Flamencos versus Valones

Publicado: 14 diciembre, 2011 en opinión
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Hace años realicé unas prácticas en Swansea, una localidad Galesa, y asistí, en una clase de inglés, donde la mayoría éramos españoles, a una absurda bronca entre dos compatriotas. Uno de ellos era de Madrid y el otro de Barcelona y se enzarzaron en una discusión porque el catalán defendía la independencia de Cataluña y el madrileño se oponía ferozmente. Hubo un momento de tensión en el que pensé que acabarían a puñetazos, afortunadamente todo quedó en una tonta anécdota.

Lo que más me impactó de aquella escena fue la cara de sorpresa e incredulidad con la que un compañero, alemán de pura cepa, se tomó aquella trifulca. No alcanzaba a entender la disputa, para él absolutamente sin sentido, no concebía una idea de España distinta a un único país.

Pensando en esto, imaginé una sorpresa idéntica , si yo fuera testigo de una pelea entre valones y flamencos, que son los habitantes de dos regiones de Bélgica con continuas disputas territoriales e idiomáticas. ¿Habrá algo más absurdo que un Flamenco pateando un Valón?

Ya en serio. Es necesario abrir un poco la mente, viajar, conocer gente diversa, hablar otros idiomas, imbuirse de otras culturas y costumbres… porque así nos daremos cuenta de que el mundo es tan inmenso y maravillosamente diverso que no tiene sentido pelear por un localismo que a nadie importa. Las fronteras van careciendo de sentido a medida que la humanidad evoluciona. Esto no quiere decir que renunciemos a nuestra identidad regional, nacional o local, que no amemos nuestra tierra y nuestras costumbres, que no las defendamos o que no estemos orgullosos de ser lo que somos – o lo que fuimos como dice el himno de Andalucía -.

“Las fronteras van careciendo de sentido a medida que la humanidad evoluciona.”

A pesar de la inutilidad y vacuidad de estas disputas, tengo la impresión de que a determinada clase política o periodística le interesa alimentarlas, para que se hable del tema, para recaudar votos o vender periódicos, no lo sé.

Lo peor no es que haya colectivos interesados en arrimar el ascua de la disputa independentista a su sardina, sino gente que se deja arrastrar y hace suyas estas sandeces carpetovetónicas y arcaicas. Seamos un poco más inteligentes y detengámonos un segundo, sentados en un banco en una calle comercial de nuestras ciudades, observando a los transeúntes. ¿Tiene lógica incidir en la diferencia en lugar de en las semejanzas? La gente pasa, sonriente o triste, blanca o negra, amarilla o roja, con sus problemas, con sus hipotecas, con los hijos que van mal en el cole, con el familiar enfermo, con el trabajo perdido, con la alegría de un nuevo nacimiento, con el premio de la lotería, con el amor reencontrado… es decir, con las mismas preocupaciones, alegrías, desesperaciones y esperanzas que cualquiera de nosotros, porque al final lo único que queda bajo el color de la piel, atrapado entre costillas, es un corazón rojo, bombeando sangre.

Todos idénticos.

No hay necesidad de elegir un bando, no hay que ser Valón o Flamenco, o tal vez sí, pero sin necesidad de confrontación.

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