Un pulso al destino

Publicado: 7 noviembre, 2011 en actualidad, Personal
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Cuando algún conocido me comenta que ha realizado algún tipo de actividad al aire libre relativamente – en algunos casos absolutamente – peligrosa, siempre respondo con un jocoso “¡Con lo tranquilo que estoy yo en mi sofá!”. Me han descrito saltos en paracaídas, pernoctaciones cerca de la cima de Sierra Nevada, en una tienda de lona sacudida por el viento, el frío y acosada por los zorros, viajes en globo – menos agitados pero en cualquier caso asociados a una altura mortal – y toda una serie de proezas que soy incapaz de emular.

Nunca me he sentido atraído por el riesgo o la aventura extrema – tampoco lo he echado en falta – y admiro a ese puñado de valientes – ¿locos? – que se lanzan a cruzar el desierto en cuatro por cuatro o a escalar las cimas más escarpadas.

Acabo de leer que tres coreanos han muerto en el Annapurna – se sospecha que sepultados por un alud – y que uno de ellos era Park Young Seok, una leyenda viva del alpinismo mundial.

Reconozco que nunca había oído hablar de él, pero su foto me ha provocado un sentimiento de mudo respeto y reconocimiento. Park tiene la mirada rasgada sumida en la nostalgia, gesto serio, labios apretados y un fino bigote cubierto de escarcha y nieve. Tal vez esté en la cima coronada recordando a algún compañero muerto en los helados paisajes que él tanto amaba y que ahora le arropan en su glacial sepultura. Su rostro oriental y solemne se me antoja el de un samurái japonés, coronado de pieles en lugar de armadura. Park semeja un guerrero ante la batalla, serio y pensativo, elevando una silenciosa plegaria a los dioses para que le concedan la gracia de morir luchando.

Park ha muerto haciendo lo que más amaba, al igual que los héroes samuráis de un país que ni siquiera era el suyo, que se enfrentaban con honor a la muerte.

El Annapurna – 8.091 m de altura en la cordillera del Himalaya- se ha cobrado muchas víctimas – demasiadas – pero ejerce la atracción fatal de los retos casi imposibles en los que el hombre se supera a sí mismo y pone a prueba todos sus límites mentales y físicos. Es una lucha contra uno mismo en la que la montaña es solo el elemento catalizador que ayuda a templar el alma, a forjarla en el fuego que nunca se consume de las gestas heroicas que ponen de manifiesto que un hombre es más que un saco contenedor de vísceras y huesos.

Cuando escucho estas historias de la boca de sus protagonistas, aunque sigo sin entenderles, les admiro profundamente y me congratulo al comprobar que aunque el mundo esté lleno de indignidad y sufrimiento, existen personas que engrandecen la condición humana.

Deberíamos haber sabido de las gestas de Park no por su muerte junto a sus dos compañeros, sino por su grandiosidad.

Al menos en su corea natal fue reconocido y admirado en vida, un honor reservado para unos pocos seres humanos que consiguieron echarle un pulso a los dioses y al destino.

Enlaces:

La cara sur del Annapurna otra vez dramática

Datos del Annapurna

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