Un hilo de esperanza

Publicado: 3 noviembre, 2011 en Personal
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Releyendo algunas de mis entradas compruebo que el tema de la muerte es recurrente, como si en la mitad de mi vida me atrajera al igual que la luz a las polillas. Lo triste y verdad es que aunque quiera alejarme del foco que me chamuscará, los acontecimientos se empeñan en empujarme hacia él.

Ayer viví un suceso espantoso, de esos que uno quiere olvidar cuanto antes sin ni siquiera comentarlo con los demás para así darle más visos de irrealidad. Sin embargo, la vida está llena de claroscuros por mucho que nos empeñemos en iluminar las partes umbrías con potentes lámparas. Si lo hacemos sólo conseguiremos deslumbrarnos, aturdirnos y percibir una realidad falsa y distorsionada.

La vida es dura, una maldita cabrona en ocasiones, que nos machaca hasta límites tan insospechados que no dejo de sorprenderme ante el aguante que tiene el ser humano.

Siempre he defendido el encarar las adversidades de frente para que nos sirvan como experiencias aleccionadoras.

Hay excepciones.

La muerte de una chica joven, embarazada, de un aneurisma, no tiene nada de aleccionador.

Las palabras con voz rota de su madre preguntándose por qué una y otra vez no enseñan nada, salvo que el dolor es tan intenso que anonada.

Había decidido no escribir sobre esto, contar un par de anécdotas curiosas de mi largo fin de semana, hasta graciosas, pero la mirada enturbiada por los tranquilizantes de una madre destrozada acude a mi mente una y otra vez.

Si quiero ser honesto con este rincón en el que vierto mis inquietudes, mis alegrías y mis reflexiones, debo contar esto. Aunque no aporte nada y sólo sea el lamento de un cuarentón absolutamente aturdido por las cosas que pasan a su alrededor.

Tengo que pedir disculpas por no ser capaz de engarzar de manera coherente las palabras y dar forma a todo lo que se agolpa en el nudo de mi garganta, pero básicamente se trata de sentimientos y las palabras más que ayudar, entorpecen.

Cuando hay que sostener con entereza una mirada febril y dolorida y apoyar la mano en el hombro para hacer saber que acompañamos, aunque no sirvamos de consuelo, las palabras sobran. Sólo vale mirar, apretar los labios, besar, abrazar y fundirse en el dolor para tratar de absorberlo un poco y mitigarlo, aunque sea durante un instante.

No quiero hacerlo, pero no dejo de imaginar al marido, un chico joven, abandonando el tanatorio sin mirar atrás, regresando a su casa vacía, a la vida, que transcurre a su alrededor como si nada hubiera sucedido. Y él desearía detener el mundo para desgañitarse gritando que nada sigue igual, que todo ha cambiado, que nada tiene ya sentido.

Sin embargo, en el pozo de la desesperación, tiembla una llamita de esperanza.

Se llama Carlota, es el bebé, una niña que los médicos consiguieron salvar a pesar de lo que le sucedió a su madre.

Carlota es la esperanza a la que tendrá que aferrarse su padre con toda la fuerza de la que sea capaz, porque es el único hilo, casi deshilachado, de felicidad al que trataremos de agarrarnos todos con desesperación.

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