El señor del bigote

Publicado: 22 agosto, 2011 en actualidad, historias
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A diario asistimos al bochornoso espectáculo de personas que muestran sus miserias en programas que fomentan el destape crudo de almas sin pudor. Amantes despechados repiten sin cesar el nombre de sus exparejas, fantoches de tres al cuarto alardean zafiamente de sus conquistas de alcoba… La cuestión es salir en televisión, que tu imagen aparezca aunque sea un minuto y capte la atención de millones de espectadores para promocionar dudosas carreras artísticas o con cualquier otra intención publicitaria.

Sin embargo a veces, de manera casual, se cuelan entre los pliegues de la suciedad que reparten a diestro y siniestro las cadenas de televisión, personas anónimas, de las que nos cruzamos en el descansillo de la escalera y nos saludan con una tímida sonrisa. Y son estos rostros cotidianos y cercanos los que, por un corto intervalo de tiempo, interrumpen la sucesión de basura para oxigenar algo nuestras neuronas saturadas de porquería.

Es el caso del señor del bigote.

El señor de bigote tiene un trabajo normal – lleva desempeñando de manera discreta y anónima su labor desde hace treinta años – encargándose del túnel del vestuario de un estadio de fútbol – y debe asistir con gesto serio, profesional, a lo que sucede frente a sus narices – nunca mejor dicho – .

Hace unos días, a un metro de él, un entrenador reputado y de contrato multimillonario metió el dedo en el ojo a un técnico del equipo rival. Pero el señor del bigote no se alteró, no pestañeó, observó hierático – con solemnidad extrema – como se desarrollaba la bochornosa escaramuza. Era como si la pelea no fuera con él, como si nada alterara su pose digna y seria con la que seguía desempeñando su cometido.

Le imagino por la mañana, al día siguiente, desayunando una tostada en la cocina de su casa, recién duchado, preparado para volver a su trabajo discreto, viendo su foto en la portada de los periódicos, detrás de la bronca.

Su mujer le pregunta qué tal le fue la noche anterior y él se permite el lujo de regalarle una sonrisa tierna y le contesta: “- Nada especial, lo de siempre”.

Le imagino hablando como si no hubiera paralizado la espiral de ponzoña que destilan nuestras pantallas, como si no hubiera conseguido elevar a la categoría de lo sublime un gesto serio en el desempeño de un trabajo anónimo. Necesito creer que el señor del bigote acompaña su gesto con una actitud humilde que lo hace aun más mágico.

Y a veces, la magia de lo cotidiano es lo único que nos queda.

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