Más miedo

Publicado: 23 noviembre, 2011 en actualidad, historias, opinión
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En una entrada anterior – el miedo del buen samaritano – ya rocé el tema del miedo, que es tan fuerte que adormece las conciencias e intenté comprender actitudes brutales condicionadas por el miedo. Hoy he escuchado una vieja noticia que ha dado una vuelta de tuerca más al tema porque, además del terror, incluye el ingrediente de la superstición.

En Octubre de 2009 – es decir, a la vuelta de la esquina – en Honduras un joven fue enterrado y horas después en el cementerio se escucharon sus desgarradores gritos pidiendo auxilio.

Estaba vivo.

Los guardias de seguridad del camposanto actuaron de una manera tan irracional que costó una vida: salieron huyendo de allí, atribuyendo los alaridos a fantasmas. Al día siguiente, cuando se descubrió todo, era demasiado tarde.

La escena puede dibujarse de manera sencilla: dos hombres aburridos, fumando cigarrillos para combatir el frío y el miedo a la soledad del cementerio – por otra parte el sitio más seguro del mundo, no hay nadie vivo que pueda hacerte nada -, hablando de sus cosas, de sus hijos, de la vida, y de repente, mezclado con el ulular del viento nocturno escuchan un grito lejano. La voz del más allá que les pide ayuda, un alma en pena que reclama la atención de los vivos. Los vigilantes se miran durante un segundo y salen a la carrera.

Resultado: el joven falleció.

Otro caso de plena actualidad relacionado con el miedo, es el del taxista que después de tres años, se ha atrevido a declarar que llevó al piso del crimen a uno de los acusados por la desaparición y asesinato de la sevillana Marta del Castillo. El miedo propio y el de su mujer a represalias – a dios sabe qué clase de problemas – le ha mantenido en silencio durante todo este tiempo hasta que – según sus palabras – su conciencia ha sido más fuerte que el pánico.

Otra escena reproducible en mi imaginación: el matrimonio – el taxista y su mujer – preocupado, bebiendo el café a media mañana ante la televisión por la que desfilan acusados, policías, abogados y sobre todo los destrozados padres. Imagino el taxista enfrentado su mirada a la de la madre de Marta, llena de ese dolor infinito que nunca se apagará, que será compañero indeleble de su alma, mientras respire, que le traerá el olor de su hija y el calor de sus abrazos perdidos. Ese dolor que sus ojos abiertos y empañados transmiten a través de las pantallas ha resquebrajado el caparazón oscuro que el miedo había forjado en el corazón del taxista.

Es una decisión muy difícil, acudir después de todos estos años, a la comisaría, y encarar a un policía, mirarle a los ojos y decirle que has estado ocultando un testimonio crucial para la investigación.

Estoy seguro de que la satisfacción de decir la verdad ha podido con la vergüenza de verse señalado como el hombre que supo y no contó.

Pero no podemos condenarle, porque ha hecho precisamente lo que hay que hacer: sobreponerse al miedo – porque no tenerlo es imposible – y dar un paso firme al frente.

Si los guardias del cementerio hubieran seguido su ejemplo, el drama de Honduras no hubiera existido.

Debemos aprender de su gesto y guardarlo en las retinas para acordarnos de él por si algún día – y ojalá no sea así – nos toca sobreponernos a nuestro miedo para salvar una vida.

Enlace: Enterrado vivo en Honduras

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