El violador premiado

Publicado: 5 diciembre, 2011 en actualidad, historias, opinión
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Nunca he sido capaz de imaginar la razón que lleva a un hombre a abusar de una mujer, a ejercer la fuerza para obligarla a hacer algo que no quiere. En las guerras hay noticias de crímenes contra la población civil, fusilamientos indiscriminados, asesinatos y las siempre presentes violaciones. Supongo que la barbarie empuja a la barbarie y la locura de la guerra arrastra a los hombres a someter al débil, a mostrar su poder de la manera más abyecta posible, que no es otra que la humillación sexual y la reducción a la condición de un trozo de carne para disfrutar de una mujer.

Las historias de las guerras modernas son terribles, escalofriantes y prefiero ni mencionarlas. Existen lugares marcados por el horror, grabados a fuego en los cuerpos y en las almas de decenas de miles de mujeres de los Balcanes, Ruanda, etc.

Cuando el abuso sucede en supuestos países civilizados en los que existen gobiernos democráticos, la indignación es, si cabe, mayor.

“La barbarie empuja a la barbarie y la locura de la guerra arrastra a los hombres a someter al débil”

Hace poco he leído una noticia tremenda que soy incapaz de calificar: en Afganistán una mujer ha sido encarcelada y condenada a 12 (¡doce!) años de cárcel por haber sufrido una violación. Sí. Han entendido bien. Una mujer, víctima de una violación, ha sido condenada a doce años de cárcel por cometer adulterio.

Es – y perdón por la expresión – para mear y no echar gota.

Pero la cosa, ya de por sí alucinante, no acaba aquí.

No.

La mujer ha sido indultada. ¿El motivo? Haber llegado a un acuerdo para casarse con su violador.

Como diría Miguel Angel Aguilar “¿Pero qué broma es esta?”. ¿Qué mundo es este en el que un delincuente, que comete uno de los actos más rastreros e infames que puede cometer un ser humano, es premiado por su crimen? ¿Estamos locos o qué?

En Afganistán el gobierno ha sido elegido – impuesto – por los países occidentales liderados – arrastrados – por Estados Unidos – donde recuerdo, gobierna un supuesto adalid de los derechos humanos – .

“Existen lugares marcados por el horror, grabados a fuego en los cuerpos y en las almas de decenas de miles de mujeres”

Afganistán es una tierra agreste, montañosa y difícil de conquistar, lleva siglos en guerra, invadida por decenas de civilizaciones, desde Alejandro Magno a la extinta Unión Soviética. La reciente historia, vinculada a la guerra fría, le convirtió en un tablero donde las dos superpotencias nucleares realizaban sus juegos de guerra. Los unos apoyando a una facción y los otros, los vencedores, los americanos, apoyando y armando a los talibanes – sí, a los mismos que entrenaron a las células de Al Qaeda que luego estamparían los aviones contra las torres gemelas y el pentágono – hasta los dientes. Luego, el invento se les volvió en contra y les salieron rana los angelitos talibanes.

Y los talibanes eran los mismos entonces, cuando los asesores del gobierno americano les enseñaban táctica militar y a manejar los modernos lanza misiles tierra-aire con los que derribaban los helicópteros atestados de soviéticos imberbes enviados a la fuerza por los animales del Kremlin, que ahora.

Pero los otros, los que gobiernan ahora el país del Opio, los de Karzhai y compañía, los que indultan con su magnanimidad coránica a mujeres violadas acusadas de adulterio, no son mejores, simplemente son los que ahora convienen. Y Estados Unidos propone y los demás hacemos palmas con las orejas y enviamos a chavales de Córdoba, de Pontevedra o de Valencia, a enfundarse el uniforme de camuflaje y calzarse las botas para patear aquél país de locos donde las mujeres no valían, no valen, ni valdrán nunca una mierda.

Y todo, eso sí, en nombre de la libertad, de la democracia y para salvaguardar la paz, sólo porque la ONU – otro organismo que bien baila – ha hecho una concesión ante el espanto televisado del 11S.

Y al final, como siempre, pagan los mismos: los débiles, en este caso las mujeres, que tienen que someterse a sus agresores.

Menuda injusticia.

Enlace: Casarse con su violador fue su única salida

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