Confieso que a veces soy un poco intransigente con algunas actitudes.

No soporto la autocompasión, ni la falta de entereza para afrontar los problemas, ni la incapacidad de relativizar lo que nos acontece. A medida que cumplo años este defecto – sin duda es un defecto, pues me garantiza más complicaciones de las necesarias  – se agrava y me vuelvo más severo al encontrarme con personas así.

No comprendo que haya alguien que no sepa valorar la suerte que tiene.

Porque, en el fondo, todos tenemos suerte.

Para empezar por estar vivos.

Somos fruto de millones de años de evolución, casualidades astronómicas y luchas sin cuartel en las que nuestros antepasados – un proyecto de homo sapiens que corrió más que un compañero huyendo de un tigre de dientes de sable, o un londinense que sobrevivió a la epidemia de peste negra de 1665 en la que morían siete mil personas a la semana, o un prisionero del campo de concentración de Auswitch  – en algún momento de sus vidas sólo tuvieron una idea: sobrevivir.

Y lo consiguieron.

Y lo mínimo es que seamos dignos del esfuerzo que hicieron para seguir respirando, que apretemos los dientes y tiremos de tripas para luchar contra las adversidades, o al menos, si no podemos vencerlas, que recibamos su impacto con la mirada serena, sin miedo.

Hay que aprender a valorar lo que se tiene, porque la mayoría de las cosas que aceptamos como intrínsecas a nuestro nivel de vida no son cosas que caen del cielo como el maná, son cosas por las que alguien tuvo que luchar y partirse la cara para conseguirlas. Si fuésemos capaces de contextualizar nuestra propia existencia y dar el verdadero valor al origen de nuestro bienestar, tal vez las cosas nos irían un poco mejor.

Ahora estamos – dicen – viviendo la peor crisis de los últimos ochenta años – el número varía según el nivel de pesimismo que esgrima el economista de turno – pero eso sólo significa que nos ha tocado batirnos el cobre de forma más acentuada que en otras situaciones.

Estamos en deuda con nuestros antepasados, y esa deuda que contrajimos en el instante en el que vinimos al mundo, debería motivarnos para tratar de ser mejores personas superando las adversidades que nos han tocado vivir y de alcanzar el objetivo primordial que todo ser humano debería tener en la vida: dejar un mundo mejor a nuestros descendientes cuando desaparezcamos.

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comentarios
  1. Frank Cortes dice:

    Primo, enhorabuena por tu blog, estas hecho todo en escritor. Esta entrada me gusta en especial. Sigue así que seguro que los lectores irán creciendo. Un abrazo.

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