Terminator está a la vuelta de la esquina

Publicado: 28 noviembre, 2011 en opinión
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La Historia está plagada de intentos por parte del hombre de conseguir construir máquinas que imitaran al hombre, tanto en sus movimientos como en su pensamiento. Ya en el antiguo Egipto existían estatuas de dioses con mecanismos artificiales que les permitían expulsar fuego por la boca o los ojos. En el siglo I de nuestra era, Herón escribió un tratado en el que recogía y detallaba el funcionamiento de máquinas que imitaban el movimiento humano o pájaros artificiales que gorjeaban. En la Edad Media se inventaron diversos artilugios como “cabezas parlantes” e incluso el gran Leonardo da Vinci construyó al menos dos – que se sepa -, uno de ellos, con forma humana, podía mover los brazos y sentarse. En la actualidad es de sobra conocido el inmenso catálogo de artefactos – con forma humana o no – que se diseñan para que se parezcan a nosotros. No podemos olvidar al gran Deep Blue, la primera máquina capaz de derrotar a un humano jugando al ajedrez.

Ante este aluvión de intentos uno se pregunta ¿Por qué esa obsesión por construir estos aparatos? ¿Tenemos la necesidad de sentirnos creadores, como dioses que insufláramos vida a algo inanimado? Es bien cierto – y vuelvo al pasado histórico – que hay muchísimas leyendas que nos hablan de seres artificiales al servicio del hombre, o que simplemente le aterrorizaban, por ejemplo el monstruoso Golem de la mitología hebrea. Lo cual me lleva a pensar que probablemente forme parte de la inquietud del ser humano este perfil hacedor de vida.

Todo esto viene a cuento de una noticia curiosa y un tanto divertida que he leído: la invención de un oso de peluche robótico que te toquetea cuando roncas.

En fin.

Puede ser útil que cuando empiece el concierto de ronquidos se active el muñeco, se te acerque y te suelte un par de tortas – estaría bien que también usara el método del calcetín en la boca, pero dudo que los japoneses hayan caído en ello – pero para empezar veo un clarísimo problema: si duermes solo ¿Qué importa que ronques? Y si tienes compañía ¿No corremos el riesgo de que el osito de marras le dé un pescozón a nuestro compañero – o compañera –  de cama? ¿O de que le meta mano? ¿Se imaginan la violenta situación de tener que explicar “no he sido yo, querida, ha sido el osito”? Lo malo es que nos respondan con un “ya me parecía a mí” y una mirada de desdén.

De locos.

La magnífica novela clásica del monstruo de Frankenstein es una muy buena reflexión sobre dónde pueden llegar los límites de la sinrazón aplicada a la ciencia, sacrificada la ética en aras de una supuesta evolución.

No puede pretenderse replicar el alma humana, que eso es de lo que se trata al final. Porque la cuestión es que tal vez para algunas cosas lo que realmente se necesite es una persona de carne y hueso, que se enfade, que nos pegue una colleja, o que nos achuche para que dejemos de roncar o para lo que sea. En definitiva que nos haga sentirnos humanos. ¡Qué demonios! Que eso es lo que de verdad necesitamos.

Y además, no gasta pilas.

Enlace: Un oso de peluche robótico que te toquetea cuando roncas

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