Mi mujer tiene la maravillosa teoría de que todo en el Universo tiende a equilibrarse, de manera que si se produce una acción negativa, el Universo-Naturaleza-Llámale X busca su contrario positivo para compensar. Ese fue el argumento insistente que usó a lo largo de toda la final del mundial para tranquilizarme diciendo que España no podía perder. Era imposible. Era un hecho incuestionable de justicia poética universal. En este caso el tiempo – a partir del minuto 116 de partido – le dio la razón.

Sin embargo a veces las cosas que acontencen son tan … no sé ni como calificarlas … tan jodidamente perversas, que me resulta tremendamene difícil creer que la justicia poética universal exista.

En concreto la última perversidad humana que me tiene absolutamente anonadado es el juicio del caso de la pobre Marta del Castillo.

“A veces las cosas son tan jodidamente perversas que me resulta difícil creer que la justicia poética universal exista”

Cuando veo caminar tranquilamente, con porte chulesco, pelo engominado y gafas de sol, a Samuel Benítez algo se revuelve en mi interior. Cuando le oigo defenderse con soltura, con una frialdad que dejaría perplejo a Ted Bundy (el mayor psicokiller de Estados Unidos), me entran ganas de vomitar. O peor aún, de acercarme a los juzgados y partirle la cara. Seguramente este acto me reportaría muchas más complicaciones legales de las que estos “chicos” tendrán a lo largo del resto de sus vidas.

Ya he comentado en una entrada anterior mi absoluta oposición a la pena de muerte y mis razones, pero a veces dan ganas de saltarse a la torera esos principios y plantarse. Y al menos gritarle a la cara a esos desalmados lo que pienso de ellos, el dolor que me produce ver los rostros deshechos de los padres de Marta, que no es que tengan que revivir estos días lo que sucedió, es que hasta que no encuentren el cadáver de su hija y la entierren, y la lloren, y se despidan de su ataud, jamás van a poder seguir con sus vidas con normalidad. A lo mejor es esa justicia poética universal que tiende a equilibrarlo todo y en la que me resisto a creer, la que me empuja a escribir esto, a pensar en esto. Porque si cierro los ojos se me aparece el rostro sonriente de este chulo desafiante, con sus gafas de sol y su actitud arrogante, como si fuera a una tasca a tomarse un vino con los colegas y no a un juicio a explicar qué demonios hizo con Marta.

“¿No sucede que a resultas de este morbo mal dimensionado engordamos el ego de personas que no lo merecen?”

Creo en la presunción de inocencia.

Creo que el estado de derecho tiene que defender a capa y espada a los presuntos culpables para evitar la posible injusticia de acusar a inocentes pero… ¿es necesario todo este circo alrededor de estos – de momento – no culpables? ¿No estamos alimentando con avidez el deseo morboso de ver sus rostros en la pantalla, sus reacciones, sus palabras? ¿No sucede que a resultas de este morbo mal dimensionado engordamos el ego de personas que no lo merecen?

No me gusta esta entrada, me siento mal, triste y decepcionado conmigo mismo por no ser capaz de arrancarme algunos sentimientos positivos, aunque sea a pellizcos.

Trataré de aferrarme a la idea de mi mujer, porque tal vez sea necesario creer en la justicia poética universal para sobrevivir.

Enlaces:

Tres acusados curtidos en interrogatorios

La historia de Ted Bundy

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