El rey genocida

Publicado: 27 octubre, 2011 en Divulgación, historias
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Bruselas es la sede del parlamento europeo, la ciudad más aburrida de Europa según los turistas, repleta de funcionarios y políticos. También es la capital de Bélgica, un país con un nivel de vida alto y cuyos habitantes dan la imagen de ser un pueblo civilizado. De Bélgica conozco poco: el chocolate, el anterior rey, Balduino, porque estaba muy vinculado a mi ciudad de origen, Motril, donde falleció, y poco más. Siempre he considerado al belga un pueblo representativo del ideal del europeo y de la civilidad, no he estado en Bélgica pero puedo imaginar sus calles ordenadas, limpias y no demasiado ruidosas, con un tiempo gris que no invita a sentarse en las terrazas sino a compartir un café en el interior de un bar silencioso, como todos los de Europa central.

A pesar de todos estos tópicos, a principios del siglo XX los belgas fueron gobernados por un personaje cruel, genocida y déspota llamado Leopoldo II. Las ansias expansionistas y de riqueza de Leopoldo fueron tan grandes que se llevaron por delante la vida de diez millones de congoleños en cuarenta años – la mitad de la población del país – , unas cifras brutales y demoledoras que – al menos yo – desconocía por completo.

“Siempre he considerado al belga un pueblo representativo del ideal del europeo y de la civilidad”

La foto del contexto histórico y social de finales del siglo XIX y principios del XX podría resumirse en la típica imagen sepia del cazador-explorador blanco, posando con una enorme escopeta junto a varios nativos negros, pisando con sus botas pulcras el cuerpo de algún león u otro trofeo similar. Son los años de los grandes descubrimientos africanos, los exploradores surcaban sus ríos, lagos y cataratas, los arqueólogos nos abrían los ojos ante las maravillas de Egipto – que luego expondrían con una amplia sonrisa en los museos Europeos – . El expolio fue tan salvaje que para ver gran parte de las obras egipcias hay que acudir a Londres, París o Berlín – lo de los frisos del Partenón griego merece un capítulo aparte -. En cuestión de geografía impuesta, los europeos, incluidos los belgas, no se quedaron cortos. Si echamos un vistazo al mapa de África comprobaremos que abundan las fronteras de líneas perfectas, es casi un puzle cuadriculado trazado con escuadra y cartabón. El reparto que de África hicieron las grandes  potencias mundiales de finales del XIX, que es lo mismo que decir “que hicieron los europeos”, – sin tener en cuenta las tribus, la historia o el contexto africano – fue en gran medida responsable entre otras cosas de la primera guerra mundial y de la guerra civil – y su consecuente genocidio – de Ruanda en los años noventa.

Fue a esta inmunda carrera de colonización, invasión y expolio del continente africano a la que quiso apuntarse como participante destacado el genocida Leopoldo II, el rey de los belgas.

“Las ansias expansionistas y de riqueza de Leopoldo fueron tan grandes que se llevaron por delante la vida de diez millones de congoleños en cuarenta años.”

Tal y como recoge la Web ikuska.com “La historia de la explotación de los recursos económicos del Congo mientras fue propiedad de Leopoldo II, es una de las historias más sangrientas de la historia contemporánea. Mientras en Europa se dedicaba a rodear su obra de un aureola de altruismo, defensa del libre comercio y lucha contra el comercio de esclavos, iba dictando normas por las que expropiaba a los pueblos congoleños de todas sus tierras y recursos e incitaba a su ejército privado a servirse de todo tipo de torturas, secuestros y asesinatos para someter a la población a los trabajos forzados que, en un brevísimo periodo de tiempo, le convertiría en uno de los hombres más ricos del mundo.

La historia de Leopoldo el rey genocida es uno de los episodios más oscuros y olvidados de una Europa que disfrazada de civilizadora no escondía más que pura ambición a costa de los legítimos dueños de África. Aunque tristemente no es ninguna novedad. Recomiendo la magnífica película “Diamante de sangre” donde una escena refleja a la perfección lo que ha significado la civilización occidental para los africanos. En determinado momento, el protagonista se cruza con un nativo que le dice con una mirada devastada por el dolor “Pido a Dios que además de los diamantes no encuentren petróleo en nuestro país”.

Algún día deberíamos ser honestos con la historia y devolver a la maravillosa gente del continente africano todo lo que le quitamos.

Enlaces:

El fantasma del rey Leopoldo

Leopoldo II

El reparto de África

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