Leyendo el estremecedor reportaje de Jon Sistiaga sobre las barbaridades que les hacen a los albinos en algunos lugares de Africa no he podido evitar acordarme de mi entrada “Azar” y en lo injusta que es la lotería de la vida.

Observo crecer a mis sobrinos, rodeados de cariño, de atenciones y de oportunidades y me juro a mí mismo que trataré de conseguir que esos niños sean conscientes de que lo que tienen no lo tienen por derecho, si no por puro azar, intentaré explicarles que han de hacerse dignos de las venturas que la Vida ha tenido a bien ofrecerles y que deben valorarlas y apreciarlas.

Si todos -los que tenemos la obligación de serlo- fuésemos conscientes del privilegio del que disfrutamos en determinados momentos, tal vez desarrollaríamos la capacidad de  ponernos en la piel del otro y mirar con ojo ajeno el mundo que nos rodea.

Si desmenuzamos los detalles alrededor de una persona que vive en la calle, por ejemplo, nos sorprenderemos de la cantidad de cosas en común que tenemos con ella. Alguna vez hubo una esposa y unos hijos, un trabajo, un préstamo o una hipoteca, un deseo de prosperar… Y por alguna extraña razón, azarosa en muchos casos, todo el techado se viene abajo sepultándonos, hundiéndonos en la indiferencia de los transeúntes que vuelven la mirada y arrugan la nariz ante el olor.

Creo que me repito cuando digo que la vida es muchísimo más sencilla de lo que nos empeñamos con verdadero ahínco en complicar.

Todo se reduce a compartir sentimientos, afectos, experiencias y a crecer como personas a lo largo de los años.

Pero estas palabras son absurdas si nos asomamos al abismo existencial al que se enfrentan los perdedores de la Lotería del Azar.

¿Es imaginable el inmenso dolor de una madre que ve morir a su hijo de hambre? ¿O la desesperación de un ciudadano de Kabul? ¿O la esperanza que puede tener en el futuro un niño sahariano de doce años que vuelve al campo de refugiados en el desierto tras sus últimas -para siempre- vacaciones en España con una familia de acogida?

¿Es éticamente exigible algún tipo de compromiso a estas personas que se limitan a luchar a diario para seguir viviendo? La exigencia debe hacerse a cada uno de nosotros, a nuestro inmovilismo mental… no nos comportemos como enanas marrones, sacudamos un poco – no pidamos milagros – nuestras conciencias y hagamos algo, por pequeño e insignificante que nos pueda parecer.

El qué y el cómo ayudemos a luchar contra el Azar está en cada uno de nosotros.

Referencia : Blancos de la magia negra – Jon Sistiaga

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