehistórico establecería mecanismos mentales de defensa como la invención – la necesidad – de creencias que transcendieran lo evidente: que esto era temporal y acabarían devorados por los gusanos.

“El ser humano dejó de ser un homínido cuando fue consciente de lo trascendente, de lo inmaterial…”

Así nacieron las religiones y las corrientes filosóficas que al fin y a la postre no fueron más que artilugios que ideado para responder a lo irrespondible – permítanme la palabra inexistente – : ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Los primeros seres humanos que trataron de responder eso, podríamos decir que “profesionalmente”, fueron los chamanes, escuchados y respetados por su gente, que utilizaban drogas para “conectar” con el “otro lado”, con el sitio al que forzosamente habría de ir la esencia espiritual de los que morían.
La idea de Dios fue inmediatamente asociada a estas preguntas sin respuesta y se establecieron mecanismos tan bien trenzados que surgieron las Iglesias, la casta sacerdotal, los dioses, los templos… etc.
Hasta nuestro días.
Ahora, estamos en ese punto en el que hay tantos descreídos como creyentes. Pero en el fondo, de alguna manera, todos necesitamos creer. Hay quien cree en su propio dios y hay quien cree en la ciencia – y hay quien cree en ambas y trata de dar explicaciones no racionales, es decir no explicables con el raciocinio y la prueba empírica, a los fenómenos aún no explicados de la ciencia -. Muchas veces se mezclan unos y otros y se confunden términos o se utilizan deliberadamente para congraciarse con el gran público o con los medios de comunicación – ¡qué mala es la dependencia de fondos para investigar! – . De ahí la proliferación de titulares como el que da nombre a esta entrada “La partícula de Dios”.
Este curioso apodo se le otorgó al postulado – que aún no encontrado – Bosón de Higgs, una partícula particularmente – valga la redundancia – esquiva. El Bosón de Higgs sería una especie de ladrillo primigenio y creador, la partícula formadora del nivel sub-sub-sub-atómico – en realidad aún no lo comprendo demasiado bien -, del que nacerían o estarían formadas el resto de las partículas del Universo.

“En el fondo, de alguna manera, todos necesitamos creer.”

Si Dios existe podría decirse que está formado por Bosones de Higgs – probablemente habré dicho una auténtica barbaridad religiosa y física – .
Sea como fuere, los modernos físicos teóricos han sustituido a los chamanes prehistóricos y como hacía la tribu, acudimos a ellos en busca de respuestas – las preguntas, tras unos cuantos millones de años, siguen siendo las mismas – .
Y lo más probable es que nos respondan de la misma manera: realizarán un extraño baile a nuestro alrededor, beberán una pócima y muy sonrientes nos dirán que están a punto de descubrir a Dios.
Sinceramente, me encantaría que tuvieran razón.
Enlaces:

La partícula de Dios está muy cerca

El Bosón de Higgs en mil palabras

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