Dicotomía

Publicado: 24 agosto, 2011 en opinión
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Una noticia reclama mi atención en la portada de un periódico “La ausencia de atentados dispara el turismo en Euskadi” y al margen del inevitable verbo – dispara – con ciertos tintes macabros, se merece un comentario.

Mi historia personal, aunque soy andaluz, está ligada al País Vasco pues mi padre – maestro de profesión – fue destinado allí todo un año. Los recuerdos de aquel tiempo, a pesar de mi corta edad, no son demasiado agradables. Hablamos de 1.977, cuando aún no estaba en vigor la Constitución y en Madrid se debatía el futuro de este país recién liberado – en ese momento de manera difusa – de las garras de la dictadura. Mis recuerdos van desde mi colegio en Ermua, frío y desprovisto de alma, a la primera vez que vi nevar o a la metralleta de un guardia civil apuntando a mi padre a través de la ventanilla del coche. Recuerdo la casa con suelo de madera, la estufa, la tele en blanco y negro y algunos amigos, recuerdo las clases de párvulos donde nos enseñaban algunas palabras en vasco – luego supe que mi profesora era la pareja de un etarra – … Finalmente nos trasladamos de vuelta a Andalucía y la experiencia vasca quedó en un diluido recuerdo infantil.

Volví hace unos años con mi mujer y, lo confieso, con cierto miedo a destapar mis recuerdos.

Fue un viaje maravilloso, los paisajes, los pueblos, las playas, la gente, la comida… todo perfecto, extraordinario. No obstante, guardo algunas anécdotas que, ni siquiera hoy día, alcanzo a entender del todo. Recuerdo que una vez en un típico bar de pueblo entramos y la camarera, diligente y amabilísima, al oír nuestro acento nos preparó tostadas al estilo andaluz, que habitualmente no se sirven en el norte. Nos sacó pan de verdad, tomate, aceite y se deshizo en atenciones. Mi sorpresa fue mayúscula cuando al sentarme en la mesa vi un gigantesco cuadro que representaba el árbol de Guernica de cuyas ramas colgaban fotos de etarras.

Aún hoy me pregunto cómo es posible convivir con esa dicotomía vital, aparentemente ser una persona normal y amable y simultáneamente apoyar la violencia etarra, es algo que no entra en mi cabeza.

También comprobé que en algunas calles de algunos pueblos se respiraba cierta atmósfera enrarecida, los balcones aparecían plagados de banderas con el mapa de la región y la leyenda ” El preso vasco al pueblo vasco” y el turista, sorprendido, fotografiaba la estampa como si se tratase de una curiosidad más, de algo inherente a aquella tierra y aquella gente.

Es digna de admirar la capacidad de separar en compartimentos estancos, imposibles de mezclar, dos sentimientos, en mi opinión, divergentes. Puedo imaginar la agradable sonrisa que acompaña a un “buenos días” regalado a un vecino al que horas más tarde se increpa en una manifestación, defendiendo a los asesinos de su marido, su padre o su hermano.

Lo que ya no alcanzo a imaginar siquiera es el dolor producido por aquellas miradas amables envueltas en unos ojos que se tornan fríos como el hielo al defender sus ideas intransigentes.

Los poseedores de esas miradas tal vez debieran ser exorcizados.

Referencia : La ausencia de atentados dispara el turismo en Euskadi

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