Licencia para castigar

Publicado: 11 noviembre, 2011 en actualidad, opinión
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Nunca entenderé a los Estados Unidos de América, un país multicultural y diverso, tan vasto y amplio como para que bajo su mismo manto de barras estrellas hayan nacido personas tan diferentes como George Bush (padre o hijo, escojan ustedes) o Martin Luther King. La cuna del rock y del neocreacionismo, donde puedes matar a tiros a alguien que entre sin permiso en tu jardín (tu propiedad) sin que te pase nada, pero no se te ocurra hacer topless en tu piscina y que te vea tu vecino – incluso en algunos estados, el sexo oral está prohibido, de manera que si alguien te observa a través de la ventana de tu casa realizándolo, está en su derecho legal de denunciarte -.

Esto es Estados Unidos, un inmenso crisol de opiniones y corrientes divergentes, aunque sus ciudadanos,  sin embargo, tienen un mayor sentido de nación de lo que podamos tener los europeos jamás. No importa que hayan nacido en la América más profunda o en el Nueva York urbanita, el ciudadano americano se considera hermanado con sus compatriotas de una forma muy intensa que hemos podido comprobar muchas veces a través de su cine – la mayor arma propagandística que haya existido jamás -.

“En algunos estados el sexo oral está prohibido, de manera que si alguien te observa a través de la ventana de tu casa realizándolo, está en su derecho legal de denunciarte”

En este contexto de nación contradictoria, extrañamente hermanada y diversa a la vez, me topo de bruces en la prensa con una noticia que me ha impresionado. Trata sobre la publicación de un polémico manual – muy popular entre los cristianos evangélicos que educan a sus hijos en sus propios hogares – donde se enseñan las “buenas prácticas” del castigo físico a los hijos. Lo sorprendente es que la publicación del libro no es algo novedoso, sino que ha saltado a la palestra a raíz de la muerte de una niña a manos de sus padres, supuestamente inspirados por la lectura del macabro manual.

No es lícito juzgar a una nación entera – tal y como comento, enorme y repleta de infinidad de matices – por el comportamiento de algunos de sus ciudadanos, pero no deja de llamarme la atención la perversa obsesión de la opinión pública norteamericana, o sus legisladores, con temas como el sexo y su laxitud frente a otros asuntos como la violencia, por ejemplo. Todavía recuerdo espantado una de las escenas más brutales que he visto de la guerra – aún en marcha aunque no en el foco mediático – de Irak: unos soldados estadounidenses entraban en una casa – que no era más que una única habitación – y disparaban a quemarropa a todos sus habitantes, que estaban tumbados, tapados con mantas. Pero lo que más me aterrorizó no fue la imagen, de por sí dura, de aquellos chiquillos estadounidenses asesinando civiles desarmados, sino la edición del telediario americano: pusieron pitidos para que los niños no oyeran los tacos que proferían los soldados.

“No deja de llamarme la atención la perversa obsesión de la opinión pública norteamericana, o sus legisladores, con temas como el sexo y su laxitud frente a otros como la violencia”

Esa es la doble moral, oscura y cavernaria, que me da miedo del país, autodenominado de la libertad. Aunque supongo que se refieren a la libertad de partirle la cara como mejor te parezca a un niño o de pegarle un tiro a cualquiera que trate de robarte, eso sí, mátale educadamente y no se te ocurra cometer la osadía de enseñarle una teta o insultarle mientras lo haces, estarías cometiendo un delito.

Enlaces:

Un polémico manual pone a prueba los límites del castigo físico en EE UU

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