La cara de Superman, para todos los que peinamos canas e incluso para algunos más jóvenes, es y será para siempre el del malogrado actor Christopher Reeve.
Hace unos años, Reeve sufrió un accidente montando a caballo y quedó paralizado de cuello para abajo. Sacando fuerza y entereza, se sobrepuso a la tragedia y Superman se convirtió entonces en el paradigma de la superación. Creó una fundación junto a su inseparable esposa y subvencionó la investigación de los accidentes medulares, incluso rodó un par de películas más y dirigió alguna otra. Reeve dedicó su vida a la consecución de un sueño: la cura de las lesiones de médula ósea.
Superar, sobre todo a nivel psicológico, un cambio tan brutal y trágico en la vida no es posible sin apoyo. Superman tuvo a su lado a su particular Lois Lane, su mujer, que en cierta ocasión, ante la insinuación del actor acerca del suicidio le dijo “yo te amo a ti, y seguiré haciéndolo siempre, y estaré a tu lado pase lo que pase”.
Jamás volvió a mencionarle el tema.
Aunque Superman no consiguió ver su sueño cumplido – murió en 2004 como consecuencia de una complicación médica – la fundación creada consiguió reparar en ratones lesiones medulares.
Ahora, leo la noticia de que unos científicos han desarrollado un brazo mecánico que los tetrapléjicos pueden mover con el pensamiento. Una mujer ha conseguido por primera vez en su vida beber un vaso de agua sin ayuda.
La ciencia deja de ser ciencia para convertirse en ciencia ficción.
Y mientras en nuestras retinas, el hombre de la capa roja y la S en el pecho remonta el vuelo, asistimos a lo que quizá sea el principio del sueño.
Del sueño de Superman.
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